Cada uno de nosotros corre el peligro de tratar mejor a nuestro prójimo rico que al pobre. Dios conoce esta tendencia de nuestros corazones. En el libro de los Proverbios nos da indicaciones prácticas para un comportamiento conforme a la voluntad divina:

“Al Señor presta el que da al pobre, y el bien que ha hecho, se lo volverá a pagar “ (Prov 19, 17).

“El que cierra su oído al clamor del pobre, también él clamará, y no será oído” (Prov 21, 13).

“El rico y el pobre se encuentran; a ambos los hizo el Señor” (Prov 22, 2).

“El que da al pobre no tendrá pobreza; mas el que aparta sus ojos tendrá muchas maldiciones” (Prov 28, 27).

Estos y otros versículos nos muestran el pensamiento de Dios al respecto: Él no hace diferencias. Todos somos iguales ante él, en cambio nosotros nos inclinamos fácilmente a buscar la simpatía de los que tienen una buena posición en este mundo.

Sólo ha existido un ser humano que fue rico sin ser orgulloso: nuestro Señor Jesucristo. Pero él se hizo pobre por amor a nosotros. Los pobres y los miserables hallaron refugio en él. Nunca rechazó a nadie ni dejó que nadie se fuera sin su bendición, aunque él mismo ocupó el lugar más humilde entre los hombres. ¡Imitemos cada vez más su manera de ser!

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