Cada uno de nosotros lo recibió el día de su nacimiento: es el que escogieron nuestros padres, seguido por el apellido de nuestro padre y luego por el de nuestra madre. Desde entonces este nombre figura en todos nuestros documentos de identidad. ¡Cuántas veces lo hemos deletreado, escrito, registrado o subrayado! Este nombre nos pertenece, está ligado a nuestra vida y no podemos cambiarlo. Un día estará grabado sobre una tumba.

Si hemos recibido a Cristo como Salvador (Apocalipsis 3:5), nuestro nombre está escrito en el libro de la vida. Podemos estar seguros de que este nombre nunca será olvidado.

Los archivos de los hombres desaparecen tarde o temprano, pero el registro de Dios está conservado y puesto al día en el cielo, para ser abierto el día del juicio (Apocalipsis 20:12-15). Ese solemne día el libro de la vida será abierto, pero sólo para constatar que el nombre de cada uno de los muertos que serán juzgados –los que no creyeron en el Señor Jesús– no figura en él. Hoy Jesús nos llama. Respondamos: «Presente», para que ante su Padre y sus ángeles pueda declarar que conoce nuestro nombre.

Su gozo será escribir sobre nosotros su propio nombre, para probar que le pertenecemos, como uno pone su nombre o su sello sobre un objeto personal. Así estaremos para siempre con él, sin tener que pasar por el juicio. “El que en él cree, no es condenado” (Juan 3:18).

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