Volver del abismo.

Finalmente llego a “Gallardo”. Comenzamos (los cientos de personas que descendemos ahí) a encontrarnos con varios “cuellos de botella”. Las últimas penas que nos separan de la calle. La primera que uno se encuentra son los tres únicos molinetes que tendremos que sortear unas cien personas. Luego el tráfico de gente se va encarrilando en el pasillo que da a la escalera mecánica (la otra escalera es ignorada por todos nosotros). Vamos todos caminando como si estuviéramos en un velorio. Y es que a esta altura entre el calor, los golpes, las corridas ya uno no tiene casi voluntad de salir.

Sin embargo un vómito de gente me eleva diez centímetros del suelo y me empuja con fuerza hacia arriba para terminar dejándome a la deriva, en la vereda, a unos dos metros de la salida. Por fin ahí comienzo a sentir nuevamente una corriente de aire fresco (que es tan húmedo y pesado como cuando entré al subte).

Me alejo un poco más. Ya no llovizna. Prendo un ultimo que me va a acompañar en las tres cuadras que me faltan para llegar a la facultad.

Ahora sí puedo pensar y caminar libremente.

Estoy en eso, caminando y disfrutando mi “Camel” cuando la razón me cayó como un mazazo en la cabeza que me despertó y me destrozó a la vez: Hoy es martes, no tengo que ir a la facultad, no tenía que tomarme un subte, podría haberme ido caminando a casa. ¿Es que esta ciudad tan turra que no me deja pensar o será que soy un estupido?

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