La izquierda española está herida: se desangra irremediablemente, retorciéndose de dolor. Un gobierno socialista, vencido por los acontecimientos y forzado por presiones externas, impulsa medidas sociales que recortan derechos y logros de los más desfavorecidos, que atacan sin misericordia al débil y al fiscalizado, ahogándole con dureza. Las ideas que forman la base del sentimiento socialista desde hace siglo y medio aparecen destruidas, fulminadas por decreto por personas que deberían morir antes de permitir que ocurriera este genocidio social. Pues no es más que eso; la eliminación y condena de un colectivo, los funcionarios, señalado por el cobarde dedo acusador del dirigente político como el responsable del desaguisado económico. Personas que trabajan al servicio del ciudadano y que son piezas básicas en el engranaje del Estado. En un intento desesperado de justificar los errores y la incompetencia propia, se lanza a los pies de los caballos a familias, en su mayoría condenadas a la miseria por salarios de mil euros, que nada tienen que ver con los absurdos procederes de los que gobiernan. Junto a ellos, jubilados y dependientes, otro grupo avasallado y humillado que añade a la inherente indefensión la poca fuerza que les queda para luchar.

Surgen voces que dicen proceder del lado del trabajador en defensa de la actuación del gobierno; gente que teme por la caída de Zapatero, asimilando la misma con la derrota de la izquierda. En mi opinión, nada más lejos de la verdad: el presidente encarna la prostitución y el abandono de las luchas de clases, la pérdida total del control de las estructuras, el sometimiento a un sistema opresor. Guiado más por soberbia que por mala fe es, a día de hoy, el principal obstáculo en el camino de la recuperación. Su desaparición sería, en consecuencia, lo mejor que podría ocurrir en beneficio de los trabajadores. En la izquierda sobran aquellos que ni pueden, ni saben y ni quieren ya pelear.

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