Los padres tienen un problema con las notas

LOS PADRES tienen un problema con las notas de sus hijos. Es una relación emocional de amor-odio.

A los padres les encantan las notas de sus hijos cuando son buenas y llegan al éxtasis cuando son excelentes. ¿Por qué? Porque hay una creencia general según la cual las notas tienen como efecto colateral una evaluación de su labor como padres. Cuando las calificaciones de los hijos son buenas, quiere decir que los padres son buenos progenitores; si son malas, quiere decir que están fallando. Lo mismo sucede con el deporte: si hay algún futuro crack en la familia, quiere decir que los padres han sido bendecidos por el don divino de crear genios. Basta con observar su comportamiento en las gradas de los campos de fútbol infantiles. Nos daremos cuenta de que quienes están disputando el partido, sufriendo, empeñando su honra, su orgullo y su gloria no son los niños de siete años, sino LOS PADRES. Los niños sólo quieren divertirse y no entienden por qué sus progenitores actúan como si estuviera en juego un campeonato de liga, por ejemplo.

Todo eso nos hace pensar que el comportamiento de los padres respecto a las notas de sus vástagos no es altruista: sus hijos tienen que ser los mejores porque, dicen, “sólo los mejores vencen en una sociedad competitiva como la nuestra”.

No es así. LAS NOTAS no dicen quién tiene capacidad de valerse por sí mismo, quién tiene espíritu de iniciativa, quién encaja mejor en un trabajo en equipo… Las notas evalúan unos conocimientos en un momento determinado y no lo que se es, ni mucho menos lo que se puede llegar a ser. Todos los padres lo saben. Por lo tanto su fanatismo por las calificaciones tiene sus raíces en la competitividad de los padres por tener lo mejores hijos.

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