Hacer las valijas y partir es algo que puede sonar comùn para cualquier mortal que tiene la costumbre de viajar, sin embargo y en mi propia experiencia, debo confesar una extraña sensaciòn que me invade a la hora de regresar a casa desde un lugar lejano.
Una sensaciòn de haber perdido la brùjula, como un desfasaje entre espacio y tiempo.
Serà que uno se queda mitad arraigado al lugar que visitò, a otra cultura, otras costumbres, etc, y la otra mitad intenta reinsertarse en su medio natural.
Dicen que es un sìndrome tìpico de los viajes, mas yo le busco siempre una explicaciòn mas o menos coherente. Llego a la conclusiòn que uno se relaciona con personas  con las cuales se crean lazos afectivos, nuevas personas que se integran en nuestra memoria afectiva y que al no verlas màs...se siente una nostalgia especial, una sensaciòn de pèrdida.
El regreso nos devuelve a nuestra vida real y habitual, primero se disfruta brevemente el re-encuentro con los seres queridos, la familia, la casa, los hàbitos.
Pero al rato parece invadirnos un flujo de nostalgia, una visiòn casi depresiva de la rutina en la que estamos inmersos diariamente.
Pareciera que uno se ha "vaciado", que algo nos falta, que el tiempo se ha desordenado y que no hallamos nuevamente nuestro lugar en el mundo.

Las fotos, los souvenirs, los regalos y todo el bagaje de recuerdos que traemos del viaje refuerzan la nostalgia.
Salir a veces de èste estado es algo complicado, para ello son los seres queridos quienes interactùan con nosotros y logran sacarnos del estado de confusiòn en el que estamos.
Los viajes son siempre edificantes, son una bendiciòn cuando nos permiten conocer y ampliar nuestra perspectiva sobre el mundo y la humanidad, pero tambièn nos dejan huellas que suelen calar muy hondo cuando hemos dejado una parte nuestra en otras tierras.
¿Te ha pasado?......
Beto.

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