Hace algunos años atrás, un niño llamado Julián subía al cerro de Potosí. A veces de paseo, llevando sus animales al pasto, a realizar un hermoso cuadro artístico y llevar un recuerdo lindo a la casa o a revisar las papas de su chacra si se estaban desarrollando bien, sin sufrir los perjuicios de los animales silvestres de aquellas alturas.


Fue en uno de esos viajes, que al encontrar una madera fresca cortada desde hace poco, parecida a un tenedor, pero más semejante a una cruz. La cargó hasta la cima. Donde la plantó, en un lugar húmedo.

Ya habían pasado varios días, pero Julián veía que la madera seguía húmeda. Fue en eso que pensó que no se trataba de una madera cualquiera, sino de algo especial o quizá sagrado.

La tradición dice que la madera donde que murió Jesús, el hijo de Dios, no se secó. Creció hasta que en la Segunda Guerra Mundial, una bomba atómica cayó cerca y la tumbó. De allí se distribuyeron las astillas  por todo el mundo para que los clérigos la tengan como reliquia integrándolos en sus crucifijos.

Aquella cruz de la madera del sauce, después de un lapso, empezó a retoñar y crecer. Y se hizo un árbol grande. Cuando Julián se fue a Lima terminando sus estudios secundarios, a seguir sus estudios  superiores. El sauce se secó por nostalgia. Nadie más se acordó de visitarlo. Un rayo le cayó cuando ya estaba seco y se quemó.

 

Su destino fue como de las personas cuando fallecen. Una parte se fue por el aire alejándose  poco a poco hasta desaparecerse como los recuerdos que el tiempo lo borra, luego  se olvidan y como el espíritu de los humanos que van al cielo. Y la otra quedó hecha ceniza que se descompone y se vuelve  tierra, como los cuerpos corruptibles de la gente.

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