No soy ecologista

Últimamente se ha extendido mucho la opinión de que la Naturaleza, donde se incluyen todos los seres bióticos y abióticos (ríos, plantas, montañas y el resto de los animales no humanos), tienen derechos (intrínsecos), bien por el hecho de poseer algún tipo de vida o bien porque su buena salud es imprescindible para la calidad de vida del resto. Este naturalismo, hoy de moda en Occidente, pero que ya vienen practicando muchas religiones orientales desde muy atrás, como el budismo, el taoísmo, y otras filosofías, parece casar muy bien con la idea de globalización de nuestros mercados y que, del mismo modo que esta ideología cuasi-mística, trasciende la circunscripción de los Estados europeos y americanos.

Pero el hecho de tener derechos, y deberes, es una cuestión institucional, no natural ni moral. Y sólo las personas tienen derechos y deberes porque sus acciones están reguladas bajo el mandato de la ley que los gobiernos se encargan, a través de sus aparatos institucionales, hacer cumplir y mejorar con la participación de los distintos sectores de la sociedad. Por tanto, “persona” es una institución histórica específica que, de un Estado a otro puede variar e incluso dejar de serlo, porque sus leyes, si se diera el caso, puede no contemplar las mismas condiciones. ¿Quién en su sano juicio le reclamaría a un miembro de cualquier tribu del Amazona que le tratase como persona? Ni siquiera los hombres (o mujeres) tienen derechos. No existe la “Persona australopiteco” ni la “Persona de Neanderthal”, pero sí hablamos del “Hombre de Neanderthal”. ¿Y, tenía éste derechos?

Un amigo naturalista me decía que quién nos da a nosotros el derecho de “tratar así” a los animales. Le contesté que nosotros mismos, que no hacía falta que nadie nos lo diera; que somos nosotros los que dominamos al resto de los animales no humanos (linneanos) y no al contrario; y que, por cierto, no siempre ha sido así; y, por último, le dije que el hombre no era mejor ni peor por naturaleza que los demás animales, como a él le gusta decir. Los animales no tienen derechos, entre otras cosas porque no pueden exigirlos. No obstante, esto no significa que no estipulemos a título de obligación un buen trato hacia ellos, pero no de derechos.

Los “verdes” hablan de derecho de los animales, de derecho de cualquier tipo de vida en nuestro planeta bajo el argumento, como primer principio ecológico, defendido por Barry Commoner, de que todo está relacionado con todo. Los naturalistas no sólo se atreven a saltar por encima de las cuestiones jurídicas, sino que se atreven con toda una propuesta filosófica, una ecosofía o sabiduría donde partiendo de una igualdad de ficción, desatiende las leyes básicas de la Lógica. Sirva esto contra Jesús Mosterín que piensa que en las argumentaciones depende exclusivamente de su forma, no de su contenido. Pero el caso es que, si éstos no se establecen, resulta imposible saber de qué estamos hablando. A. Naess propuso lo que él mismo llamó Deep Ecology (Ecología profunda) queriendo promover así una nueva sensibilidad, un nuevo principio de simpatía, una nueva ética, vegana y vegetariana, donde se dejara estar o “estar a su aire” a todos los seres vivos y no vivos del planeta.

Ahora bien, si todas estas propuestas son dudosas jurídica, ética, filosóficamente y políticamente, de qué se trata. ¿Qué es en realidad la Ecología y el Derecho a los animales? Pues una religión. Una nueva forma de piedad que algunos reclaman para los demás seres vivos. Cuando se habla de una nueva sensibilidad, de alcanzar un nuevo estado de equilibrio global, de compasión hacia los animales linneanos, estamos hablando de una nueva religión. Una religión vegetariana y vegana defendida por los naturalistas ecologistas occidentales. Que, por cierto, a partir del Concilio Vaticano II, la Iglesia Católica se apunta a su modo con este movimiento, viendo un filón para proponer a Dios como valor desde cual pueda decidirse la relación entre el Hombre y la Naturaleza.

Recuerdo de niño la película “El Planeta de los Simios” donde el ser humano había dejado de ser persona porque una especie superior había sido capaz de dominarle. Esto sólo es una película, pero para todos aquellos que creen en los extrarrestres (animales no linneanos) existe el temor actual de que unos seres venidos de otro planeta, dotado con una tecnología superior, aparezca y que, como antaño, cuando teníamos que protegernos contra las fieras, tengamos de nuevo que ingeniárnosla para sobrevivir ante ellos. Por cierto, la proposición para extender a los simios (gorilas, chimpancés, orangutanes y bonobos) los derechos humanos fue llevada y admitida en sede parlamentaria en España por el Grupo Socialista el 24 de abril de 2006.

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