La condena.

El sufrimiento comienza en la escalera mecánica atestada de gente y donde el calor y el encierro se hacen más fuertes.

Mientras voy bajando en mi escalón móvil siento que en el andén pita un tren. Otra vez por instinto y acompañado por algunos aventureros intento hacer lugar para empezar a correr escaleras abajo pero chocamos contra un grandote que, muy tranquilo, está instalado en medio de la escalera y que nos mira con cara de “¡eh! ¿Qué pasa loco?”

En fin… vamos a tener que esperar en el andén.

Allí cada cual está en la suya. Algunos tratan de buscar algo de frescor bajo los enormes ventiladores que solo remueven el aire viciado, otros miran una especie de documental sobre la reproducción del tatú carreta por las pantallas de “SubTV”, otros charlan los temas importantes que escucharon anoche en “lo de Hadad” o las noticias destacadas en “La Razón”, pero en cuanto sentimos llegar al tren todos nos apuramos para apretujarnos sobre la línea amarilla que se extiende a lo largo del borde del andén (esa que justamente no deberíamos estar pisando por seguridad) como si de esa forma nos aseguráramos un lugar en “First class”, cuando en realidad, te subas donde te subas, vas a viajar como en un camión de ganado (en la jaula, por supuesto). Los jueces del anuario “Guinnes” se maravillarían al ver ciento cincuenta mil personas haciendo equilibrio en una línea ancha como una baldosa.

No menos asombrosa es la cantidad de gente que viene amontonada en los vagones. A fuerza de empujones no sólo logro entrar, sino también apoyarme en un rincón al costado de las puertas, en los pasamanos con forma de jaula que viene de maravilla para instalarse y de paso no tener mayores inconvenientes a la hora de bajarse.

Como puedo hago un esfuerzo por sacar mi libro de turno del bolso: “Diario de un clandestino” de Miguel Bonasso.

Quienes estudiamos en sociales tenemos cierta atracción por leer los chimentos de los revolucionarios locales, básicamente, para ver si pescamos el nombre de algún que otro profesor y poder quedar bien con nuestros compañeros diciéndoles – “¡Loco, este tipo e’ grosso. Fue monto, loco!” – aunque haya sido el portero de la casa de Firmenich en España. No importa, lo que vale es mostrar que sabemos. ¿Qué sabemos?

Estoy más o menos leyendo con un ojo (el otro está comprimido contra el hombro de un tipo) cuando un ruido se dispara en mi oído, la presión me bajó a menos siete (la máxima): un chiquito que abre y cierra con mucha energía el fuelle de su acordeón acaba de pararse al lado mío. ¿Cómo hizo para llegar ahí y tener espacio para tocar su aparato? Es fácil, la gente se corrió para no tocarlo, por que el pibe está sucio y rotoso, además el sonido histérico del fuelle taladra cualquier timpano. Pero yo estoy acorralado entre la puerta, el pasamanos y el satánico acordeón.

Después de repetir cinco veces las mismas cuatro notas (que debe ser una estrofa de alguna canción tradicional de algún lado que desconozco) con la misma fuerza con que mueve sus manos, el pibe empieza a gritarme para que el acordeón no le tape la voz.

“- Me da un monedo, po’ favo-” me dice el nene de pelo rubio y mejillas rojizas.

Me da la impresión de que, si bien sabe lo que me está diciendo, es la única frase que, más o menos, ha aprendido por fonética en español. Solo atino a hacerle un gesto negativo con la cabeza. Estamos llegando a estación Medrano y el pibe se va caminando y tocando hasta la punta del vagón para juntarse con alguien que podría ser su madre, o su tía (o alguna cafiola) y descienden juntos para meterse en el coche siguiente.

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