El caos.

Saludo a los muchachos del hall de entrada, bailo con la puerta giratoria y salgo a la calle. Prendo un cigarrillo y me sumo a la gran masa de gente que va y viene por Florida. Hace varios días que llueve, el aire está pegajoso y cada tanto llegan unos vahos fétidos de quien sabe donde.

Esquivo a una vieja, salto un cajón de lustrabotas. Veo unos pibitos de no más de diez años, sucios, descalzos que se me acercan en malón. Intento abrirme para evitarlos pero es muy tarde, los chiquitos me rodean y de uno por turno comienzan a pedirme: El primero me rogó un unas monedas, el segundo un “extra burguer con queso”, el tercero me pidió un “sache’ de lecha para sus hijos”.

Apenas termino de decirle al último “hoy no, pibe”, los chicos salen corriendo entre la gente para zambullirse hasta la cintura en un enorme tacho de basura que rebalsa de residuos y agua. Ahora sé de dónde viene el olor a podrido: Es de la apatía y el desinterés de los que tratamos de esquivar a estos chicos, que pretendemos tomarlos como parte del folklore de la calle Florida para no perder el tiempo pensando en cosas innecesarias.

Ahora sí, habiendo aclarado mi duda me siento mucho más tranquilo y puedo volver a concentrarme en mi recorrido.

Llego hasta el semáforo de Corrientes y Florida. Aquí me siento en medio de una batalla medieval que está a punto de comenzar. A cada lado de la avenida nos amontonamos unas cien personas esperando la orden de “a la carga” que nos dará la luz verde. La gente se pone ansiosa, se adelanta, se vuelve, nos pedimos permiso o simplemente nos empujamos unos a otros para pararnos exactamente delante de ellos.

Finalmente el semáforo da paso. Todos avanzamos y empezamos a cruzarnos con la armada enemiga.

Afortunadamente no estamos armados con espadas, picas y palos pero sí con bolsos, paraguas, bicicletas y teléfonos celulares.

Así engancho a un tipo que viene de frente con el bolso, pero una vieja se toma venganza por él y me pasa todo su paraguas mojado por la cara. Este acto no queda impune: Cuando la vieja sube por la rampa de discapacitados, que es de plástico, se patina y termina pataleando en el suelo como un cascarudo hasta que pudo aferrarse de la botamanga de un policía que pita desesperado su silbato, pues, desde hace algunos meses, tienen orden de romper las bolas a “cualquier individuo en actitud sospechosa de violación de las leyes de tránsito”.

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