Amigos y familiares le prepararon una pequeña fiesta a Teresita el día de su ochenta y cinco cumpleaños. Ella bailó algunas piezas porque siempre supo imponerle a la vida un espíritu jovial y fuerte.

  Luchaba contra las punzadas que recorrían su cuerpo cada vez que, al ritmo de la música, colocaba un pie en el piso. Sentía como si molestas hormigas la mordisquearan con fuerza, como si miles de agujas invisibles se le clavaran en los huesos provocando una descarga eléctrica recorriendo su pierna hacia abajo, desde la cintura; pero al escuchar las alegres voces a su alrededor se auto animaba.

  Los años le pesan y a la vez le dan ánimo; y el dolor entonces duele un tanto menos.

  Durante la misma canción pasaba girando de un nieto a otro guiada por los pasos de la juventud. Que la hicieron resistir toda su fiesta.  

  Ya en el cuarto, cuando todos dormían, ella se quejaba en silencio de sus dolores en la columna y los calcañares; todo unido a la fatiga acumulada en la fiesta de cumpleaños.

  Dando vueltas en la cama “lo volvió a ver”, por supuesto se asustó, pero la voz suave que escuchó frente a ella la tranquilizó.

—No quiero para nada asustarla.

—Te he sentido todas estas noches, pero decidí no perturbarme. Hoy; parece que con la exaltación de la fiesta, no pude evitarlo.

Teresa, yo necesito que mi mamá la conozca. Ya no sé cómo ayudarla; he intentado miles de maneras para aliviarle esos tremendos dolores articulares que la mantienen postrada hace varios años. Los médicos le piden que se levante y camine, pero ella no quiere hacerlo.

  De nuevo la anciana impuso su manera positiva de ver la vida, conversaron mucho y sí, por supuesto que ayudaría a ese joven con su mamá.

—Solo tiene que ponerse este traje —ante el asombro de la mujer—; los dos cruzaremos un portal en el tiempo para visitar a mi madre.

  ¿Portal? ¿Tiempo? ¿Qué hacer? ¿Quién era ese muchacho?, repicaban sin parar las preguntas en su cerebro.

  Sintió un latido de dolor en la columna al colocarse el traje.

  El viaje le pareció inmensamente largo. Hasta llegar a una habitación algunos metros más grandes que la suya.

—Mamá, esta es Teresa, la señora de la que te he hablado; te prometí traerla hasta acá para que platiquen y se hagan amigas; estoy seguro que te hará bien.

  Después el joven pidió permiso para dejarlas solas, pero su madre lo detuvo:

—Alcánzame las medicinas antes de irte, tú sabes que no puedo caminar.  Me siento muy fatigada; además la columna y los calcañares me duelen mucho.

— ¿Dónde están? Yo se las doy —dijo Teresita, guiñándole un ojo al muchacho—, así vamos entrando en confianza.

Una nueva amiga

Comparte este Goo:

¿Tiene contenido inapropiado?

Comparte este goo con un amigo: