Por estos días en Colombia está el cotarro alborotado, con la imposición de la aplicación de las normas internacionales de contabilidad, reina en los pequeños sectores y en los colegas contadores una gran confusión e incertidumbre.

La confusión radica, primero en que se hizo una división en tres grupos, para aplicar normas completas, ajustadas y simplificadas, tratando cada uno en ubicarse donde le corresponde.

En segundo lugar el temor a lo desconocido, con el agravante que han surgido múltiples criterios sobre lo que son y sus impactos, en pocas palabras, los apóstoles de mostrar siempre la dificultad de lo que realmente no lo es.

Para nadie es un secreto que existe un marco teórico, en gran parte distinto a lo que venimos aplicando hasta el momento, por lo que debemos estudiar con cuidado y esmero su inserción   a nuestro quehacer profesional.

La primera idea que concibo con las normas internacionales, es entrar en un lenguaje universal para todos los profesionales del mundo, y por supuesto para todos los entes económicos organizados.

Su desarrollo me da la sensación de un trabajo mancomunado y muy serio de un grupo de profesionales y de agremiaciones, por acercarse cada día más a la realidad económica universal.

Para Colombia es una necesidad latente, no sólo para ser congruentes con los pasos dados en la internacionalización de la economía, con los tratados de libre comercio, sino para elevar la jerarquía de la información contable, subyugada por los conceptos tributarios.

De otra parte la valoración del sistema matemático de información, proporcionado por la contabilidad, será un hecho, dejando de ser una simple recopilación de datos en una aplicación electrónica, por todo aquél que mecánicamente identifique el débito y el crédito.

Conceptos tan mecánicos como la aplicación de la depreciación, siempre por el método más fácil, como la depreciación en línea recta, en gran medida por el desconocimiento de otros métodos de reconocido valor técnico, por parte de la entidad fiscal, la administración de impuestos y aduanas nacionales dian.

Es muy posible entonces que entremos en la onda del valor de uso, al menos para darle continuidad a la depreciación, mientras el activo siga siendo generador de renta.

Ahora bien, para seguir en el tema de la confusión y la incertidumbre, la idea de creer que cada sector va a tener unas normas específicas, en mi opinión se sale de contexto.

El marco es uno solo y cada cual utiliza lo que tenga que aplicar, porque en esencia son políticas universales a seguir, de acuerdo a su estructura económica y financiera sin distingo de objeto social.

La incertidumbre reina también en la transición entre lo de ayer con las normas internacionales, en gran medida por que muchos elementos de la estructura, propiedad planta y equipo por ejemplo, su valor razonable está fuera de la factura de compra, con nula posibilidad de un valor de mercado.

La incertidumbre se hace latente en el ramo profesional, en el sentido que hay un amplio mercado en pequeñas unidades económicas, con la zozobra de la existencia legal de la exigencia de estar certificados para poder ejercer.

Lo cierto del caso es que las normas internacionales están aquí, dándonos la oportunidad de darle valor agregado a nuestra profesión, tanto desde la reacción, como desde la acción de ser investigativos.

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