Somos terroríficamente iguales, tú y yo.

Dos pequeños cobardes miedosos.

Asfixiados en una inevitable soledad.

Atrapados en la presión social,

en la indiferencia, de quienes pensamos,

eran nuestros seres amados.

 

Pero recibiendo indiferencia me he vuelto indiferente.

Y siendo solitario te has vuelto distante.

¿Pudo ser genético, pudo ser aprendido?

Ahora los dos queremos huir de

nuestra triste y autocompasiva vida.

¿Y en qué hemos avanzado?

¿Ó estamos retrocediendo?

 

Al principio eras mi figura de autoridad,

ahora te veo como un camarada igual.

Pero yo apenas voy a la mitad, y tú

ya visualizas el momento final.

Para ser sincera, no sé si

lo lleguemos a superar.

Pero ¿qué más da?

Sin importar a dónde vayamos,

nos moriremos con la misma facilidad.

Sin importar por quien nos sacrifiquemos,

nadie nos lo va a querer regresar.

 

¿Estaré siendo fatalista?

No, es sólo que me di cuenta

que los mártires sólo los elogian

después de muertos.

¿Buscamos recompensa?

Mejor crea tu propio valor, y

elógiate a ti mismo si nadie más lo hace.

Si nadie más te ama, entonces amate.

Si nadie más te cuida, entonces cuídate.

Si nadie más te ayuda, entonces ayúdate.

Si nadie más te regresa los favores y servicios…

¡Pues chinguen a su madre,

que no eres sirviente de nadie!

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