La mirada forma parte de la expresión no verbal y que en muchas ocasiones nos juega malas pasadas pues sin poderlo evita delata nuestro estado de ánimo. Nuestros ojos reflejan cuando estamos tristes, cansados, demuestran en ocasiones enfado, desprecio, ira, rechazo, desprecio, etc. Lo que se puede llegar a expresar a través de una mirada es infinito y se escapa a nuestra propia voluntad.   

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Cuando una persona está enamorada sus ojos lo delatan y con insistencia busca la mirada del ser amado que responde con la misma intensidad con las pupilas dilatadas. Este intercambio sin palabras dice un sin fin de frases mudas llenas de caricias que llegan condensadas a través de la mirada llena de sentimientos compartidos. No hay nada en nuestro cuerpo que exprese tanta carga emocional como una mirada, por ello, cuando un extraño nos mira con insistencia nos preocupa, nos inquieta y lo vemos como una amenaza.

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Los mentirosos son conscientes del poder de la mirada por lo que cuando mienten evitan mirar a los ojos del otro temerosos de ser descubiertos, aunque por otra parte existen buenos actores de la mentira en ciertos sectores de la sociedad capaces de engañar a más incrédulo de los mortales. Diariamente nos enfrentamos a miradas en nuestro circular por la sociedad, algunas son rutinarias que casi no expresan nada como las de los dependientes de supermercado, comercios, bancos, etc, pero también detectamos miradas de indiferencia, desprecio, incomodidad, fastidio, etc, puesto que nadie tiene control absoluto a sus miradas.

Y en ocasiones captamos también en la mirada de nuestros mejores amigos un fugaz destellos de envidia al ser traicionados por el subconsciente que es esclavo del poder incontrolable de la mirada.    


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