paseando al perro

Cada noche salía a pasear al perro.

Le gustaba caminar, sintiendo el silencio de la noche, de la noche en un barrio residencial; sinitiendo el silencio de la noche en un barrio residencial, en una ciudad como Bogotá.  

Salía a pasear al perro cada noche luego de la hora de la comida, generalmente una cena en familia, en la que comentaban ellos, los comensales de siempre, que se conocían en sus muecas, delitos y mañas para masticar y degustar, cómo les había ido en el día.

Reían por los chistes acostumbrados de los que no se cansaban, jugaban a cambiar roles y explorarse en la buena lluvia que los habitaba, en donde el papá parecía el hijo, la mamá el papá, el hijo un expectador feliz, y los esposos se camuflaban en el brillo de sus ojos al cruzarse.

Al terminar, él salía cada noche a pasear al perro, mientras la esposa lavaba los platos, y alistaba a su hijo para dormir, lavaban los dientes, leían un rato juntos, prendían la luz de la lámpara, viendo la luna, por el espacio ausente de la cortina; el niño esperaba el beso cariñoso del papá, y la manera en que zambullía su mano entre sus cabellos, como si aún fuera un bebé, mientras oía el eco en el parque que no olvidaría nunca: la voz de su papá llamando al perro.

Al volver esa NOCHE de pasear al perro, comentó:

¿qué tal irnos un año a pasear por Europa? mientras le servía agua al sediento canino, que agotado y vencido subía los escalones del edificio; había corrido en la oscuridad del parque persiguiendo a una paloma errante de su clan, que no se dejaba pescar.

Ella lo miró, recordando el costo de las fantasías en las que a veces él se sumergía, quizás estaba a puertas de una recaída inconmensurable para sus vidas, una más de la más dulce de las enfermedades que ella presenció, una enfermedad llamada ilusión; él llamaba a la enfermedad sueños, y su hijo, creyó que eso era quizás la fe, la fe de su papá.

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