La cancha, ¡nos tocó la mala!

El camino era de aproximadamente 20 minutos, para muchos de mis compañeros viajar durante ese lapso es algo insoportable, “está lejos”, decían. Ya conocíamos el sitio, unas canchas sobre el periférico de la Zona Metropolitana de Guadalajara, partiendo de La Calzada rumbo a Tonalá. Ahí donde solían llamar Gallos Viejos, pero debido a las necesidades de la formación de jóvenes talentos, el imperio Chiva de Jorge Vergara había adquirido los campos y al llegar podíamos divisar un muro con los colores del Guadalajara y el nombre de San Miguel.

Hablamos de un par de canchas, cada una con un costado de tribuna que permite apreciar el partido del lado que se deseé. Una, la buena, tiene medidas aceptables, tiene algunas partes de campo mordidas pero no imposibilita el desarrollo del juego, lo que sí es que es imposible tirar un córner, pues de una portería el terreno se hunde ligeramente formando una zanja y del otro simplemente está “de subidita”.

La otra, la mala, esa que fue hecha como para acompañar a la principal, hecha para aprovechar la parte del terreno que quedaba aunque fuera más limitada en espacio. En ella los baches son constantes, ahí no es fácil señalar la cantidad de espacios mordidos, sería mejor ser minucioso para encontrar los cachitos de pasto en buen estado. Eran días de julio, días de lluvia, mañanas de lluvia tan características de la época, por lo tanto, la afrenta era mayor para quien osara patear un balón ahí.

El rival

Cuando en la semana llamé a los dirigentes de la liga, me dijeron que nuestro siguiente rival era Holanda. Me imaginé disputando la bola en la media frente a tipos como Nigel de Jong, soportando los disparos de larga distancia de un Sneijder, tapando las diagonales letales hacia el centro de Robben, burlando en defensa a Vlaar para vencer a Stekelenburg y marcando como sea a van Persie.

Ya fuera del sueño y con los taquetes hundidos en tierra, se confirmó mi decepción, aunque ellos portaban esa camiseta naranja y su short en negro, nuestros rivales no eran los creadores del futbol total. La vuelta a la realidad fue dura, el futbol amater tiene su belleza, sin embargo, no está en ella desafiar a los grandes nombres que sostienen el profesionalismo. Una pena.

El juego

Se inició con el pie derecho, en cuanto sonó el silbato nos hicimos de la pelota, no tardamos en generar llegadas y meter al rival en el último tercio, nos notamos superiores. Poco a poco los holandeses consiguieron desahogarse, cuando comenzaban a dar indicios de vida, en la ironía de un contragolpe conseguimos el primer gol. Fue un balón recuperado apenas detrás de la media, fuimos verticales y mandamos a competir a nuestro ataque, todo pareció en orden, tan preciso que hasta los bordos de la cancha impidieron que la defensa rival sorteara nuestra embestida para que así se llegara al área en un práctico dos contra uno ante el portero, una diagonal hacia atrás y uno de nosotros sólo tuvo que empujar el balón.

Los integrantes de la naranja mecánica saltaron de molestia y reclamaron al árbitro por ese último pase, pidiendo un fuera de lugar, pero el colegiado los mandó a callar con categoría al grito de “no, el compañero viene de atrás, ¡juéguele!”.

La alegría duró poco, se anotó temprano y tan pronto la bocha se puso en juego de nuevo tuvimos que volver a nuestra concentración con la intención de ir por un segundo gol que liquidara. A veces las cosas no salen tan bien, nuestra anotación cayó antes de los diez minutos, de ahí hasta el final del primer tiempo tuvimos que defender, pues pareció que despertamos el orgullo de los contrarios y fue motivo para que se volcaran al frente en busca del empate.

La presión fue constante, aunque muy atropellada. Nos atacaban con mucha vehemencia pero con claridad nula, no había creatividad, sólo existía un deseo de anotar como fuera: centros desde los costados, pelotazos al área, tiros lejanos; cualquier espacio era para ellos la oportunidad idónea para patear. Nos fuimos al descanso con el uno arriba.

El entretiempo

El pitazo señalaba, como las reglas lo establecen, la finalización del primer tiempo, pero para nosotros representaba el poder tomar un poco de aire, si bien los ataques de los adversarios no fueron concisos, sí fueron regulares. Terminamos sin dar pases, sólo pelotazos y esperando encajar algún contragolpe.

Me acerqué al DT para hacerle notar lo que sucedía. En partidos anteriores habíamos sido nosotros los que atacábamos violentamente pero sin obtener gol, o bien, sin obtener la cantidad necesaria para ganar o empatar. Eso de jugar bien para ganar no siempre es acertado, en el futbol hay que meterla, como sea, y antes no lo habíamos conseguido. Cuando terminaban los partidos bajo esas circunstancias salíamos con la palabra injusticia en nuestra mente, “tuvimos para ganar” era la frase más repetida cada que perdíamos, era la frase agridulce para imponer que fuimos mejores pero nos faltó suerte.

Ahora estábamos del otro lado de la valla, esta vez generamos poco pero tuvimos la certeza para adelantarnos en el marcador. Las ideas que se formaban en nuestras cabezas era de si ahora existiría justicia divina y venceríamos a pesar de no ser el equipo que más atacaba, o apegarnos a nuestros anteriores preceptos e intentar una vez más no dejar dudas y apostar por un gol. Ya se sabría.

El complemento

Nadie reafirmó nada, salimos con la intención de ganar, ¿cómo? Atacando, había que finiquitar todo e irnos a casa temprano con los tres puntos en el bolsillo. Cuando uno plantea un partido, aunque sea tímidamente, es con la creencia de que el equipo contendiente cooperará, se nos olvida que el del otro bando también cuenta.

En los primeros minutos fue fácilmente perceptible cómo serían las cosas para todo lo restante. Los herederos de Cruyff y van Basten salieron nuevamente con la intención de anotar, ¡al diablo el futbol total!

Nos encasillaron, las formas en que terminábamos las jugadas eran con faltas, a favor o en contra; pelotazos a cualquier lado, entre más lejos mejor; o con el balón yéndose por la línea de fondo y dejándonos despejar de meta y buscar a nuestra ofensiva. Así era el agobio de los tulipanes.

El partido desde un inicio fue sucio, el estado del campo no permitía el correcto tránsito del esférico, las mejores opciones eran saltando la línea. De este modo transcurrió y por si faltara algo, en los instantes finales la lluvia se hizo presente, primero de manera tenue para gradualmente alcanzar dotes un tanto dramáticos.

Todo lo sucio de los minutos anteriores se había tornado ríspido, si antes nuestra única forma de defender el marco era reventando todo, ahora de sistema pasaba a ser una obligación. Holanda nos presionó, nos obligó a otorgarles muchas opciones a balón parado debido a la complejidad de quitar la bola limpiamente.

Era un final de guión: la lluvia, los fallos, los despejes heroicos, las barridas, la lucha, los jalones de camiseta, las patadas, las lesiones, las riñas, las atajadas, los reclamos arbitrales, los banquillos de ambas escuadras desgañitándose en cada acción. Absolutamente todo parecía haber sido planeado para recordarnos lo hermoso de este deporte.

Sonó el silbato, la partida acabó y cuán telón al final de una obra, la lluvia cesó. Se ganó de milagro, se ganó de la forma que antes nos había tocado sufrir y que tanto habíamos criticado. Se ganó porque esta vez la fortuna sí nos acompañó.

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