El pasado es pasado, decían en la pequeña ciudad que quedaba al lado de una rivera, embellecida por árboles con ramas verdes y amarillas, flores color naranja intenso, bordeando un pequeño río diáfano, cristalino, calmo, que contra toda naturaleza, se devolvía a la montaña.

La ciudad llamada Las Aguas Nacientes, era el lugar donde Laila creció, hasta dónde puede llegar a crecer, tanto a lo alto, a lo ancho, en lo profundo, y en su vuelo, una mujer con alas de mariposa.

Laila aquel día esperaba la llegada del tren de las dos, allí llegaría Martín Blanco, el hombre que siempre... pedía esperar.

El había viajado al monasterio perdido, una temporada, sin tiempo cronológico, ni mucho menos climático, para recoger las migajas de un pasado, que aunque según la creencia general, por ser PASADO ya era pasado, parecía tal vez, tener conjugaciones verbales presentes, con el nombre de Laila.

Ella, no tanto por su naturaleza, sino por sus aprendizajes, algunos de ellos siniestros y tan pasados, como la imagen que de ella misma vio, esa mañana en el espejo vaporoso; también prefería esperar.

Esperar a que el pasado, confirmara, su estado pasado.

LAILA y MARTIN dispusieron en sus agendas de vida, pasar unos días juntos; como por un instinto que los sobrepasaba, y que a su vez, les sugería conocerse unos pasos más ante la incertidumbre de sospechar que, aunque ellos eran presente, con algunos sabores agridulces a futuro, el PASADO debe vivir un ritual conjunto, para enfrentarlo, o como tiempo pasado, sabiendo eso sí, que aunque pasó, delinea algunas huellas en la sonrisa del rostro para siempre; o como una sombra que no ha pasado, sino que es más bien, presente con otro nombre.

¿Qué tanto en realidad se conocen los amorosos? ¿lo que son juntos, es todo lo que importa saber? ¿ lo que serán, tiene alguna sentencia asociada a lo que cada uno de ellos fue? Eran las preguntas con las que Laila se instaló en la estación del tren a la una y cincuenta y cinco de la madrugada; cuando llegó el tren, avisando por una ventana, la presencia de Martín Blanco, quien asomaba con su mirada sonriente, a un hombre diferente al que se fue; lucía con la expresión de alguien que se juega las últimas escenas de la vida, para aún en la vejez, soñar con el futuro.

Se saludaron con el cariño intacto, se miraron con el deseo intacto, se tomaron de la mano con la incertidumbre intacta. Dirigiéndose a la casa azul, pequeña, y suficiente, de Laila; hablaron de los pormenores rutinarios de un viaje en tren, con la gracias de frases y palabras asociadas a otras cosas, con las que Martín acostumbraba a hablar, mientras Laila lo escuchaba, y sonreía con su relato, como el de un niño que cuenta sus apreciaciones de un circo, o quizás, de cuando conoció el hielo.

Eran noventa días, y noventa noches y media, el tiempo que pasarían juntos en Las Aguas Nacientes; tiempo en el que tendrían la oportunidad temeraria de intentar arriegarse a conocerse, antes de decidir querer estar juntos realmente; día a día, hasta morir, o morir en el intento.

Pasaron noches casi de infarto, y mañanas cada vez más cálidas. La pregunta de MARTIN Blanco por, qué tal había desempeñado las faenas del sexo, se empezaron a ampliar a otras como, qué tan feliz era Laila al despertar a su lado.

Ella por lo general abría los ojos, lo miraba un largo rato, sin rosarlo, sin besarlo, sin pensarlo, sin extrañarlo; solo lo miraba, detallándolo en el tiempo que transcurría rápido. El despertaba, y poco a poco la abrazaba, con cierta gratitud no dicha.

Pasaban los días en quehaceres de escritores, en caminatas tranquilas, en la cotidianidad de dos cómplices del deseo; cotidianidad que inventaron, sabiéndola quizás temporal, aunque pareciera para siempre.

LAILA y Martín Blanco, tenían también un pasado juntos; con el paso de los días, ese pasado fue remendado en sus dolores y desaciertos, pues en su pasado juntos, el PASADO propio de cada uno, había hecho estragos que pudieron ser fatales.

Empezaron a contar con la victoria de escribir en su memoria, con la pluma de besos y oportunidades ofrecidas del uno al otro, la posibilidad de quererse;aunque en realidad su querer era un amor tranquilo y firme, no lo nombraban aún, como tal.

Martín Blanco, llevaba sobre su espalda, la palabra tormentoso. Habían sido las letras escogidas por él, para nombrar sus amores. Escogió diez letras, para armar el nombramiento y los sellos de un pasado con algunas mujeres que amó, con algunas con las que intentó, y al parecer, aprendió las artimañas de las guerras nocturnas. Esa palabra reflejaba para él, la imagen del paso lento con el que vivió la aniquilación de ser un hombre para una mujer.

A Laila, le estremecía ese pasado, tal vez por la intuición de sentirse vencida antes de tiempo, no por las diez letras, sino más bien por la ausencia de ellas para nombrarla en la vida de Martín. Cuando se habían encontrado, un año antes del tiempo que vivían en las Aguas Nacientes, habían puesto las fichas de sus fantasmas, como en una partida de ajedrez, desigual.

Laila se asió a él, como una damnificada de avalanchas naturales lo haría con su rescatista; Martín Blanco, por su parte, la soltaba con rudeza, esperando que se ahogara en el lodo, sin importarle otra cosa distinta, a salvarse de la tormenta a la que temía más que a la muerte; la del amar a una mujer.

En esta partida, perdieron todos sus peones, sus alfiles, sus caballos, y sus torres. Pero Laila solo por un milagro celestial, guardó su reina para otro amor. Y MARTIN Blanco creyéndose triunfador, inició sin saberlo, una partida consigo mismo, en la que a través de un jaque mate, uno en él, tendría que morir.

En el presente que ambos rescataron, en el presente de ese Junio de un año cualquiera del siglo veintiuno, bastaron noventa días y noventa noches, para descubrir que el pasado de cada uno, que el pasado juntos, ese que les había costado las letras más profundas de su ser para sin proponérselo renovar su sangre, como hombre y mujer; finalmente era PASADO, y lograron enterrarlo en el jardín escondido de su casa.

LAILA voluntariamente le entregó la reina guardada para otro amor, y la dote de Martín Blanco: el cadáver de lo que fue.

Sembraron sobre el sepulcro de antes, un árbol que llevaba en sus ramas, el verso renovado del poeta, como un canto de pájaros mañanero, que les inspiraría el recuerdo de las muertes necesarias para amarse, y finalmente lanzarse al vacío compartido de estar juntos “ qué otra cosa nos convoca, sino buscar nuestro misterioso lugar en el fondo de la tierra, como si fuéramos raíces de un mismo árbol, frutos prohibidos abrazados a la posibilidad de su destino”

estacion de tren

Comparte este Goo:

¿Tiene contenido inapropiado?

Comparte este goo con un amigo: