? Parásito Perfecto y Embaucador

Recuerdo especialmente en el último período del año, ya para graduarnos, la aparición del perito evaluador, nunca supe que oficio real y serio tendría este bípedo de los tests de aptitudes, evaluación y orientación profesional que decía ser especialista, ni de cuál cubilete mágico lo sacaron. El caso es que la mayoría de los bachilleres lo tomaron muy en serio, en mi caso personal fue diferente; porque si me hubiera atenido a su enfático resultado nunca hubiera llegado a ser arquitecto, profesión que amó sin medida y fe de carbonero, y posiblemente no habría registrado estos breves y sentidos episodios, por estar ocupadísimo como un analfabeto asistente, llevando elementales cuentas, difícilmente contabilizadas con los dedos de la mano en la venta ambulante de la carreta de aguacates en un anónimo e ilícito puesto callejero. Enfrentado al permanente chantaje y acoso de los tombos del cuartel más próximo, en especial con “mi Teniente”, chafarote impertinente, quien posa de altruista y generoso regalando toda la mercancía decomisada por sus rufianes agentes a la familia de su novia.

Decía en su rotundo y tajante informe, aquél farsante evaluador, que yo era brutísimo, cosa nada sorprendente, desde chiquitico lo sabía! Que además no podría estudiar arquitectura, y esto si fue lo que me golpeó, como era mi deseo y ambición visceral desde la más tierna adolescencia, porque podría verse comprometido lo importante por el peligro y gran riesgo, que se explotase la mollera al segundo o tercer año de estudios universitarios. Por la indigesta acumulación de tantos conocimientos y sin la posibilidad de digerirlos fluidamente, por poseer un cerebro demasiado minúsculo y estrecho, en cierta forma vaticinaba el gurú que de no seguir sus consejos tendría una segura y fatal indigestión mental. Me aconsejaba, eso sí, para mayor tranquilidad y evitar riesgos innecesarios, dedicarme a labores intelectuales menos exigentes, como la floristería, el pastillaje o la política, “cositas así, usted me entiende”, me decía el irresponsable, inconsciente desde luego de sus opiniones y de su alcance devastador.

Dentro de la fóbica metodología conjurada por aquel engendro de incompetencia, estaba prevista la exposición de charlas, que denominaba “Guía práctica de orientación profesional”, ese era el rótulo, su contenido era lo más distante, caótico y opuesto a lo enunciado.

En el transcurso de una de aquellas punzantes verborreas, este animador describía un frenético panorama de hipotéticos y desgarradores horizontes, holocausto que nos esperaba en el inmediato futuro, tensionando el ambiente con la incertidumbre atmósfera que nos deparaba el destino, recordando la cruel sentencia engañosa del oráculo.

Posiblemente como explicación tangible, de lo que allí ocurrió, arrinconó con sus catastróficos argumentos los sensibles vericuetos y fibras de la mente de un sugestionable futuro bachiller, quien escapando de esa angustiosa y maligna condensación que sintió, lanzó un súbito, y terrorífico chillido castrante, interrumpiendo abruptamente, como un navajazo, la habladuría a la que estábamos sometidos.

Su rostro lívido y contrahecho, su cuerpo convulsionando, rígida y frenéticamente, tirado en medio del salón, expulsando espesa y azulada babaza, donde el estruendo de los pupitres al caer y la natural agitación que se formó, se confundió con el desenfreno que nos invadió. Tan dramática y epiléptica visión provocada por los biliosos diálogos del perverso charlatán, quien sin inculparse, con prontitud y cobarde mutismo se evaporó del recinto.“ A mí que me esculquen”, repetía cínicamente cuando sobre el tema comentaban durante los días siguientes.

En virtud a la solicitud del estado francés de encontrar una normatividad que permitiera una nivelación académica colectiva, donde se pudieran juntar por sus conocimientos los diferentes grupos de estudiantes del sistema educativo público hasta ese momento demasiado irregular. El principal psicólogo de inicios del Siglo XX, Alfred Binet y su colaborador Theophile Simon, idearon un sistema de test de evaluación que en cierta forma dio respuesta a tal inquietud y que vendría a ser uno de los predecesores de lo que más tarde se conocería como los test de cociente intelectual, CI. Cuestionarios que posteriormente se fueron diversificando, permitiendo precisar o establecer distintos análisis buscados por los evaluadores. Pero los test por sí solos no pueden valorar todo el campo de la inteligencia humana, por lo que generalmente se les critica por ser culturalmente tendenciosos.

Quién sabe de qué forma aquel individuo llamado a ser nuestro escrutador habría obtenido retazos de este tipo de material técnico, instrumentos que le permitían su lucrativo medio de subsistencia. Utilizando estos cuestionarios a su antojo, acomodando y manipulando tan delicada y comprometedora responsabilidad a su capricho e ignorancia, establecía en sus aventurados “diagnósticos”, cualquier cosa, que justificaba su paga y reputación.

El contenido insulso de las charlas, la actitud tomada ante el desafortunado ataque epiléptico del bachiller, el lamentable método de calificar y fijar sus cálculos, hizo que reflexionara seriamente sobre el falso Sibilino que nos había invadido en el último trimestre del año de grado.

 

Los resultados de estos tests de evaluación y supuestamente de inteligencia, más bien de prestidigitación criolla, cayeron como una bomba en el curso de expectantes adolescentes tramados, que con evidente ansia los esperaban y que de inmediato confrontaron los resultados midiéndonos unos a otros. Fui como era natural con esta baja y excluyente calificación establecida, objeto de comentarios furtivos, de apreciaciones ligeras, que siempre he sospechado se incrustaron y deben perdurar, sobre todo en aquellos que mejor codificados quedaron expuestos por las conclusiones de aquél sagaz simulador y quienes naturalmente se aferraron con entusiasmo y creyeron, posiblemente hasta hoy, en los descrestantes puntajes.

Inicialmente confieso, la situación me dolió, realizando un dibujo cruel de un simio con smoking, con el que me identifiqué y que por un tiempo conservé. Años después cuando terminaba la carrera casualmente me encontré en un “municipal”, bus urbano de otra empresa distrital quebrada, con el todopoderoso evaluador de aquel desalentador periodo; la verdad no me acordaba de él, nos miramos varias veces con desconfianza, con asombro y malestar, como seres que se deben. Notaba su prevención, ninguno de los dos intercambiamos una palabra o una señal de aceptación. Tuve el propósito y la intención de endilgarle mi orgulloso título de Arquitecto y sobre todo decirle que al final mi reducido cerebro no había explotado como había sido su cáustico pronostico. Que él era solamente un farsante más, por sobre todo irresponsable, jugando con sus ligeras y para mi nada profesionales opiniones y conjeturas. Generando quizá frustraciones en quienes sí le creyeron, pero sabía que nada le hubiera importado y me habría expuesto innecesariamente con una actitud agresiva a darle la razón.

Por el contrario, la experiencia fue una especie de comunión espiritual al comprobar y tener la certeza de su equivocación, todo el episodio se redujo después a una sombra del pasado. Quedando en mi memoria como recuerdo físico de aquél desagradable individuo, solamente sus modales amanerados, su figura rolliza y adiposa, sus ralos mechones de pelo blanquecino amarillento como manuscrito monástico, dispersos sobre una calva sanguínea, que se perdió para siempre de mi existencia en la siguiente parada de aquél bus del olvido. La prudencia hace verdaderos sabios.

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