El temor puede ser un amigo o un enemigo. Un miedo saludable nos impide cruzar una calle llena de vehículos o tratar de hacer ciertas experiencias nocivas. Pero a veces la ansiedad puede esclavizarnos, paralizarnos y aun enfermarnos. Existen miedos que se manifiestan a lo largo de toda nuestra existencia, desde los miedos de los niños hasta los de los ancianos.

El primer temor que surgió en la vida de nuestros primeros padres fue el temor a Dios, debido a la primera desobediencia. Se ha tratado de borrar esta culpabilidad, sea negándola o reprimiéndola, pero el mensaje bíblico es muy distinto. Nos invita a acercarnos a Dios por la fe, para confesarle honestamente nuestras faltas. Entonces Dios nos asegura su perdón y nos quita nuestra culpabilidad, pues su amor perfecto echa fuera el temor.

El miedo a los demás también es frecuente. Miedo a los extraños, a los desconocidos, a la mirada de los demás, a su juicio o rechazo. A menudo este temor nos lleva al fingimiento, y a veces a la violencia. Pero cuando confiamos en Dios aprendemos a vencer estos temores, porque nuestro valor no se funda en lo que los demás piensan de nosotros, sino en el hecho de que Dios nos ama.

También podemos tener miedo del porvenir en nuestro mundo incierto. En lugar de dejarnos sumergir por esos temores, confiemos en el Señor Jesús día tras día. Nunca olvidemos que suceda lo que suceda, él nos ama.

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