Yo me obligo a ser feliz. Lo hice estas navidades cuando lo que me apetecía era quedarme en casa sola, mirar la televisión, olvidarme de mí y soñar con lo que fue la vida de los que se fueron en eso que llaman recuerdos y no son otra cosa que pesadillas. No, no quiero recordar, me dije. Por eso me obligué a ser feliz.

¿Cómo conseguí tener unas Navidades alegres? Poniéndome en acción. Fui a una agencia de viajes, compré unas vacaciones de todo incluido en Canarias para mis hijas y mi marido los días posteriores a las cenas y comidas familiares. Fui también de compras por centros comerciales con mejores precios para conseguir regalos baratos para todos. Organicé las reuniones familiares en plan fiesta total. Así conseguí poner alegría en mi vida y en las vidas de los que me rodean.

¿Qué hubiera sido de mí si no me obligo a ser feliz cuando empezaba a agarrarme la depresión? No quiero imaginarme con el pañuelo en la mano mientras miraba los programas de televisión enlatados. Seguro que piensas que es fácil obligarse a ser feliz cuando estás rodeada de familiares. ¿Y si no tuviera familia? Pues también me obligaría a ser feliz. Me imagino vestida de fiesta dándome una cena estupenda de Nochebuena. Los singels pueden ser muy felices si se lo proponen.

Como os decía, yo me obligo a ser feliz. Me obligo a no pensar. Me obligo a ponerme en acción. No hay nada mejor para superar las depresiones que ponerte a trabajar, vestirte a lo grande y mirarte al espejo. El espejo te dirá que eres la mujer más guapa del mundo. A mí me lo ha dicho estas navidades.

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