Sin novedad en el frente

La primera guerra mundial, de la que ahora conmemoramos su centenario (1914-1918) fue terrible, como todas las guerras, pero al menos tuvo algo positivo, la destrucción de varios de sus imperios y de la organización social que los inspira.

Hasta de lo más terrible se puede siempre sacar algo positivo, una enseñanza, una moraleja, o una nueva situación de algún tipo que permite que entre la miseria y la pena surja alguna lección que nos pueda hacer alegrarnos por algo.

De todos los imperios que se enfrentaron en aquella carnicería, cinco, sólo sobrevivieron dos en un bando (británico y francés), el resto se destruyeron: El ruso por un lado, y el otomano y austro-húngaro por otro.

Europa y por ende el mundo vieron morir territorios y fronteras y nacer otras tantas, muchos de ellos de vital importancia para el futuro orden mundial. Si algo tuvo de positivo la gran guerra del 14, fue que la europa del penacho y el monóculo, la de las casacas y medallas, la europa todavía aristocrática y arrogante iba a recibir un pelotazo en sus partes nobles lo que llevaría irremisiblemente a la disolución de sus estructuras.

Aunque desde la caída del antiguo régimen, tras la revolución francesa de 1789 la sociedad estamental estaba en teoría abolida, ésta pervivía en estos territorios con mayor o menor normalidad. En Rusia, por ejemplo, la esclavitud había sido oficialmente abolida en 1861, pero los niveles de miseria del campesinado eran tales, que fueron uno de los detonantes de la revolución comunista de 1918, junto a la propia guerra mundial (los reclutas enviados al frente eran en su mayoría de clase baja, y las condiciones de vida en él eran infernales, aquello derivó en el descontento que avivó la revolución).

 

Primera guerra mundial

Las élites dirigentes europeas vieron en el asesinato del Archiduque Francisco Fernando en Sarajevo una excusa perfecta para declararse la guerra, como salida a las tensiones comerciales y coloniales que hacían insoportable desde hacía ya tiempo la conviviencia en territorio tan pequeño como el europeo, de regímenes de ínfulas tan subiditas y de aspiraciones expansionistas tan mal disimuladas.

Dicen que el Káiser alemán estaba tan eufórico al hacerse oficial el inicio de la guerra, que brindó con Champán en sus aposentos, conocida es la frase “La guerra, cuanto antes, mejor”, dicha por el Jefe de estado mayor alemán, von Moltke.

Idioteces semejantes, dan una idea del nivel mental que primaba por aquel entonces entre la élite dirigente en suelo europeo.

Los soldados marchaban orgullosos al frente de guerra con sus uniformes relucientes, empenachados, las muchachas y familiares los despedían en las estaciones de tren con besos y flores, había euforia y se creía que la guerra sería corta, que el enemigo sería rápidamente aplastado.

La realidad iba a ser muy distinta, la guerra acabó siendo larga y sangrienta como Europa no había conocido jamás hasta entonces, los delirios de grandeza de los emperadores y la inconsciencia de la masa que los sigue iban a costar muy caras tanto en vidas humanas como en medios materiales.

 

La primera guerra ha sido ensombrecida quizá por la segunda, que entre otras es más fácil de situar, tiene unas causas más sencillas de entender y una mayor facilidad teatral, Hitler y los nazis han pasado al imaginario colectivo como el mal personificado, y la 2ª guerra mundial es más maniquea en sus motivaciones y culpables. Además ha sido llevada al cine en numerosas ocasiones con mayor fortuna que la primera que, salvo excepciones, ha sido menos elegida como tema, con honrosas excepciones como la película antibelicista de Kubrick “Senderos de gloria”, de 1957 por ejemplo.

Donde si gana la primera guerra mundial, y por goleada, es en el campo literario, ha sido llevada a la literatura con más y mayor acierto que su macabra hermana joven, quizá porque precisamente el lenguaje que más acepta el público para verla es el cine.

La novela “Sin novedad en el frente”, del ex combatiente Erich María Remarque es una magnífica crónica de experiencias personales, escrita en 1929, que resulta un alegato antimilitarista ya de referencia.

El narrador adopta un tono sarcástico para contar las barbaridades de la guerra, siempre con adición de dosis de humor negro como el comienzo del capítulo 1, donde los soldados acaban de comer ración doble de rancho y aún llenan sus tarteras con las sobras. Todo muy bien, muy estupendo, hasta que descubrimos las causas del banquete:

(…) “Si he de decir la verdad, no nos estaban destinadas tantas provisiones. Los prusianos no son tan espléndidos. Lo debemos a un simple error” (…)

(…)”la artillería pesada inglesa hizo de las suyas sin parar, ametrallando sin descanso nuestra posición, y causándonos tantas bajas que sólo regresamos ochenta hombres” (…)

¡!!!!El motivo de que sobre tanta comida son la cantidad de muertos que la compañía había sufrido en el último bombardeo!!!!

El nazismo la condenó como uno de los libros prohibidos por el régimen, incluso fue uno de los libros que ardieron en la hoguera en aquella innominiosa noche para la cultura europea en la Plaza de la Ópera en Berlín el 10 de mayo de 1933.

El libro contradecía abiertamente la doctrina nazi de heroica empresa nacional. Para Hitler y sus mariachis, la gran guerra era objeto de ensalzamiento patriótico, las historias de heroísmo que circulaban, sobre todo en lo relativo al Führer eran peligrosamente desmontadas por la novela de Remarque, la idealización era desenmascarada, la cruzada era denunciada como lo que fue realmente, una carnicería inhumana. El régimen Nazi tenía especial interës en que la obra de Remarque no tuviera mucha difusión, el libro por tanto, y su autor, eran condenados al olvido.

Sin novedad en el frente

 

Es una novela imprescindible para conocer de primera mano los horrores de la guerra, o al menos hacerse una idea aproximada de ellos.

Esta obra maestra antibelicista se ha convertido en muy poco tiempo en un alegato contra la sinrazón de la guerra, en una crónica de uno de los períodos más convulsos y violentos de la historia de la humanidad.

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