El ordenador que administraba los equipajes en el aeropuerto estaba averiado. Para un control de seguridad se sacaron las maletas de la bodega y los pasajeros, ya sentados en el avión, tuvieron que bajar para identificarlas. Cada uno reconoció sus pertenencias. Sólo quedaba un objeto en la pista. «Señores y señoras –dijo la azafata– si esta valija no pertenece a nadie no será puesta en la bodega». Entonces un pasajero se precipitó y reconoció su equipaje. El avión pudo despegar.

En el viaje de la vida, ¿estamos seguros de llevar lo que necesitaremos al llegar al más allá? Quizás somos como ese pasajero distraído, seguros de que todo está en orden. Sin embargo, hemos sido llamados varias veces. ¿Hemos escuchado o estábamos demasiado ocupados con alguna preocupación? ¿No nos hemos dado cuenta de que otras personas hicieron caso para ponerse en regla con Dios? ¿Permaneceremos indiferentes a la voz que nos llama, corriendo el riesgo de llegar al destino, en la presencia de Dios, sin equipaje y sin vestidura? Dios sólo aceptará a aquellos que se presenten ante él revestidos con “vestiduras de salvación”, es decir, el perdón de Dios, y con el “manto de justicia”, el que Jesucristo nos adquirió en la cruz. ¿Seguiremos nuestro camino sin estar seguros de que poseemos esta justicia y este perdón? No, es necesario acudir a Jesús y decirle: –Esta salvación es para mí, yo lo creo. Sólo entonces podremos proseguir el viaje de la vida con serenidad.

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