Otro día más de tu peligrosa rutina. Te levantás con buena cara. Te batís los últimos gramos que te quedan de café pero, no importa, hoy cobrás (en negro, pero cobrás). Prendés la tele para ver el pronóstico. Una agradable sensación térmica de 20 grados centígrados.Sonrisa

Vas a tomarte el colectivo. Te morís de frío porque parece que el clima no estaba actualizado. Te pasa todas las mañanas, pero no dejás de confiar. Encima llueve y decidiste ponerte ropa de algodón grueso. Ya es tarde para cambiarte.

Llegás a la parada. Sos el único con auriculares. No obstante, la gente decide preguntarte solo a vos temas varios. Esperás y esperás. Empezás a sospechar. Tenés la esperanza de que, quizás, esta vez los empleados hayan decido revelarse contra la patronal, pero no, nuevo paro sorpresivo de colectivos para perjudicar a los inocentes usuarios.

Entrás a la oficina, tarde. No te tratan tan mal porque te avisan que hoy no pagan. Lamentablemente, también te van a deber el reembolso del taxi. No ahondan en explicaciones, el jefe está de viaje.Vergüenza

Luego de 9 horas de vida irrecuperables, terminás la jornada. Pasas por un kiosco para comprar café. 79 pesos con 20 centavos, no importa, lo necesitás. Como faltan monedas y tuviste la desfachatada conducta de no pagar con cambio, el kiosquero, de manera naturalizada, te da ochenta centavos en caramelos que jamás vas a comer y que tampoco tuviste el valor de negar.

Llegás a tu casa. Advertís que por debajo de la puerta te dejaron la boleta de internet, servicio que contrataste dos meses atrás por una promoción de 300 pesos mensuales inamovibles durante los primeros seis meses y -lo más importante- bajo un número de gestión que, creés, te da amparo y respaldo. Tomás el papel y advertís que el monto es otro, casualmente mucho más elevado al pactado.

Llamás a Atención al Cliente. Luego de 25 minutos de espera (otro tiempo de vida, y dinero, que jamás vas a recuperar), te atiende alguien con tonada inexplicablemente latina a quien se le entiende el 40 por ciento de lo que dice. Cortás y te dirigís convencido a Defensa del Consumidor a buscar justicia.

Llegás, sacás número, esperás una hora. Te atiende una señora inexpresiva. Comenzás entusiasmado a explicarle que todo empezó cuando llamaste por teléfono, pero te corta en seco. Solo desea preguntar tus datos para llenar una planilla estándar. Te informa que la audiencia va a demorar como mínimo un mes, que rara vez pagan lo que deben y que es una pena que no tengas documentación para adjuntar. Plenamente decepcionado, te vas.Triste

Volvés a tu casa muy cansado, sucio, desgastado. Tus emociones te dicen que largues todo, que dejes esa rutina. Pero no, es mucho lío. No tenés ganas. O negás el miedo. Preferís ir a dormir y pensar que, después de todo, hay cosas peores...

¿Dominamos la rutina o la rutina nos domina?...

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