trabajadores realizando su tarea en oficinas

 

Muy contenta traspasaba Ofelia la puerta de su oficina, pero la mirada del ingeniero la detuvo en seco. Al girar el rostro los cuatro ojos de un color claro e indefinido se enfrentaron y ambos cambiaron la vista enseguida. Él se retiró seguido por el atisbo de Ofelia hasta el final del pasillo; ella presintió lo que ocurriría esa noche.

  Quizás por eso sufrió, o mejor, sintió menos impacto cuando sintió que tomaban con fuerza por sus hombros; intentó oponerse, pero le ocurría algo peculiar, no podía.

  Además, su feminidad no fue obligada, sus ropas no fueron rasgadas, tampoco desprendidas con fuerza.

— ¿Qué te pasó? ¿Y esa demora? la madre no cesaba con las preguntas, sabía las respuestas, pero quería escuchar a su hija decirlo.

  La joven fue hasta su cuarto en silencio.

  Toda la noche pensó qué hacer al día siguiente. ¿Ir a trabajar? ¿Hacer la denuncia?

  Había sido el ingeniero nuevo, estaba segura, pero al mismo tiempo no comprendía qué necesidad tenía él de aquello, ¿y sí le preguntara por qué la «violó»? Pero él no llegó en todo el día.

  La semana transcurrió normalmente, excepto para tres personas.

  Ofelia, que trató todo el tiempo de encontrarlo, al mismo tiempo que eludía a la madre; cada vez más convencida, por la actitud de la hija, de que había ocurrido algo y de lo que iba a hacer. Y el ingeniero, que sentía paulatinamente debilitarse su organismo al extremo de no poder asistir al trabajo.

—No soporto que me escondas más la verdad —esa frase la escuchó Ofelia apenas entró a su casa esa tarde.

—Qué dices mami.

  En ese instante la figura del ingeniero cubrió el vano de la puerta.

—Enseguida supe que eras tú —se notaba cansada su voz y, a pesar del asombro, Ofelia se percató de las libras perdidas por esa persona que unas noches atrás la había poseído de una manera muy rara.

—Entra —la voz de la madre fue tajante; Ofelia aumentaba su desconcierto en la misma medida que sentía influir sobre ella algo muy parecido a lo percibido aquella noche.

  El ingeniero casi no respiraba.

— ¿No has tenido noticias? —su voz continuaba debilitándose.

— ¡Todavía preguntas algo! ¡Cómo pudiste hacerlo!

— ¿Ustedes se conocen? —Ofelia; en ascuas.

— ¿Nos vamos? —pregunta prácticamente adivinada la por el movimiento de sus labios

—De todas formas tú estás claro de lo que te va a pasar; pero por qué a tu hija —dicho esto la mujer miró a Ofelia.

  Un rayo de luz penetró en el local y abdujo el cuerpo ya sin vida del ingeniero. Ofelia, se desmayó de inmediato después de ver aquello y fue llevada por su madre hasta el cuarto.

  La mujer, la madre de Ofelia, estaba segura de que cuando llegara el cadáver a Solaria, comprendieran el porqué de la muerte; juzgaran al finado padre de Ofelia y a ella misma; entonces aprobarían su decisión de matarlo aquella noche.

 

—Vamos Ofelia, llegas tarde al trabajo —comenzaba otro día.

  Ella era la única entre las muchachas que, a pesar de sus esfuerzos, no lograba recordar al joven y apuesto ingeniero que un día, sin motivos, dejó de ir a la fábrica.

  Por su parte, la madre de Ofelia, pensaba en su casa: «nos enviaron a este planeta como castigo espiritual, los desvaríos sexuales de mi esposo crecían sin parar. ¡Pero Ofelia; no…!

Después de la acción determinada por la madre

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