UN NIÑO QUE SE VA, es la historia de un pequeño que nació en Ibagué en 1958.

Hijo de Doralice Mora, una mujer sencilla, hija de don Carlos y doña Rosa quienes atendían un puesto de verduras en la plaza de mercado de la ciudad, don Carlos sería el primer hombre que implantaría los taxis en Ibagué, junto con el hoy dueño de Velotax, una prestigiosa empresa de transporte y mensajería.

Doralice a los catorce años se presentó para el cargo de secretaria, de quién manejaba el fondo de los empleados oficiales del Tolima, un hombre mayor de 56 años, culto, escritor del diario el Siglo en el gobierno de Laureano Gómez, senador de la república, fundador de la Universidad del Tolima, profesor y conocedor detallado de la historia de Colombia, lector y amante de la ópera; a los tres meses de conocerse se casarían en Ecuador, ya que don Lucio Huertas Rengifo se había casado años antes por ceremonia católica con la hija de la muy prestigiosa familia Zarate; en la época la única posibilidad para poderse volver a casar era fuera del país, sin contar por ello con la aprobación de la rigurosa sociedad de la época; por lo que Doralice durante muchos años fue considerada no la esposa de don Lucio Huertas Rengifo, sino una pública practicante del pecado de amancebamiento.

Doralice y don Lucio al poco tiempo tuvieron a su primer hijo; Lucio lo llamaron, pero todos le decían Lucito, se convirtió en los ojos de este papá, quien lo amó como su mayor tesoro, y orgullo.  Este niño quería estar pegado a su papá, sentía profunda desolación cuando él no estaba, con una memoria brillante registraba cada una de las palabras de su papá, disfrutaba de sus relatos y cuentos, de las reuniones de los políticos de la ciudad, de las celebraciones con la música de Emeterio y Felipe, los tolimenses; prefería sobre cualquier cosa meterse debajo del escritorio del estudio de su PAPA, cubrirlo con una cobija y armar bandos de guerra y largas batallas, que más adelante, en sus años adultos, viviría ya no como un juego, sino como su estrategía de sobrevivencia frente a un mundo que le resultó hostil.

A pesar de los cuidados maternales de su papá, él no logró el anhelante llamado de su HIJO: rescatarlo de los castigos de su mamá, muchas veces le rogaba que se fueron solos los dos, a vivir juntos; muchas veces en la madrugada el papá se interponía entre Lucito y los golpes de su mamá, intentando un tímido lance por resguardarlo. 

Su MAMA lo crío como a ella la educaron, a punta de rejo y descalificación, lo primero para domesticar el cuerpo y lo segundo el orgullo; para el caso de este NIÑO, ni lo primero ni lo segundo lograrían el efecto esperado, sino más bien lo contrario, funcionó como una suerte de antídoto frente a la normalidad y el perdón; tomaría la forma de esa rebeldía inocente que acaba con todo, como una manera de protestar por no saberse amado, pero destruyéndose a sí mismo en el acto mismo de su protesta.

En 1961, cuando este niño tenía tres años, estando bajo el cuidado de la empleada de la casa, en un descuido de ella, el niño salió a la calle, y se fue.

Sin preguntar, sin pedir permiso, sin medir ningún peligro, empezó a caminar por las calles de Ibagué, que siempre ha parecido más un pueblo que una ciudad. Encantado tal vez por las calles, el aire, la libertad, caminó y caminó. Al volver a casa su papá, sintió que el mundo se le acabó cuando descubrió que su tesoro había escapado a las calles, sin el entendimiento insondable y necesario para vivir: la conciencia de los otros.

Al ser don Lucio Huertas Rengifo, un hombre reconocido en la ciudad, se inició un operativo de búsqueda, como si se buscara el aire para que su patriarca viviera. Patrullas andaban por Ibagué, con el sonido en las alarmas del corazón de un papá que moría.

Finalmente algunas horas después, una patrulla encontró al niño en la vidriera de Ibagué, el dueño lo había recibido como esperándolo, dijo que lo encontró caminando solo y lo resguardó. El niño estaba allí plácido, sin llantos por sentirse perdido, sano y salvo, comiendo una papa salada que le dió su anfitrión y consintiendo la cabeza del vidriero.

Desde este momento ni el niño, ni su papá, serían los mismos. Su papá supo como en un palpito del corazón que esta caminata significaría algo más en la vida de su amado hijo. ¿Qué buscaba el niño al irse de su casa?, ¿a qué se atribuye su tranquilidad? en medio de carros, personas extrañas, ruidos, sin saber cómo volver. En medio de todo lo que eso puede significar para un niño , él simplemente caminó.

Cómo un mensaje de lo divino fue cuidado, fue recibido, tal vez no por un vidiriero, sino por un ángel que lo alimentó, lo acogió, y tal vez, le entregó algún mensaje que traía del cielo para su vida.

Años después, el NIÑO repetiría este episodio de maneras infantiles al comienzo, y luego de maneras dolorosas. Con una profunda necesidad de irse de lo seguro de su hogar al peligro del afuera.

Escudriñaría no siempre las bondades humanas, aguantaría hambre, frío, soledad, reproches ya no de su MAMA, sino de la voz encarnada de ella en él, recibiría rejo ya no de corrección sino de la maldad y oscuridad, batallaría con perros por una bolsa de comida, mendigaría por algún billete a quienes eran los antiguos ilustres invitados de su casa, caminaría y caminaría calles siendo ya casi un abogado de la universidad del Rosario, caminaría y hablaría con sus recuerdos habiendo sido ya piloto de aviación, caminaría y caminaría las calles de Ibagué que cuando se le agotaron, no se sabe si las calles o la deshonra que él creía traía a su papá, se iría a andar las de Bogotá y Medellín, explorando ya el anonimato y la soledad total.

Finalmente se fué de su hogar de esta manera, protestando y destruyéndose mientras lo hacía, como lidiando una batalla que le costaba su nombre, lo que tal vez, en silencio entendió con aquello que lo impulsó a irse a los tres años; finalmente se fué de su casa, lo que al final él siente, haría sucumbir el corazón de su papá, al saberlo en la incertidumbre de la calle, del rencor y de la vida, lo haría sucumbir en cuatro infartos cardiacos, a los noventa y dos años.

Aunque Lucito se fué, estuvo para la hora de la partida de su papá; fue el único que estuvo allí, abrazándolo,intentando ayudarle a sobrellevar cada infarto mientras llegaba una ambulancia, pero también llorando a su papá mientras moría; sintiendo más que nunca las imposibilidades que le fueron dadas para lograr su sueño de ser normal, añorando haberse ido con su papá de la casa cuando era niño, o haber muerto con él ahora.

Este niño, creció como el guerrero que se forjó debajo del escritorio de su papá, y alimentado con el rencor que no supera aún, frente al rejo y descalificación de su mamá. Este niño creció pero tiene aún el corazón de ese niño que se fue, sueña aún con ser normal como todos los demás lo son, dice; sigue buscando algo que perdió en su hogar y que creyó que lo debía buscar afuera, caminando, guerriando. Este dulce niño, que crecería con el corazón intacto por el miedo y el rencor, pero también por una dulce nobleza y una profunda necesidad de amar, años después, sería mi esposo.

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