El sonido del violín aromatiza el tormentoso silencio de la sala tal como el más exquisito olor de una rosa,

ero ésta en vez de sentir su aroma, se escucha.

Mientras tanto, Isabel, baila tomada de la mano junto a su amado.

Las peleas desvanecieron,

los llantos ya no están,

ahora son sonrisas las que danzan entre sus labios y miradas que no dicen palabras sino una lectura de pensamientos.

Ah, la bella Isabel se encuentra feliz, lleva consigo un níveo vestido; y su pareja, un traje negro de caballero.

Ella es el blanco y él el negro, ambos son distintos, pero a su vez similares porque tienen la facilidad de hacer una perfecta combinación.

Saben entenderse a pesar de las dificultades, a pesar de que uno sea más blando mientras que el otro es frío.

Pero ya, eso no importa en este baile, sólo importan ellos dos, esas sonrisas y esos sentimientos no duran todo el tiempo, hay que aprovecharlos.

Una pareja de baile es como el reflejo de uno mismo, al ver ese reflejo, hay que saber cómo complementarse con él y amarlo, valorarlo, hacerlo sentir importante, entenderlo.

Las ondas estruendosas de ambas voces permanecen calladas, ahora son cálidas y calmadas. Cantan.

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