PABLITO Y SAN ONOFRE

Érase una vez, un lejano pueblecito de nuestro estado Monagas, en el que pareciera que el tiempo se detuvo, las callejuelas aun conservan la empedradera, el aguador paseando por todo el pueblo con su burro y su carga refrescante, y las viejas de casa afanadas esperándolo, para hacerse de un sorbo de agua para la familia, las luces semejan mechurrios, cocuyos que dan mas bien penumbras en vez de luz, una escuelita, preescolar y de primer a sexto grado, precaria por los años de uso y la falta de recursos, aunque la gente es muy dada a colaborar con lo poco que tienen para mantener la institución, una botica que también hace las veces de dispensario y telégrafo, un río chiquito atraviesa de punta a punta aquella zona poblada, olvidada por muchos, la única diversión de aquellas personas son las fiestas del pueblo en honor a San Onofre, todo un fin de semana, con juegos de envite y azar en las calles, música en vivo con los aguinalderos del pueblo y los habitantes volcados a la calle de día y de noche.

En medio de tanta escasez, vivía un niño especial, Pablito, frente a la plaza de tres banquetas, Pablito tenia ceguera congénita y nunca había sido tratada, por desconocimiento de sus padres y familiares, no lo llevaron, al medico y mucho menos a un especialista, así que el niño aprendió a vivir cobijado por la oscuridad desde que fue dado a luz, por su mama, la señora Petra. Pablo era muy despierto y hábil a la hora de desenvolverse, aunque le faltaba la vista, reconocía a kilómetros el olor de la comida de su mama, esa sazón como no podría reconocerla, si sabía a gloria, el olor de las flores, una fragancia sutil y que siempre había querido ver de donde provenían tan agradables olores, el sonido de los aguinalderos y parranderos, esas mujeres y hombres que cual coro celestial daban aquellas serenatas decembrinas a toda la gente del pueblo, relinchaban de alegría, con aquella algarabía, era algo mágico.

Pablito era recolector de frutos, muchos granjeros que vivían a las afueras del pueblo lo venían a buscar y lo contrataban, aunque era muy eficiente a la hora de trabajar, nunca supo si lo empleaban por eso o por compasión, debido a su condición de niño especial.

Sin embargo él siempre iba a trabajar con una sonrisa de oreja a oreja, era un joven simpático, alegre y emprendedor.

Cada noche antes de ir a la cama, luego de asearse para sacarse la mugre del día, que el sol, inclemente dejaban con malos olores en su cuerpo, le hablaba al Padre celestial, le decía cosas como, que él seria el niño mas feliz del mundo si pudiera ver, si gozara de la vista.

Cierta noche en la víspera de noche buena, la habitación de Pablito, se ilumino, su mama al darse cuenta, se sorprendió con esa luz tan brillante, ninguna luz en el pueblo era tan fuerte como esa y fue caminando con sus pies cansados hasta la alcoba de Pablo y a los pies de su cama flotaba la figura incandescente, era el santo patrono del pueblo, San Onofre, ella, no se asusto, mas bien cerro nuevamente la puerta de forma silente y salio paso a paso, como quien pretende no hacer ruido alguno y dando gracias a Dios se acostó hasta el siguiente día.

En la mañana cuando doña Petra, abrió los ojos, la primera imagen que vio fue la cara sonriente de Pablito observándola y sorprendida le dijo buenos días mi amor querido, Pablo la abrazo, la beso y le dijo, yo sabia que eras un ser maravilloso y hermoso, mami, eres bellísima, te quiero tanto, la volvió a abrazar, y con lagrimas en sus ojos le dio un beso en la frente, Petra estaba profundamente, conmovida y le dijo a Pablito, Dios me premio con el niño, mas bello de este pueblo, te quiero mucho hijo mío y esta alegría no me cabe en el pecho, no sabes lo feliz que me siento porque puedes ver, es un verdadero milagro, gracias a Dios y a San Onofre, si mami, dijo el niño, Gracias a Dios y a San Onofre, anoche tuve un sueño, el sueño mas bonito que he tenido, entre tanta oscuridad, soñé que papá Dios entro a mi cuarto acompañado de San Onofre y lo dejo a solas conmigo y él me dijo, Pablo, no temas, vine hacer justo con el justo y gracias, porque eres un ser único y bueno, sin malicia, ni egoísmo, siempre pendiente de los demás, con un amor inmenso por toda a creación del Padre, y me dijo también, que era merecedor de recibir la luz y a eso vine, me bendijo, paso su mano por mi cara y el sueño se esfumo, como todo era oscuridad por la noche, continué durmiendo y al despertar en al mañana abrí los ojos y comencé a recibir la luz, me dolieron al principio, me encandile, pero la molestia desapareció rápidamente, !Y puedo ver¡

Pablito recibió el mejor regalo, nada material, fue algo espiritual que muy pocas veces se da, o se da tan cotidianamente, que hemos perdido la capacidad de ver los milagros que ocurren en derredor nuestro.

Pablito salio corriendo por todo el pueblo deseándole a la gente Feliz Navidad y repartiendo bendiciones a todos, a diestra y siniestra, la gente impactada al enterarse de que Pablito podía ver, quedaron boquiabiertos, pero quisieron saber como ocurrió tal cosa y muchos fueron a la casa de doña Petra y ella fue quien les contó todo lo ocurrido, los mas creyentes, erigieron un templo al lado de doña Petra al cual le pusieron por nombre, San Onofre, en honor al santo patrono y para que nunca olvidara la memoria colectiva el milagro de Pablito.

PABLITO Y SAN ONOFRE

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