Las puertas del infierno.

¡Bien! Terminé de cruzar la calle, me encuentro parado frente a la boca de entrada de la estación Florida del subte “B”.

Comienzo a bajar las escaleras despacio, para darme tiempo a terminar el cigarrillo y de paso no patinarme en los peldaños mojados ¿quién habrá sido el sádico al que se le ocurrió cubrirlos con cerámicos?

Ya se empiezan a sentir las primeras llamas del infierno: El aire caluroso y húmedo más pegajoso y viciado que el de la calle.

El primer martirio en este infierno es la boletería. Unas cincuenta almas hacen cola para conseguir el preciado cartoncito. Uno va juntando calentura porque, a pesar de haber tres ventanillas, solo venden en dos de ellas. En la tercera parece que están recontando algo. Igual que siempre.

Nunca falta la vieja que grita: – ¡Parece mentira, un servicio público que pagamos con nuestros impuestos! – Nadie la acompaña, están todos ocupados en no perder su turno en la cola. ¿Y yo? ¿Vale la pena explicarle que no es más un servicio público aunque lo sigamos pagando con nuestros impuestos? ¡A ver si todavía le agarra un soponcio!

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