A lo lejos la ves, y te preguntas cómo fuiste a parar ahí donde estás, con la cara lela del espectador que ingenuamente acude a la premiere de su funeral. Sí, es ella. ¿Cómo se llamaba? No quiere decir su nombre: ya con reconocerla te bastaba, así este reconocimiento te hiciera sentir como la almohadilla de un sastre o como un muñeco vudú traído de los cabellos a un escenario ridículo. Ridículo, porque estás ahí, está ahí, fingiendo, actuando como ciegos parapléjicos el uno al otro. Catatonia de esquina, catalepsia de romance estelar, fugaz y con deseo.

Ahora espías, aunque no fuera tu intención. Y te excita verla, a la conocida que quieres desconocer entre sinapsis y latidos, a la misma mujer a la que le regalaste toda la flota naval que pudo extraerse de dos cajas de rubios esa noche que salieron a tomar vino en un cafetín módico y terminaron expulsados a un pequeño portón de edificio, presos del frío y con la risa chorreante de lluvia. Eran los dos una esponja adiposa abrigada con pieles irrenunciables, pero no les importaba. No importó quién estornudo primero ni quién estaba más empapado. Eran dos, un beso y unos barquitos anclados en su mochila de bohemia urbana y quebrada, como un cuadro bucólico adornado con las letras parisinas de una rayuela suplantada.

Sí, la misma mujer. Ésa misma que abdicó a su título de almirante intrasanguineo dos noches después de su posesión entre sudor y frases inconexas, para seguir el impulso marinero de los puertos rojos e imprevisibles, y te dejaba inmerso entre interrogaciones que indagaban por un cómo y un porqué náufragos. Te dejó sin más, luego de un sexo que te hubiera costado una eternidad de avemarías; sexo bestial, licántropo, como alguna vez lo deseaste, y en el que te pareció que la cama era una
mandrágora que ahuyentaba gazmoños y campanarios, y tú, exhausto, apenas sentiste unos pasos flotantes que recorrían la habitación con la seguridad de un fugitivo. Y exhausto creías que volvería, que se había ido a conseguir cigarrillos o un poco de yerba para suavizar los rugidos del deseo en bocanadas vagabundas y con olor a menta rancia. Pero ya ves, no volvió; más de un día te costó convencerte de tan paquidérmica ausencia, que ni siquiera los barquitos a medio quemar que hallaste a un lado de la cama te parecieron una sutil manera de despedirse, propia de una cobarde que se hizo a la mar entre tus sombras. Y tú sólo lloraste un poema desastrozo que se suicidó, en la cuarta línea, en el fondo de la papelera del baño.

Mírala; está con otro que la besa y ausculta la íntima geografía que señaló su norte en tus sábanas, cuando las palabras eran onomatopeyas a la luz de la luna. Mírala. Mira cómo sonríe, cómo besa otros miembros, otra piel, y cómo te desafía -eso crees- desde el otro lado de la frontera de brea, con su cara de hiena insatisfecha. Y tú, impávido, con el corazón golpeado por el morbo, los celos y la nostalgia -una cuadrilla maleva que te hizo encallar en ese portón de edificio, en esta noche de lluvia, donde solitario como una esponja la ves, a ella, verter su lascivia en las entrañas de un auto cualquiera, con alguien cualquiera. No te importa ni la marca ni la identidad del fulano, ni que a tu lado un par de cajas de rubios parezcan un acorazado que se hunde en un charco, sin almirantes, sin tripulación. Está vivo; inmóvil pero vivo en esta ridícula
comedia que te recuerda que no has cenado y que, inevitablemente, todo se resume en tres letras, las tres letras con las que acabas tu sueño y compruebas que la sopa está fría. Tres letras, nada más.

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