Pecado y salvación están presentes en todas las religiones porque están presentes en el hondón mismo del corazón humano. Quien entre en su conciencia se percibe pecador y necesitado de salvación. Esta experiencia universal encuentra su paradigma y su fundamento en el relato bíblico. El hombre  ha querido ser dios y, en su intento, lo único que ha logrado es darse cuenta de que es "solo hombre" y de que un desorden se ha introducido en sus relaciones con Dios, con Eva y con la creación. Pero Dios es Padre, y mira al hombre con amor de Padre. Desde los inicios mismos del pecado adámico, Dios toma la iniciativa de encontrar los caminos para ofrecerle de nuevo la salvación. En el relato del Génesis está una promesa que va dando pasos hacia su cumplimiento en Noé, Abrahám y los patriarcas, Moisés y el pueblo de Israel..., y que alcanza su plenitud en el anuncio del ángel a María: "Concebirás u darás a luz un hijo, al que pondrás por nombre Jesús (es decir, Salvador).

María, la inmaculada, la que en su nacimiento, por méritos de su Hijo, repitió la experiencia "originaria" de Adán y Eva. Por ello, la Iglesia, iluminada por el Espíritu, ha visto a María en la mujer que hiere en la cabeza de la serpiente y ha visto realizada esta promesa profética en el momento de la anunciación del ángel a María. El "sí" de María a la voluntad de Dios corresponde al "no" de Eva al precepto divino, y de esta manera en intima unión con su Hijo contribuye a la salvación de su descendencia.

La mujer cristiana en nuestro mundo contemporáneo está solicitada por algunas actitudes y concepciones de la mujer, de la feminidad, de su función en el hogar, en la cultura, en el trabajo, en la sociedad, que no siempre honran a la mujer. Se exponen en el supermercado actual, por ejemplo, el modelo de la mujer "emancipada" cuya única ley es ella misma; el modelo de la mujer "yuppie" que sacrifica el matrimonio y la maternidad a su profesión; el modelo de la mujer "liberal" en sus ideas, en su comportamiento, en su actitud ante Dios, ante la vida, ante la sociedad.

Estos modelos y actitudes, u otros semejantes, acechan a las mujeres cristianas de hoy. La fiesta de la Inmaculada, brinda una oportunidad magnífica para proponer a María como modelo de mujer, sin beaterías y sin falsos pietismos. María, que ama la virginidad y ama igualmente la maternidad. María, en cuya fe no todo es claro a la primera. María que busca explicaciones para actuar y decidir con responsabilidad. María que da un sí generoso a su "misión" en la vida.

Alfonso Ernesto Bravo Páez

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