Hoy no estarás aquí.

Hoy no podré conversar, no podré aprender, en esta ausencia de años…

No me ha ido mal. Sé que mi hermano te extraña -quizá un poco más que yo- pero este un día en que no estaremos cerca (ni más lejos).

¡Te perdono!

Son varias las cosas que debí sentar así y, estado ahora lejos, como tú lo estuviste, a tu modo, ahora comprendo parte de lo que se siente ser otro extraño, enajenado de quienes quiero y de lo que me pertenece.

Nunca celebré este día como debía. Ya ni recuerdo si comprábamos tortas o si la abuela lo hacía para ti, pero es algo que no tiene importancia y comprendo, más que nunca, tus motivos, tus razones ¡viviéndolas por mí mismo!

Ahora que lo recuerdo, casi entre ideas difusas, aquel escrito que dedicaste a mi abuela fue bueno, bello. Hubo palabras que me parecieron rebuscadas,  per ahora comprendo que –cuando algo nos duele- la simpleza que le hemos dado a algunas no tienen la dimensión del dolor, del sentir, y esas emociones no hallan pleno recurso fuera de nuestros diccionarios de la pena.

Hoy no lloro pues, celebro cosas – a mi modo- y suelo antecederme a los acontecimientos, según me vena en gana. ¿Qué será mañana de mi hermano?... ¡Guárdale, Padre Santo! El no camina con los zapatos que uso.

A ti, hermana de mi alma: ¡Dios te bendiga!

Sé que tu cabeza dará vueltas y ansío te honren como tus obras lo merecen.

Es posible que, todavía hoy, no veas el fruto de tus muchas labores; pero vas cosechando a cuentagotas. ¡Felicidades! Te has asegurado de un mejor futuro para ese dúo que es tuyo y ha de dejar de serlo.

No imagino cómo sabrá esos dulces, esas galletas que –a lo lejos- llevan tanto de ti, de tu gente, tus maestras y alumnos; sólo sé que son (y serán) la forma y el gusto que tú intentes dar y concebir.

¡Gracias a Dios por ese par de milagros!

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