PARÁBOLA DEL ÁRBOL DE LA VIDA

LA SEMILLA Y EL ÁRBOL DE LA VIDA

EL ÁRBOL DE LA VIDA: Era un día cálido de primavera. José, un joven pastor, salía todos los días al campo a cuidar de su rebaño de ovejas. Este era su trabajo con el que mantenía a la familia. Un día, el sol había alcanzado su punto más alto y calentaba ya bastante para la época del año, José visualizó un almendro encima de una colina cercana. ESTE ÁRBOL le ofrecía suficiente sombra, así decidió acercarse para descansar junto a él hasta que el sol bajara un poco. Se recostó en la alfombra del césped debajo de las ramas y al sentir un poco del frescor de la sombra se quedó rendido.

JOSÉ se encontraba en un huerto junto a su casa. Llevaba una SEMILLA en su mano derecha y se disponía a plantarla en este terreno. Le buscó un sitio excelente, la plantó con mucho amor e ilusión y, desde entonces, la cuidó durante años. Al cabo de un tiempo, de la semilla nació un racimo y creció. Se convirtió en un árbol grande, con un tronco fuerte, bien arraigado y las ramas parecían una corona fabulosa que echaba sombra en tiempos de calor.

El mismo día que José plantó este árbol, su esposa dio a luz un hijo. Juntos, le dedicaron mucho tiempo, cuidados y amor, enseñándole todo lo que habían aprendido en su vida. El hijo creció y llegó a ser una fortaleza para sus padres. Eran una familia humilde, no obstante no les faltó de nada durante su vida y no aspiraban a más.

Un anochecer y al cabo de unos años, José, ya mayor, salió al huerto, se acercó al árbol que había plantado y se acordó de la semilla tan pequeña que era y a lo que ha llegado a ser. José observó el resultado cuando, de repente, creía ver una cara vislumbrada en el tronco. José creía por un instante que estaba enloqueciendo por la vejez, cuando esa cara calcada en el árbol le comenzó a hablar.

- “No temas, José. Yo soy el fruto de tu labor. Me plantaste aquí, en este terreno óptimo y fructífero. Todo este tiempo recibí suficiente luz, agua, abono, tuve mi espacio y tú me cuidaste en todo este tiempo. Nunca te olvidaste de mí.”

José, aún asombrado, le respondió:

- “Solamente cumplí con mi deber.”

- “Cumpliste con tu deber conmigo, igual que hiciste con tu hijo”, le respondió el árbol. “Tu hijo recibió unas buenas raíces en un entorno excelente, que es su familia, igual que yo pude echar las mías en este terreno. Su cuerpo se convirtió en lo que es mi tronco. Lleva su cabeza como una corona, llena de sabiduría por lo que tú y la vida le enseñaron. Mis tramas son sus habilidades que aprovechará para dejar su huella como mis hojas. Yo sirvo para dar mi fruto y él también lo dará y lo recogerá. Los dos recibimos a nuestra manera lo que necesitamos: amor, cuidados, calor, nuestro espacio… llegamos a convertirnos en el árbol del conocimiento y de la vida.”

El tronco hizo un descanso y José se quedó pensando lo que acaba de escuchar.

Lo que acaba de escuchar le recordó un texto que leyó en la Biblia que decía:

“Y ciertamente llegará a ser como un árbol plantado junto a las aguas, que envía sus raíces al mismísimo lado de la corriente de agua; y no verá cuando venga el calor, sino que su follaje realmente resultará frondoso. Y en el año de sequía no se inquietará, no dejará de producir fruto.” Jeremías 17:8

ENTONCES, EL ÁRBOL DEL HUERTO PROSIGUIÓ:

“Las personas se parecen mucho a los árboles, en cuanto a los cuidados, necesitan un entorno, un terreno fructífero que es una familia adecuada, cuidados diarios que equivalen a cariño y amor, abono y agua que llegan a ser los alimentos y la bebida, descanso nocturno para descansar. Pero, aparte de eso, los humanos necesitan enseñanzas para completar su crecimiento. Si los árboles hablaran, ¿qué no contaran de los susurros del viento o de los cantos de los pájaros? Las personas sí podemos hablar, retener, memorizar, compartir, aprender. Y esa cualidad es un don que debemos cuidar como todo lo demás.”

JOSÉ volvió a despertar. Aun estaba acostado en la sombra debajo del almendro y su ganado pastoreaba alrededor. Era hora para regresar a casa y cerciorarse del bienestar de su familia. En lo que quedaba del día, apenas habló. Se quedó sumergido en sus pensamientos recordando al árbol de la vida.

 

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