La huida.

Son las seis y media de la tarde. Me apuro a cerrar la computadora y amontonar los papeles en una esquina del escritorio para que parezca ordenado, controlo más o menos que no me esté olvidando de nada y abandono la oficina al grito de: “- ‘ta mañana…”.

Con el saco a medio poner y el bolso a medio colgar encaro hacia el ascensor que está ahí, esperando con las puertas abiertas al final del pasillo como un torero que agita su capa roja incitando al toro, yo. Corro desesperado, como si fuera Carl Lewis compitiendo por los cien metros llanos en Seúl, porque las puertas empiezan a cerrarse y no voy a perder otros “valiosisimos” treinta segundos esperando otra “latita de sardinas”.

Alcanzo la puerta la puerta, paso un brazo, una pierna, la cabeza, el torso “¡Ya estoy adentro!”. Pero la puerta termina de cerrarse sobre mi bolso y una pierna. ¡Qué bicho podrido el ascensor! ¡Si hasta creo escuchar que se ríe mientras libro una lucha cuerpo a cuerpo con sus puertas!

Una vez adentro me doy cuenta de que quien se ríe no es la máquina sino las quince personas que están aplastadas dentro del ascensor. Unos me miran aterrados como si me hubiera pisado un colectivo, otros contienen la risa para no avergonzarme todavía más, los del fondo ni se enteraron en qué piso estaban. Es que todos somos perfectamente educados, viajamos como anchoas en aceite, pero nos pedimos permiso para aplastar nuestras espaldas mugrientas contra las narices de los otros.

Trato de disimular, me acomodo el saco (que apesta a tabaco y encierro), aflojo el nudo de la corbata, saludo con voz tranquila y sonrío con gesto de “¡qué pelotudo!”, para tratar de restarle importancia al asunto. Porque somos muy superados, nos preocupamos por temas más importantes.

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