Noche de Luna Llena

Recuerdo aún cuarenta y tantos largos años después, el veloz y atropellado carrerón que emprendimos todos estos bárbaros calle abajo, entre angustiados y satisfechos, a la media noche como colofón de un holgazán y agitado día, sin desprendernos eso si de nuestro valioso objeto de diversión, un esqueleto completo que cargábamos a manera de estandarte de legión romana, traído quien sabe de dónde por Roy, el hijo del Mister, respetable elemento dueño de una reputación maléfica ampliamente comprobada y reconocida.

Al correr íbamos dejando atrás los desgarradores alaridos compulsivos y el patético ataque de histeria que sufrió el adusto dueño de la prestigiosa funeraria, quien minutos antes contaba y recontaba plácidamente en su lujoso despacho como era su nocturna costumbre las asombrosas y descomunales ganancias y utilidades de este milenario negocio manejado generalmente por devotos comerciantes, cuando no, por unos cuantos clérigos eso sí, gente muy fervorosa, piadosa y mística; y ahora desencajado por la traumática experiencia en convulsiones incontrolables se contorsionaba presa de un pánico epiléptico en los predios del parque aledaño a donde en su desconexión repentina había ido a parar alocadamente.

Pavor originado por la anormal escena que fraguamos premeditadamente, conformada esta por una surrealista sorpresiva y gélida imagen de un esqueleto vestido con gabardina y su calavera con sombrero terciado y cigarrillo al mejor estilo de Humphrey Bogart, enmarcada en el negro fondo nocturno, proyectada por una tenue luz, y recostada cuidadosamente desde afuera en la ventana del primer piso que daba a la calle de la sombría oficina de la funeraria. Llamando la atención del sepulturero, al romper el silencio de media noche, con dos o tres sutiles y suaves golpecitos dados en el cristal, por el oculto asistente de Roy, imagen que al verla de sopetón como la vio aquel desdichado, paralizaría de inmediato y para siempre el corazón, la sangre, las arterias y hasta el alma del más experimentado, intrépido y valiente piloto militar de combate y este terrorífico sobrecogimiento fue justamente fue lo que experimento esa fatídica noche el sagaz y especulativo empresario de la funeraria.

Dicen que después de esta fantasmal aparición, aquél infeliz un tanto repuesto de haber sentido tan cerca el corrosivo aliento nauseabundo y azufrado de la parca, en un acto de revelación mística por la impresión sufrida, desprendiéndose de su reconocida avaricia, legó su incalculable fortuna bajo inventario notarial a una fanática, militante y revolucionaria célula comunista, aquellas de permanente y estridente megáfono sindicalista, nocturna y subversiva distribución panfletaria. Insistió luego en ingresar en una piadosa, orden misionera, patronato o congregación religiosa paulina y pastoral, pero su admisión le fue rotundamente rechazada y sistemáticamente negada varias veces su entrada, por haber cometido la inaudita y demente ligereza, a ojos de las compasivas y bondadosas comunidades moralistas, de entregar su valiosa e inmejorable donación, no la falsa del Emperador benefactor (espurio e histórico documento, de tan invaluables beneficios y dividendos que de el obtuviera la benemérita institución). Si no está, la monetaria y real del sepulturero, a semejante clase de destinatarios, camaradas del anarquista proletariado.

Fue cuando aquel espectro errante en su confusión y aturdimiento emprendió el penoso camino expedicionario al magnífico y reconocido monasterio y templo Tibetano de los penitentes monjes ascéticos y gimnosofistas que desnudos se entregan a la mística contemplación. Adentrándose profundamente en la región boscosa del cinturón de Rajastan, llegando finalmente después de mucho deambular a cohabitar una modesta y húmeda cueva de hostiles batracios. Pasando el resto de sus alteradas noches de insomnio dedicadas a tallar ataúdes en miniatura para calmar su ansiedad.

De lo que nunca se recuperó fue de los desconcertantes vértigos, síncopes y visiones repentinas, como diligente y habitual chaman iniciado en el consumo de hongos psicoactivos, infaltable alucinógeno ritual de sagradas ceremonias. Porque los tics nerviosos y compulsivos con dificultad los llegó a superar sólo al dormir esporádicamente.

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