Neurosis obsesiva:

Generalidades:

En francés, la palabra “obsesión” perteneció originalmente al discurso religioso sobre la posesión. Etimológicamente proviene del latín “obsideo”, que significa “ocupar un lugar” y apareció en la psiquiatría francesa, a principios del siglo XIX, para designar una idea o imagen que se impone a la mente de manera incoercible e inexpugnable.

La neurosis obsesiva fue aislada como una clase de neurosis de transferencia por Freud, quien reunió en esta afección psiconeurótica síntomas (ideas, sentimientos, conductas compulsivas, etc.) descriptos y agrupados con diferentes nombres desde hacía mucho tiempo (“degeneración” de Magnan, “constitución emotiva” de Dypré, “neurastenia” de Beard, “locura de la duda” de Falret, “delirio del tocar” de Legrand du Saulle, “psicastenia” de Janet, etc.).

Hoy  en  día  es una  entidad  nosográfica  universalmente  admitida,  y  constituye uno de los grandes cuadros de la psicopatología y clínica psicoanalíticas.

La neurosis obsesiva se define por el carácter forzado (compulsivo) de ideas, sentimientos y conductas que se le imponen al sujeto, quien viéndose sometido a obligaciones que le impiden ser él mismo, lucha contra ellas con plena conciencia de enfermedad, ya que los fenómenos obsesivos, a pesar de su incoercibilidad y de ser juzgados como absurdos, son siempre reconocidos como propios.

Algunas impulsiones e ideas obsesivas, tal como su persistencia lo revela, son derivados de tendencias rechazadas (por ejemplo, pensamientos obsesivos sobre actos incestuosos u homicidas). Otras dejan en claro su origen superyoico manifestándose como órdenes (por ejemplo: “lávate” como defensa ante pensamientos “sucios”) o amenazas (del tipo: “Si haces esto o si no haces lo otro pasará tal cosa”). Además de síntomas que expresan mociones pulsionales y de otros que representan defensas contra ellos, un tercer grupo representa a ambas tendencias opuestas sucesiva o simultáneamente (las dudas, los síntomas en dos fases, etc.).

Para Fenichel el conflicto básico de la neurosis obsesiva está relacionado, como en toda neurosis, con el complejo de Edipo, siendo lo patognomónico de esta patología una regresión desde la fase fálica a la sádico-anal, determinada por una combinación de tres factores:

  1. Fijación en la fase anal de organización de la libido (por intensificación constitucional de la erogeneidad anal, por gratificaciones o frustraciones desusadas y traumáticas o por satisfacciones pulsionales unidas a gratificaciones en cuanto a sentimientos de seguridad).
  2. Posición fálica debilitada (por fijación pregenital y por amenaza de castración).
  3. Estructuración de un yo que se caracteriza por desarrollar tempranamente sus funciones críticas e intelectuales y por defenderse precozmente del embate pulsional, aunque con métodos inmaduros.

El obsesivo regresa a la fase sádico-anal en un intento por rechazar su complejo de Edipo, pero la defensa, que primero se había dirigido contra lo fálico-genital, continúa luego contra lo anal, también intolerable.

Como efecto de esta regresión, que para Freud constituye la piedra angular de la estructuración de esta psiconeurosis, emerge con fuerza el erotismo anal produciendo un cambio tanto en los objetivos sexuales como en el comportamiento y acrecentando el sadismo, que se combina ahora con la hostilidad edípica.

A pesar de este desplazamiento del interés, no se consigue evitar el temor a la castración, que reaparece ahora como temor a la castración anal, unida a la angustia pregenital relacionada con la de pérdida de las heces.

 Mecanismos de defensa

Más allá de los mecanismos de defensa que detallaremos a continuación, la neurosis obsesiva misma puede ser concebida como una estructuración defensiva. En general se la considera una defensa regresiva ante el complejo de Edipo, pero algunos autores la han pensado como defensa progresiva ante la psicosis.

Lo impenetrable de la organización defensiva en el obsesivo, llevó a Lacan compararla con las fortificaciones en estrella o en zigzag de los castillos medievales, destinadas a cubrir todos los flancos posibles en las líneas de fuego.

Según  Henry Ey el obsesivo se sitia a sí mismo con sus propias defensas.

  • Represión: a pesar de no ser el más típico, este mecanismo de defensa, básico de la neurosis, es también importante en su modalidad obsesiva, en la cual la hiperpotencia pulsional característica requiere una fuerza de contrainvestidura equivalente que se le oponga para proteger al sistema preconciente del asedio de las representaciones reprimidas. Presenta en ella una modalidad específica, produciéndose no por amnesia (como en la histeria), sino “por desgarramiento de los nexos causales, a consecuencia de la sustitución del afecto”. Según Freud, en los casos de neurosis obsesiva la represión utiliza un mecanismo diferente, por el cual el suceso traumático no es olvidado, sino que es despojado de su carga de afecto, de manera tal que puede aparecer en la conciencia, pero como un contenido ideológico indiferente, juzgado insignificante. De todas maneras, el resultado es casi el mismo que el de la represión lacunar de la histeria, pues el contenido mnémico indiferente, sólo muy raras veces es reproducido y no desempeña papel alguno en la actividad mental consciente de la persona. Por eso podría hablarse, en esta neurosis, de dos tipos de conocimiento: el sujeto conoce sus traumas pero ignora su significación. Lo cual explica que los procesos inconcientes de los obsesivos lleguen en ocasiones a hacerse concientes sin deformación alguna (por ejemplo el impulso de matar). De todas maneras, según Fenichel, hay que considerar que muchas veces, las obsesiones y compulsiones, son sometidas a un proceso de represión secundaria (por estar infiltradas por mociones pulsionales rechazadas), que dificulta su inteligencia al tornarlas vagas y oscurecer y falsificar su contenido original.
  • Desmentida: mecanismo de defensa que no es exclusivo de la neurosis obsesiva pero que aparece en ella, puesto al servicio del intento de mantener la fantasía de la madre fálica renegando de la diferencia sexual y de la castración, y que produce como resultado el establecimiento de una escisión a partir de la cual se constituyen dos corrientes psíquicas.
  • Desplazamiento: en la neurosis obsesiva es característico el desplazamiento sobre un pequeño detalle. Cosas pequeñas y aparentemente insignificantes sustituyen, en los productos obsesivos, a cosas importantes.

 Los mecanismos de defensa que se exponen a continuación son los considerados más típicos de la neurosis obsesiva (regresión, elipsis, formación reactiva, anulación, aislamiento, intelectualización y racionalización).

Según Fenichel la formación reactiva, la anulación y el aislamiento dependen  de la regresión patognomónica de la mencionada patología, ya que se aplican de preferencia, a las pulsiones pregenitales.

Para Freud, la anulación y el aislamiento serían subrogados de la represión y prueba de su  fracaso en el dominio de la idea obsesiva sádica, ante el cual el yo pone su actividad motriz al servicio de la defensa.

 Regresión: en sentido temporal, la regresión designa el retorno defensivo del sujeto a etapas superadas de su desarrollo psicosexual (fases de organización libidinal, relaciones de objeto, evolución del yo. identificaciones, etc.). El concepto de regresión es paralelo al de fijación (que marca el lugar a donde remitirá la regresión) y podría considerarse como el poner de nuevo en funcionamiento lo que fue inscripto en etapas anteriores.  En la neurosis obsesiva, motivada por el intento de rechazar la conflictiva enlazada a la situación edípica, se produce una regresión desde la fase fálica a la fase sádico-anal que obliga al neurótico a continuar su lucha defensiva en un nuevo terreno. Previa fijación erógena en la fase sádico anal secundaria como una de las condiciones necesarias (las otras dos estarían dadas por la fuerza pulsional y la anticipación del desarrollo yoico), el neurótico obsesivo, ante las demandas superiores a sus fuerzas que le impone la fase fálica (enfrentamiento a los complejos de Edipo y de castración), regresiona defensivamente hasta la mencionada etapa del desarrollo libidinal. Como resultado de la regresión, los deseos edípicos se transforman en impulsos hostiles que pueden ser dirigidos a los objetos, tanto de la realidad como de la fantasía, o vueltos contra el yo (masoquismo), predominando según el cuadro, la agresividad o el sometimiento El retorno hacia el punto de fijación anal implica volver al predominio de pulsiones y defensas específicas, a modos de vinculaciones con el objeto peculiares y a un funcionamiento mental característicos de esa etapa. Sobre todo hay que tener en cuenta que la regresión  arrastra no sólo a la libido (al ello), sino también al yo y al superyó. El yo vuelve a su antecedente de la etapa anal, apareciendo en consecuencia pasividad ante la pulsión y ante el superyó. Y el superyó deviene particularmente cruel y culpógeno. La regresión influye también sobre la pulsión de saber, y en vez de una sublimación se instala una sexualización del pensar (reactivación de las teorías sexuales infantiles y del complejo fraterno) y una tendencia  compulsiva a cavilar. Una de las consecuencias de la regresión es la transformación por la cual los deseos incestuosos pueden manifestarse teñidos de agresividad defensiva (por ejemplo el paciente habla de “matar” a una mujer, cuando su idea, en realidad, es tener relaciones sexuales con ella, o habla de “acuchillar” aludiendo simbólicamente a “penetrar”). La regresión es una defensa mucho más drástica que la represión, pues determina la disociación pulsional que la progresión de la libido hacia la genitalidad tendió a unificar (la fase anal está marcada por la ambivalencia y por el sadismo, porque no se ha operado en ella una adecuada mezcla entre las pulsiones libidinales y tanáticas).

  • Elipsis: medio defensivo típico de la neurosis obsesiva. Es una técnica deformante simple por la cual, en un texto, se sustrae un eslabón intermedio, utilizándose tal omisión para evitar que aquel sea comprendido. Por ejemplo, en el caso de Freud “El Hombre de las Ratas” la siguiente advertencia: “Si me caso con la mujer a la que amo, le sucederá a mi padre una desgracia” se nos muestra como un producto de la elaboración elíptica aparentemente absurdo, pero si interpolamos los elementos intermedios omitidos, obtendremos lo siguiente: “Si mi padre viviera, mi propósito de casarme con esa mujer le haría encolerizarse tanto como en aquella escena infantil, de manera que también yo me enfurecería de nuevo contra él y le desearía terribles males que la omnipotencia de mis deseos haría caer irremediablemente sobre él”. Otro ejemplo tomado del mismo caso es: “Si te permites un coito, a Ella (su sobrinita) le sucederá una desgracia (morirá)”. Al introducir lo omitido queda: “Cada relación sexual te recordará la esterilidad de tu mujer y la envidia que sentirás  por la hija de tu hermana la matará”.
  • Formación reactiva: es un mecanismo de defensa importante dentro del cuadro
    clínico de la neurosis obsesiva y especialmente manifiesto en el carácter anal. Tanto por su significación como desde el punto de vista económico-dinámico, este mecanismo se halla directamente en oposición con la realización del deseo y podría definirse como una utilización por el yo de la oposición inherente a la ambivalencia. Se constituye como una contracatexis permanente de un elemento consciente, que toma su fuerza de la pulsión misma, contra una catexis inconsciente de igual intensidad y dirección opuesta (deseo reprimido). Al luchar con formaciones reactivas contra mociones pulsionales rechazadas (tendencias anales), se las substituye por actitudes directamente contrarias a ellas (hipermoralidad, escrupulosidad, pudor, desconfianza de sí mismo, etc.). Se producen así alteraciones del yo o rasgos permanentes de carácter que quedan profundamente arraigadas en la personalidad de todo neurótico obsesivo, ya que las actitudes surgidas de formaciones reactivas, a diferencia de las que surgen de defensas por transformación en lo contrario, presentan la peculiaridad de generalizarse tras desaparecer lo singular de las representaciones y de las fantasías implicadas en el conflicto original (por ejemplo, un  individuo mostrará, compasión por los seres vivos en general, mientras que su agresividad inconsciente se dirige sólo a algunas personas determinadas). Estos rasgos le otorgan al obsesivo la satisfacción narcisista de ser “un buen chico” (derivada del amor del superyó al yo por la renuncia pulsional que implican). Sin embargo, ni siquiera las formaciones reactivas más consolidadas tienen un éxito definitivo. El conflicto ambivalente sigue en pie y el neurótico obsesivo tiene que luchar perpetuamente contra sus impulsos no aceptados, pero todavía efectivos, apelando para ello a actitudes de carácter cada vez más rígido, forzado y compulsivo. Las formaciones reactivas no producen síntomas (no hay desplazamiento, condensación ni formación sustitutiva) pero en ellas son frecuentes los fracasos accidentales en los cuales la pulsión rechazada irrumpe con brusquedad, y, muchas veces, ellas mismas conducen directamente a un resultado opuesto al  conscientemente buscado. Es que si bien en este mecanismo, la oposición a la pulsión contra la cual se defiende el sujeto (por ejemplo una actitud de extrema limpieza opuesta a la suciedad) aparece de un modo especialmente manifiesto, su retorno siempre puede apreciarse. Y aún en el propio ejercicio de la virtud reactiva vemos satisfacerse simultáneamente a la pulsión antagonista, que termina por infiltrar todo su sistema defensivo (por ejemplo, el ama de casa apasionada por la limpieza, finalmente centra su existencia en torno al polvo y a la suciedad). La constitución de formaciones reactivas patológicas (diferentes de los diques normales: vergüenza, asco y moral, que se edifican en la latencia por influencia de la educación y por condicionamiento orgánico, para frenar a la pulsión y del superyó, definido por Freud como una enérgica formación reactiva contra las primeras investiduras de objeto) se produce en diferentes momentos evolutivos y puede culminar en el establecimiento de un carácter anal estable. Emergen a consecuencia de traumas tempranos, como primeras defensas en el desarrollo de una neurosis obsesiva (generalmente en la etapa anal secundaria como defensa frente al sadismo en un contexto vinculado a la problemática de la pérdida de amor como situación de angustia dominante), o surgen luego, a posteriori del retorno de lo reprimido.
     
  • Anulación: mecanismo característico de la neurosis obsesiva consistente en una especie de magia negativa que apunta a deshacer una idea a través de un acto. Mediante un simbolismo motor se pretende hacer desaparecer un suceso como si no hubiese ocurrido. Se actúa sobre un acontecimiento mediador generado por un deseo hostil (no sobre un deseo como en el caso de la represión) y gracias a una igualación entre acción y pensamiento se anula mágicamente lo sucedido. En la anulación se busca la solución del conflicto temporalizándolo, transformando en una sucesión a la simultaneidad de sus términos. Lo patológico de la anulación retroactiva está dado por el hecho de que se dirige a la realidad misma del acto que intenta suprimir radicalmente, siendo su objetivo la imposible anulación del acontecimiento pasado, como si el tiempo no fuera irreversible. Este procedimiento, que puede encontrarse en numerosos ceremoniales y actos obsesivos, supone dos tiempos (Freud habla de síntomas “difásicos): a un acto le sucede otro que lo contradice o tiende a suprimirlo, a borrarlo, apuntando a convertirlo en “no sucedido”, cuando en realidad han ocurrido dos actos que representan el conflicto entre dos tendencias opuestas de similar intensidad (ambivalencia amor-odio). La anulación retroactiva se presenta bajo diversas modalidades: unas veces un comportamiento es anulado por otro directamente opuesto (por ejemplo, en “El Hombre de las ratas”, el paciente vuelve a colocar en un camino una piedra que, en un primer tiempo, había retirado para que el vehículo de su amiga no chocase con ella); otras veces, se repite el mismo acto, pero con significaciones conscientes o inconscientes opuestas; y, por último, puede ocurrir que el acto de anulación resulte contaminado por el que tiende a borrar y el sujeto se vea obligado a repetirlo. Por lo común el número de repeticiones necesarias aumenta hasta alcanzar un número favorito (que además puede tener un significado inconciente especial), generalmente par (garantía de que ni pulsión ni defensa prevalezcan), y, eventualmente, las repeticiones pueden ser reemplazadas por la acción de contar. (El contar compulsivo tiene diferente significados, además del ya visto en relación a la anulación, puede ser una medición del tiempo realizada con el objetivo de garantizar un aislamiento, puede ser una defensa contra la tentación de masturbarse o el deseo de matar y además sirve a los fines de controlar y poseer). Un ejemplo frecuente de anulación en la neurosis obsesiva es el lavar compulsivo que tiende a anular una acción de ensuciar previa. Si bien la anulación retroactiva es considerada en general como un mecanismo de defensa, sólo lo es en tanto que el yo encuentra en ella como aliado una pulsión que se opone a aquella de la cual intenta protegerse (conflicto interpulsional). En los actos obsesivos en dos tiempos, típicos de la neurosis obsesiva, se observa claramente que las motivaciones pulsionales intervienen en ambos, siendo frecuentemente el segundo, el que mejor se presta para poner de manifiesto el triunfo de la pulsión rechazada. El yo en conflicto con las pulsiones racionaliza (ver más adelante) secundariamente el conjunto de actos de que se  trata. En el ejemplo de la piedra del caso de “El hombre de las ratas”, interpretaríamos erróneamente la segunda parte del acto obsesivo, considerándola tan sólo como una rectificación crítica de la actividad patológica. El hecho de  haber sido llevado a cabo también bajo una coerción obsesiva delata que es por sí mismo una parte de aquella aunque condicionada por la  antítesis del motivo de su primera parte.  
  • Aislamiento: mecanismo de defensa característico de la neurosis obsesiva, que consiste en aislar, mediante una técnica motriz de contenido mágico, un pensamiento o un comportamiento de sus asociaciones, ya que su articulación con ellas podría traer consecuencias insoportables para el sujeto. Trabaja  en el sentido de la represión (repite y refuerza el estilo de este mecanismo tal como se presenta en la neurosis obsesiva, cuando ésta falla), destruyendo lazos para que no se produzcan conexiones asociativas significativas entre determinadas representaciones, vivencias, acontecimientos, etc. Pertenecen a este tipo de defensa las pausas durante las cuales nada debe producirse, ciertas fórmulas y rituales, y, de un modo general, todas las medidas que permiten establecer un hiato en la sucesión temporal o un distanciamiento en la ordenación espacial de cosas que representan esferas de pensamientos y/o de actos que deben ser mantenidos separados. Cuando el obsesivo aísla una impresión o una actividad, simbólicamente impide que los pensamientos relativos a ellas se vinculen con otros con los cuales estuvo originariamente unido. Este procedimiento remite al arcaico tabú del contacto (la prohibición de tocar el cuerpo del objeto se opone tanto a las metas agresivas como a las amorosas de la pulsión) cuyo dominio se extiende aquí desde lo físico al “entrar en contacto” de cualquier tipo, inclusive al del ámbito del pensamiento. La afinidad del aislamiento con el tabú de tocar se ve en las prescripciones que regulan en el obsesivo el modo en que los objetos (que representan genitales o suciedad) deben o no deben ser tocados (para que lo limpio no entre en comunicación con lo sucio) y también en los rituales del umbral destinados a contrarrestar el temor mágico de empezar actividades nuevas. El obsesivo se esfuerza, con propósitos defensivos, para logar la ruptura de relaciones y para ello tiende exageradamente a clasificar en categorías, llegando incluso a presentar una especie de caricaturización del pensamiento lógico. Con tal de mantener separadas cosas que representan tendencias inconcientes, el aislamiento fuerza a pensar en términos de “esto o lo otro”, rechazando la coexistencia. “al mismo tiempo que”. Por su propensión al aislamiento, el obsesivo puede tener cierta inhibición para percibir estructuras (Gestalten), y, en cambio, facilidad para separar los elementos componentes de un todo. Al trabar la labor de la libre asociación por propender a que el paciente desvincule ciertas representaciones de sus contextos ideo-afectivos, el aislamiento constituye un serio obstáculo para la cura. El aislamiento al servicio de la resistencia en la sesión se observa, por ejemplo, en la tendencia a fragmentarla por temas. Para Fenichel, un caso especial y muy importante del aislamiento es la separación de un contenido ideacional de su correspondiente catexis afectiva (que es desplazada hacia otro contenido ideacional), modalidad defensiva que otorga a los neuróticos obsesivos la apariencia de ser personas frías y poco emotivas.
  • Intelectualización: es un proceso en virtud del cual el sujeto da una formulación discursiva a sus conflictos y a sus emociones, neutralizándolos y poniéndolos a distancia con el fin de controlarlos. Revela el predominio otorgado al pensamiento abstracto sobre la emergencia y el reconocimiento de afectos y fantasías. Anna Freud la describe como un mecanismo de defensa, especialmente acentuado en la pubertad, constituido como exacerbación de un proceso normal, con el cual el yo intenta dominar a las pulsiones mediante la labor intelectual. Según Karl Abraham Puede aparecer en la cura como una forma particular de resistencia neurótica contra la irrupción del inconsciente y las intervenciones del analista, percibidas por el paciente como intrusiones peligrosas.

Racionalización: procedimiento de camuflaje mediante el cual el sujeto intenta dar una explicación coherente, desde el punto de vista lógico, o aceptable desde el punto de vista moral, a una actitud, un acto, una idea, un sentimiento, etc., cuya verdadera determinación inconsciente permanece desconocida.. Es un mecanismo que no implica una evitación sistemática de los afectos, pero atribuye a éstos motivaciones más plausibles que verdaderas, dándoles una justificación de tipo racional o ideal. Habitualmente la racionalización no se clasifica entre los mecanismos de defensa, a pesar de su función defensiva patente. Ello se debe a que no se dirige directamente contra la satisfacción pulsional, sino que disimula secundariamente los diversos elementos del conflicto defensivo. Así, pueden racionalizarse síntomas, defensas (formaciones reactivas), resistencias en el análisis, etc. La racionalización encuentra firmes apoyos en ideologías constituidas y en los mandaros del superyó. Como ejemplo de racionalización de un síntoma obsesivo podríamos ver que una compulsión defensiva, manifestada en un ceremonial alimentario, puede ser justificada por el paciente alegando preocupaciones higiénicas. En el caso de rasgos de carácter o de comportamientos muy integrados al yo, resulta particularmente difícil hacer que el sujeto se de cuenta del papel desempeñado en ellos por la racionalización.

En su lucha de doble frente, el yo en la neurosis obsesiva rechaza mociones pulsionales obedeciendo a la instancia punitiva superyoica pero también se rebela contra ella. Este conflicto de ambivalencia se manifiesta en conductas bifásicas, en las que el obsesivo se comporta primero como niño malo para castigarse luego. Y cada expiación, a su vez, es usada como autorización para embarcarse en nuevas transgresiones en un círculo de remordimiento-penitencia-acto censurable-remordimiento…

Las compulsiones de simetría presentan múltiples formas (lo que sucede de un lado debe suceder del otro, lo que se hace arriba debe hacerse abajo, el contar deberá terminar en número par, etc.) y tienden justamente a evitar perturbaciones del equilibrio entre pulsión y defensa (también la duda obsesiva puede significar: ¿obedeceré al ello o al superyó?). El afán de justicia en los obsesivos se relaciona con el de simetría: lo que ocurre a uno debe ocurrir a todos.

Superyó:

Esta instancia adquiere gran importancia en la formación de síntomas obsesivos.

  • Para Fenichel, la regresión en la neurosis obsesiva modifica al superyó. Este se hace más sádico, ostentando rasgos arcaicos y automáticos (obra según ley del talión, obedece a las reglas de la magia de las palabras, etc.). La agresión del superyó aumenta en la neurosis obsesiva al refrenarse la agresión dirigida al exterior, porque el sadismo no aplicado a los objetos es derivado interiormente hacia el superyó, que a su vez lo descarga sobre el yo. El cumplimiento de exigencias superyoicas procura un placer narcisístico y los sufrimientos autoimouestos voluntariamente (sumisión propiciatoria) son usados como castigos profilácticos para evadir castigos más rigurosos. El masoquismo moral aparece como complemento del sadismo superyoico y la necesidad de castigo se subordina a la necesidad de perdón como recurso para liberarse de la presión del superyó. Por proyección,  el temor al superyó del obsesivo, puede transformarse en temor social.¿
  • Para Nacht la neurosis obsesiva es esencialmente sadomasoquista. El sujeto se transforma en su propio verdugo, encarnizándose contra sí mismo. Su economía afectiva está dominada por una intensa agresividad, producto de la búsqueda regresiva de satisfacción libidinal. Esta agresividad es encausada hacia el yo desde un superyó en el cual el papel punitivo y la crueldad están incrementados. Ante la aparición de impulsos sádicos, que encuentran en los síntomas una satisfacción sustitutiva, el superyó del obsesivo reacciona como si éste fuera realmente culpable de haber cometido un crimen y lo empuja a pensamientos o a actos anulatorios o propiciatorios para borrarlo o expiarlo.
  • Según Bouvet el yo del neurótico obsesivo obtiene beneficios narcisistas sometiéndose al superyó pero también lo engaña e infringe sus mandatos.
  • Navarro explica la rigurosidad de la instancia punitiva en la neurosis obsesiva por la acción de la defusión pulsional, consecuencia de la regresión, a partir de la cual los montantes libres de pulsión de muerte son acogidos por un superyó que somete sádicamente a un yo masoquista.
  • Lacan considera al superyo como una función coordinada al goce, que aparece en la neurosis, en lo simbólico, como ley insensata y arbitraria y observa que el obsesivo suele escaparse de su posición de sujeto (“yo no fui”) para eludir sus acusaciones. Por ejemplo, obtiene éxitos o ganancias “sin darse cuenta” y argumenta y especula para mostrarse libre de toda culpa. En lo imaginario la “figura obscena y feroz del superyo”, a veces encarnada en un personaje de la historia real del obsesivo, lo empuja a acercarse al ideal de una ritualizada perfección.

Problemática central y consideraciones metapsicológicas (Juan Navarro):

Si bien aparece también en mujeres, la neurosis obsesiva es una patología típicamente masculina. Diversas situaciones que perturban un adecuado vínculo con el padre (condición de acceso a la masculinidad) y otros factores predisponentes crean el terreno propicio para su desarrollo. La esencia de la problemática del obsesivo estaría dada por su posición pasivo-masoquista hacia el padre (que luego se repite ante hombres con autoridad o mujeres fálicas).

En la neurosis obsesiva, el amor al padre y la hostilidad hacia él, junto a la amenaza de castración, llevan a la represión del complejo de Edipo y a la regresión hacia la fase anal secundaria, en donde podrá expresarse el conflicto de ambivalencia en la forma de disfraz que esta erogeneidad impone. La pasividad subsiguiente al cambio de meta acontecido, agregada a la voluptuosidad anal dan como resultado una postura pasivo masoquista, apareciendo el deseo de ser maltratado, castigado o humillado por el padre, como expresión de un amor degradado, que al mismo tiempo satisface la necesidad de castigo por culpa ante los deseo incestuosos. En algunos casos se ve claramente un posicionamiento femenino con elección inconsciente homosexual de objeto e identidad sexual perturbada por alteración de los procesos de desidentificación materna e identificación paterna. En ocasiones también aparece, como elaboración del vínculo incestuoso con el padre, la fantasía de un padre nutricio del cual se depende totalmente.

Otra cuestión importante en relación al padre pasa por la deuda a saldar con él por su desidealización. El niño traslada sus investiduras de la madre al padre huyendo de la castración, pero el desengaño inevitable con respecto a él como supuesto ideal provocará rencor y hostilidad. Las huellas de este tipo de procesos se ven luego en la tendencia de los obsesivos a idealizar y desidealizar a los hombres.

 Desde el punto de vista económico, en la constitución de la idea obsesiva se destaca el carácter obturante de la contrainvestidura. Se observa una fijeza irreductible ante cualquier intento de desalojo y se ve al paciente luchar intensa y denodadamente contra ella, como si toda su producción patológica no fuese más que el esfuerzo por dar curso psíquico al estado de horror y perplejidad que ocasiona  le enfrentarse al sadismo que conlleva. Su contenido ideacional-representacional muestra un predominio del pensamiento por sobre recuerdos de vivencias, resultado del procesamiento que sufre en el preconciente (sobreinvestidura a partir de las pulsiones de apoderamiento y de saber), encontrándose el antecedente genético de estos procesos de pensamiento en las teorías sexuales infantiles. Así, la idea obsesiva se hallaría a mitad de camino entre el pensar y el percibir (tiene algo de la pregnancia del recuerdo) y a ella se opondrá a su vez como contrainvestidura el pensar obsesivo.

En la neurosis obsesiva se menosprecia a lo afectivo, se privilegia a la razón (exacerbación de los procesos deductivos lógicos), y, como reacción a lo pulsional, se sobreinviste defensivamente la sensorialidad en búsqueda de una objetividad ideal (por lo cual pueden aparecer ideas obsesivas plásticas).

Desde en punto de vista dinámico podemos considerar a la neurosis obsesiva como el resultado de una constelación de conflictos inherentes a los complejos de Edipo (positivo y negativo), fraterno (celos, rivalidad) y de castración (fálica y anal), complicándose el cuadro por las defensas que se instrumentan no sólo contra lo incestuoso sino contra los efectos de la regresión a la fase sádico-anal secundaria, realizada anteriormente, también con motivaciones defensivas.

Desde una perspectiva tópica-estructural vemos, como decía Freud en “El Hombre de las ratas” una fragmentación en tres personalidades: en el inconciente se encuentran las mociones pulsionales sofocadas y en el preconciente, aparece una escisión que lo separa en dos, un fragmento se corresponde con el yo oficial con el cual el paciente se identifica y el otro contiene defensas patológicas (formaciones reactivas, ceremoniales, etc.), siendo el lugar por donde retorna lo reprimido en forma de ideas obsesivas.

En cuanto al superyó no se puede dejar de acentuar la importancia de su especial severidad en la neurosis obsesiva y lo que esto implica en relación con la amplia intervención de los sentimientos de culpa en toda su sintomatología.

En relación a la vida pulsional del neurótico obsesivo se destaca una particular intensidad constitucional del sadismo y el lugar importante que ocupa la pulsión de saber (sublimación de las pulsiones de apoderamiento y de ver), cuyo rechazo temprano (investigación sexual infantil ligada al complejo fraterno) se enlaza a la cavilación y a la duda típicas en esta patología.

El punto de  fijación libidinal propio del obsesivo estaría en la fase de organización sádico-anal, en la cual evolucionan, entrecruzándose, importantes funciones fisiológicas, sexuales y psíquicas. En ella, la zona erógena corresponde a la mucosa del intestino, particularmente a la ampolla rectal estimulada por las heces (componente pasivo) y a la musculatura (componente activo, pulsión de apoderamiento) y la satisfacción es autoerótica. Esta etapa coincide con la diferenciación mundo interno-mundo externo (yo-no yo), la salida del narcisismo, el gran desarrollo de los vínculos objetales y un incremento en la capacidad de simbolización. Las heces adquieren aquí valor de posesión y funcionan como objeto de intercambio ligado a fantasías (don, regalo, etc. que se da y se recibe o se niega).

 Según Abraham, este estadio se divide en una fase anal primaria, relacionada con la expulsión y la destrucción del objeto (perder, aniquilar) y una fase anal secundaria, marcada por la tendencia a la retención y al control (guardar, poseer). En medio de ambas surge por primera vez el miramiento por el objeto (precursor del amor), unido a fantasías sádicas y de control posesivo del mismo. Para preservar el vínculo con el objeto, el niño renuncia a la erogeneidad sádico-anal, pero la hostilidad por ello generada, vuelve a ponerlo en peligro. La vía de escape frente a esta situación de indefensión traumática es encontrada en el lenguaje y la pulsión de saber (como caminos de salida del sadismo), formas de relacionarse más evolucionadas que el intercambio con las heces. La eficacia de estas dos vías, una motriz (hablar) y otra cognitiva (pensar), para terminar con un estado de angustia podría ser el antecedente de la tendencia obsesiva a luchar con recursos de este tipo al enfrentarse contra lo pulsional y la realidad (técnicas defensivas motrices: anulación, aislamiento, etc. y sobreinvestidura del pensamiento).

En el neurótico obsesivo acontece un desarrollo prematuro del leguaje unido a una renuncia pulsional (anal primaria fundamentalmente) implementada para preservar al objeto (desarrollo de una hipermoral reactiva). Esta anticipación yoica, que lleva a renunciar a la satisfacción pulsional por temor a perder el amor del objeto, produce montos de agresión adicionales (que vía investidura objetal y posterior introyección pasarán luego al superyó).

La tenacidad del síntoma de la cavilación (cuando predomina la pulsión de saber), sumada a la alteración del pensamiento que supone y a las dificultades terapéuticas que implica, merece que se le asigne una forma clínica especial dentro de las neurosis obsesivas, separada de aquellas en que se destacan las ideas, los afectos o los actos y ceremoniales obsesivos. En la práctica se verifica predominancia o combinatoria de estas formas surgidas de fuentes varias y complejas articulaciones de factores.

Relaciones de objeto:

Una acentuada ambivalencia en las relaciones objetales es típica de las etapas pregenitales del desarrollo libidinoso y reaparece cuando, a causa de la regresión, se incrementa el erotismo anal. En la neurosis obsesiva esta actitud ambivalente impide el desarrollo de relaciones de objeto maduras.

En cada caso están presentes todas las modalidades de relación de objeto marcadas por los diferentes pares antitéticos: sadismo-masoquismo, activo-pasivo y amor-odio, y frecuentemente aparecen las disociaciones para poner fin a la ambivalencia (por ejemplo: hostilidad hacia el analista y afectos positivos hacia otros objetos reales o fantaseados). Otra solución se busca en las formaciones reactivas, por medio de las cuales, por ejemplo, se esconde la hostilidad detrás de una ternura exagerada.

Otro factor que perturba el establecimiento de relaciones satisfactorias con los objetos está dado por la utilización de los mismos con fines narcisistas o defensivos, a expensas de los vínculos directos con ellos, ya que si bien los conflictos del obsesivo son internos, éste suele usar a los objetos para “solucionarlos”. Así, su conducta social demuestra, a menudo, estar determinada por la búsqueda de personas que le den seguridad (provoca la injusticia de los demás para lograr un sentimiento de superioridad moral que acreciente su autoestima) o como medios indirectos para congraciarse con el superyó, del cual teme perder la protección (tiende a  forzar su afecto, a inducirlos a dar señales de simpatía o pide su absolución para aliviar su culpa), o para rebelarse contra él (se vincula con una modalidad “terca” en un intento de oponerse al propio superyó, proyectado).

En casos extremos la conducta del paciente pierde toda autenticidad ya que todo lo que hace conlleva el propósito de impresionar a un auditorio o jurado real o fantaseado.

Según Bouvet en la transferencia reaparece el tipo de relación de objeto narcisista por la cual el sujeto sólo se interesa por el objeto en función de los beneficios que procura: aumento de la autoestima, sentimiento de unidad, de poder, etc., y de la consecuente necesidad inextinguible de poseerlo y controlarlo. El amor a las heces, objeto de la fase anal, y la tendencia a retenerlas, prefiguran la conservación y control de los objetos necesarios para sostener el equilibrio del sistema narcisista, de aquí que el obsesivo, temiendo perder el objeto, esté continuamente alerta para no regresar a la primera fase anal destructiva.

El otro con quiere entrar en relación el obsesivo, el personaje fabuloso que busca y esquiva, se aparece a como él mismo cree que es inconcientemente: peligroso y destructor (imagen fálica, omnipotente y cruel, a al vez que dispensadora de todos los bienes). Por desplazamiento, todo objeto significativo será un sustituto, más o menos atenuado, de tal imagen temible pero indispensable como dadora de certidumbres, y, en consecuencia, a la necesidad y al deseo de relacionarse íntimamente se le opondrá siempre el terror. La solución al dilema se observa en la típica “relación a distancia” del obsesivo, que puede mantenerse sin demasiada angustia, a la vez que pone a salvo al propio objeto. Bouvet llega a hablar de relaciones interpersonales “muertas”, descoloridas por los ceremoniales, el empobrecimiento masivo de la vida emocional, la desafectivización y la “frialdad” del obsesivo, etc.

En la neurosis obsesiva, la escasa diferenciación sujeto-objeto (yo-personaje fálico), implica que todo ataque al otro es simultáneamente un ataque autoinfligido (masoquismo regresivo). De aquí que el aspecto masoquista de la relación de objeto en la neurosis obsesiva exprese tanto autopunición por sentimientos de culpa (expiaciones o ascetismo extremo) como autodestrucción por confusión sujeto-objeto.

Sexualidad:

El erotismo anal es de naturaleza bisexual ya que el ano es un órgano excretor activo pero también pasible de ser estimulado y penetrado pasivamente. La vacilación entre la actitud masculina primitiva, reforzada por el componente sádico-anal, y la actitud femenina (con la castración como prerrequisito angustiante) representada por el componente pasivo del erotismo anal, constituye el conflicto inconciente más típico del neurótico obsesivo varón.

La bisexualidad, sumada a la acentuación de rasgos narcisistas como consecuencia de la regresión, puede dar lugar a la aparición de  fantasías de coito consigo mismo.

Algunos obsesivos perciben la sexualidad en términos anales, como si se tratara solamente de una cuestión higiénica. Otros, la miran como un asunto puramente financiero (fantasías de prostitución).

A veces, la vida sexual de los obsesivos parece normal e incluso pueden llegar a mostrar una llamativa capacidad eréctil, pero, como vimos, son incapaces de establecer relaciones amorosas completas debido a sus dificultades en el manejo de los afectos y a su intolerancia a la cercanía del objeto.

La retención del semen puede reemplazar a la de las heces, y esto puede llevar al obsesivo  a empeñarse  por priorizar el placer preliminar en las relaciones sexuales.

Si predomina el sadismo, el coito puede significar, inconcientemente, una lucha en la que el vencedor castra a la víctima, y, en tal caso, realizarse con el fin de reasegurar la propia indemnidad.

El alto grado de exigencia superyoica se ve claramente en el terreno sexual, en el cual el obsesivo se esmera por averiguar cómo hay que hacer el amor, durante cuánto tiempo, con cuanta frecuencia, etc.

El pensamiento:

Fenichel opina que en la neurosis obsesiva los procesos de pensamiento son influidos o suplantados por sus precursores arcaicos. El obsesivo, temeroso del mundo real y de las emociones e impulsos que éste provoca, huye de él y se refugia en las palabras, resucitando actitudes primitivas que acompañaron los inicios del uso del lenguaje, como por ejemplo, la creencia en sus cualidades mágicas (dominio y control de la realidad a través de su reflejo verbalizado). Las fantasías de omnipotencia vinculadas a pensamientos y palabras (bendiciones y maldiciones) repiten la sobrestimación narcisista de las funciones excretoras.

Habla y pensamiento recobran, en la neurosis obsesiva, sus cualidades originales, pueden matar, hacer milagros, hacer que el tiempo retroceda, etc. Su poder los torna útiles pero también peligrosos y el obsesivo se ve obligado a manejarlos con sumo cuidado ya que su mal uso reclama, desde esta concepción, el mismo castigo que un delito. A partir de la creencia en su poder, fórmulas verbales compulsivas mágicas son usadas como defensas secundarias contra los síntomas

Pero lo rechazado retorna y las palabras sobreinvestidas adquieren gran valor emocional al convertirse en los sustitutos regresivos de los actos.

Por obra de la defensa, el pensamiento compulsivo suele ser teórico, abstracto, general, orientado hacia sistemas y categorizaciones. Lo intelectual se ha sexualizado y el conflicto pulsional (anal) desplazado al pensamiento, se manifiesta en forma de dudas y cavilaciones.

Detrás de problemas filosóficos o preguntas aparentemente prácticas se esconden frecuentemente preocupaciones relacionadas con la bisexualidad (hombre-mujer), la ambivalencia (amor-odio) y el conflicto estructural fundamental (pulsión-defensa).

Otras dudas, referidas a la validez de las propias percepciones o juicios (que ocupan el lugar de escena primaria o pruebas de la diferencia sexual anatómica), representan el deseo de que no sean ciertos.

Los neuróticos obsesivos piensan en vez de actuar, y por miedo a la “cosa real” hacen preparativos (que recuerdan al placer preliminar anal) para el futuro en vez de vivir el presente, defendiéndose así de cualquier cambio que podría ser peligroso.

Los obsesivos sobrevaloran el intelecto y a menudo logran un alto desarrollo intelectual. Pero su yo sufre un desdoblamiento, y, a la parte lógica, se le opone otra mágica y supersticiosa, producto de un narcisismo aumentado por la restauración regresiva de la omnipotencia infantil.

Los conflictos en relación a Dios y los rasgos religiosos raramente faltan en una neurosis obsesiva, cuya sintomatología está llena de supersticiones, oráculos, apuestas a Dios, creencia en fantasmas y demonios, temor frente a un destino especialmente maligno, etc., a pesar de que los obsesivos son, a la vez, perfectamente concientes de lo absurdo de tales ideas.

Según Navarro, el pensamiento hiperlógico y especulativo que en la neurosis obsesiva se pone al servicio de la defensa, tomando el modo de cavilación, se diferencia (como decía Freud) de la idea obsesiva (síntoma).

Es que en la neurosis obsesiva, la libido que regresiona pasa de las representaciones del mundo externo al pensar. Hay una regresión del actuar al pensar y el pensamiento es usado como contrainvestidura para oponerse a la idea obsesiva. Aparece un doble preconciente: una parte oficial y racional y otra que funciona como contrainvestidura interna (y que es el lugar por donde retorna lo reprimido).

Uno de los aspectos esenciales del pensar obsesivo es que contiene un elemento inconciente dentro del preconciente (un “mestizo”). Es como si en el contexto de un discurso normal encontráramos una suerte de primarización del proceso secundario.

Hay ideas obsesivas típicas, otras en vías de serlo y otras que corresponden a lo que Freud llamaba defensa secundaria y corresponden al característico pensar obsesivo, que es una especie de híbrido y que consiste en intentos verbales de poner distancia por medio de desplazamientos y condensaciones, de la representación obsesiva originaria.

Estos mecanismos recaen sobre palabras, es la representación-palabra y no el concepto a ella inherente el concepto por donde irrumpe lo reprimido.

Freud hablaba de delirios obsesivos (como “el delirio de las ratas”) y de un dialecto obsesivo a traducir (Ratten = ratas, Raten = cuotas, etc.; “ratas” era un password que llevaba al paciente a donde quería).

Tanto el pensar obsesivo como el delirio obsesivo son productos de desplazamientos, condensaciones, vinculaciones simbólicas, etc. entretejidos en un  discurso normal. Su carácter extraño y ajeno al paciente y la distancia de lo reprimido debido a la cantidad de elementos preconcientes interpuestos los diferencian del delirio psicótico.

Los orígenes del pensar obsesivo estarían en las teorías sexuales infantiles. De las tres vías que surgen de la pulsión de saber (que a su vez se origina en las pulsiones de ver y de apoderamiento): inhibición, sublimación y sexualización del pensar, es la última la que nos interesa en la neurosis obsesiva. La investigación sexual sofocada retorna desfigurada como compulsión a cavilar y erotización del pensamiento.

Según Freud las ideas obsesivas se muestran disparatadas o extravagantes pero son solucionadas (descubriéndose su significación, el mecanismo de su génesis y su procedencia de fuerzas instintivas psíquicas dominantes) con una labor de traducción (que relacione cronológicamente las ideas obsesivas con la vida del paciente). Por  ejemplo: impulso al suicidio. “El Hombre de las ratas” perdió semanas de estudio por la ausencia su amada (de viaje para cuidar a su abuela enferma). Hallándose estudiando, se le ocurrió: “No es difícil presentarse bien preparado a los exámenes. Pero, ¿qué sucedería si se te impusiera la decisión de cortarte el cuello con una navaja?”. Fue a coger la navaja, pero entonces pensó: “No, no es tan sencillo. Tienes que asesinar primero a la vieja esa”. Ante el pensamiento: “¡Quisiera asesinar a esa vieja, que me priva de la mujer a quien quiero!” surge el mandato punitivo: “Mátate tú para castigarte de tales impulsos asesinos”; y todo el proceso aparece con violentísimo afecto en sucesión inversa.

Freud habla de un “pensamiento obsesivo” y resalta que los productos obsesivos pueden  equivaler a diversos actos psíquicos: deseos, tentaciones, impulsos, reflexiones, dudas, mandatos y prohibiciones. Los enfermos tienden a desvanecer tal determinación y a presentar como representación obsesiva el contenido despojado de su índice de afecto.

En la defensa secundaria contra las representaciones obsesivas concientes surgen productos que merecen un nombre especial: “delirios”. No son reflexiones puramente razonables que el sujeto opone a sus ideas obsesivas, sino algo como productos mixtos de ambas formas del pensamiento. Toman ciertas premisas de la obsesión por ellas combatidas y se sitúan (con los medios de la  razón) en el terreno del pensamiento patológico. Un ejemplo aclarará tal diferenciación. Cuando “El Hombre de las ratas” desarrolló los insensatos manejos prolongando el estudio hasta altas horas de la noche, abriendo la puerta de su cuarto al dar las doce para facilitar la entrada al espíritu de su padre, situándose luego ante el espejo y contemplando en él sus genitales, intentó apartar de sí aquella obsesión, pensando en lo que diría su padre si se hallase aún en vida. Pero este argumento no tuvo eficacia. La obsesión cesó tan sólo cuando el sujeto integró la misma idea en la forma de una amenaza delirante, diciéndose que si prolongaba tales insensateces, le sucedería a su padre algo malo en el más allá. El valor de la diferenciación entre defensa primaria y secundaria queda disminuido por el descubrimiento de que los enfermos no conocen el auténtico texto verbal de sus representaciones obsesivas, el cual sólo mutilado y deformado, como un telegrama mal redactado, se nos da a conocer. Frecuentemente, varias ideas obsesivas sucesivas, pero de texto literal diferente, son, en el fondo, una sola y la misma. La idea obsesiva ha sido afortunadamente rechazada una primera vez y  retorna luego deformada, no siendo ya reconocida. Pero la forma exacta es la primitiva, la cual muestra muchas veces sin velo alguno su sentido. Cuando conseguimos aclarar una idea obsesiva no es raro oír decir al enfermo que antes de la emergencia de la idea obsesiva surgió en él una ocurrencia, una tentación o un deseo, como las que ahora le exponemos, pero que desaparecieron en seguida. Así, pues, la representación obsesiva oficial integra en la deformación sufrida con respecto a su texto primitivo las huellas de la defensa primaria. Su deformación la hace viable, pues el pensamiento consciente se ve obligado a interpretarla erróneamente. Tal interpretación errónea por parte del pensamiento consciente puede comprobarse no sólo en las ideas obsesivas, sino también en los productos de la defensa secundaria (como en las fórmulas protectoras).

Por ejemplo: “El Hombre de las Ratas” usaba como fórmula defensiva la palabra “aber” (pero), rápidamente pronunciada y acompañada de un ademán de repulsa, y en una de las sesiones manifestó que dicha fórmula había sufrido una variación, diciendo ahora “abér”. Según él, la e átona no le ofrecía garantías contra la temida aparición de algo ajeno y contradictorio, razón por la cual había decidido acentuarla. Esta explicación inexacta (racionalización) corresponde al estilo de la neurosis obsesiva. En realidad abér era asimilada a Abwehr (defensa), cuya significación le era conocida por conversaciones teóricas sobre el tratamiento, aprovechado de un modo abusivo y delirante para robustecer una fórmula de defensa. Su palabra mágica principal, formada por él, para protegerse contra las tentaciones, con las iniciales de las oraciones más eficaces, y a la que añadía un fervoroso “amén”, era un anagrama del nombre de la amada. Tal nombre contenía una s que el sujeto situaba al final e inmediatamente delante del “amén” agregado formando así la palabra Samen (semilla, semen). Había reunido su semen con la mujer amada, se había masturbado pensando en ella. Pero él mismo no había observado tan evidente relación, y la defensa se había dejado burlar por lo reprimido. Es éste un ejemplo de aquella regla según la cual los elementos que han de ser rechazados acaban por penetrar en aquello por lo que son rechazados.

En la neurosis obsesiva surgen ocasionalmente en la consciencia, y en forma pura y no deformada, los procesos anímicos inconscientes. Tal interrupción puede tener su punto de partida en los más distintos estadios del proceso mental inconsciente y las representaciones obsesivas pueden ser reconocidas casi siempre como productos existentes desde mucho tiempo atrás.

Como singularidades psíquicas características de los neuróticos obsesivos aparecen la inclinación a la superstición y la creencia en la omnipotencia de sus ideas, sentimientos y deseos (en la cual se manifiesta la primitiva manía infantil de grandeza). Si los neuróticos obsesivos exageran el efecto de sus sentimientos (sobre todo de los hostiles) sobre el mundo exterior es porque gran parte del efecto psíquico interno de los mismos escapa a su conocimiento consciente. Su amor -o más bien su odio- es realmente poderoso, pues crea aquellas ideas obsesivas cuya procedencia no comprenden y contra las cuales se defienden en vano.

Otra necesidad anímica común a los neuróticos obsesivos es la necesidad de la inseguridad o de la duda. Los enfermos realizan un esfuerzo para eludir toda seguridad y adhieren sus pensamientos a aquellos temas en los que nuestro juicio permanece necesariamente expuesto a ellas: la paternidad, la duración de la vida, la supervivencia en el más allá y la memoria.

Muchos neuróticos obsesivos son incapaces de toda decisión. Aplazan indefinidamente toda resolución y dudan constantemente, a raíz del conflicto que en ellos se desarrolla entre el amor y el odio orientados hacia la misma persona. El amor rechaza al odio a lo inconsciente y la consecuencia es una parálisis parcial de la voluntad, una incapacidad de adoptar resolución alguna en cuanto a todos aquellos actos cuyo móvil haya de ser el amor. Tal indecisión se extiende paulatinamente a toda la actividad del sujeto. Con ello queda instaurado el régimen de la obsesión y de la duda en la vida anímica de los neuróticos obsesivos. La duda corresponde a la percepción interna: dudan de su propio amor y esta duda se difunde sobre todo lo demás, desplazándose preferentemente sobre lo nimio e indiferente. Cuando el neurótico obsesivo se da cuenta de la inseguridad de la memoria, extiende la duda, a los actos ya realizados. La obsesión es una tentativa de rectificar el insoportable estado de inhibición. Con ayuda del desplazamiento, la energía estancada halla un exutorio en actos sustitutivos. Se exterioriza en mandatos y prohibiciones, alternando el impulso amoroso y el hostil en la conquista del camino conducente a la derivación.

Una especie de regresión sustituye, además, la resolución definitiva por actos preparatorios. El pensamiento reemplaza a la acción, y en cualquier estadio previo mental de la misma se impone, con poder obsesivo, en lugar del acto sustitutivo. Según que esta regresión del acto al pensamiento sea más o menos marcada, el caso de neurosis obsesiva toma el carácter de pensamiento obsesivo (representación obsesiva) o de acción obsesiva en sentido estricto. Estos actos obsesivos propiamente dichos sólo se hacen posibles por cumplirse en ellos una especie de reconciliación de los dos impulsos contrapuestos, mediante la formación de productos transaccionales. Los actos obsesivos se aproximan, en efecto, cada vez más, y con mayor precisión, cuanto más se prolonga la enfermedad, a los actos sexuales infantiles semejantes al onanismo. EI sujeto llega así a realizar actos amorosos pero sólo autoeróticos. La regresión primera desde la acción al pensamiento es favorecida por otro factor: la represión prematura del instinto sexual visual y de saber. En aquellos sujetos en cuya constitución predomina el instinto de saber, el síntoma capital de la neurosis es la cavilación obsesiva. La actividad mental queda sexualizada, pues el placer sexual, referido habitualmente al contenido del pensamiento, pasa a recaer sobre el proceso intelectual, y la satisfacción alcanzada al llegar a un resultado mental es sentida como satisfacción sexual.

Esta relación del instinto del saber con los procesos mentales le hace especialmente apropiado para atraer sobre el pensamiento, en las diversas formas de la neurosis obsesiva en las que participa, la energía que se esfuerza inútilmente en abrirse paso hasta la acción. Se hacen obsesivos aquellos procesos mentales que, a consecuencia de la inhibición antitética en el extremo motor de los sistemas mentales, son emprendidos con un desarrollo cualitativo y cuantitativo de energía destinado habitualmente a la acción (aquellos pensamientos que representan regresivamente actos) y aquello que irrumpe con energía sobrada en la consciencia como idea obsesiva ha de quedar garantizado contra la acción destructora del pensamiento consciente. Tal protección es conseguida por medio de la deformación que la idea obsesiva ha experimentado antes de hacerse consciente y además se aleja a la idea obsesiva de la situación que presidió su génesis. Con tal propósito es creado un intervalo entre la situación patógena y la idea obsesiva consecutiva, y, por otro lado, el contenido de la idea obsesiva queda desligado de sus relaciones particulares por medio de una generalización. La idea obsesiva es también protegida contra la labor de solución consciente por su expresión verbal indeterminada o equívoca. Tal expresión verbal puede quedar incorporada a los delirios, y los sucesivos desarrollos o sustituciones de la obsesión se enlazarían al error de interpretación y no al texto auténtico. Pero puede observarse que tales delirios tienden constantemente a establecer nuevas relaciones con el contenido y el texto verbal de la obsesión no acogidos en el pensamiento consciente.

Carácter anal:

Para Navarro, el incremento de la pulsión anal y el detenimiento en las satisfacciones autoeróticas correspondientes a la etapa anal en la infancia, condicionan fijaciones que, regresión mediante, serán el punto de arranque tanto de neurosis obsesiva como de carácter anal en el adulto.

Aclara que aunque sus rasgos siempre se observan en ella, el carácter anal no es patrimonio de la neurosis obsesiva, sino que aparece también en otras patologías (manía, melancolía, etc.) que comparten con aquella la lucha defensiva contra la erogeneidad sádico-anal.

Los rasgos de este tipo de carácter que aparecen en los niños, se vincularían con la reacción infantil (sumisión o resistencia) ante la educación del control de esfínteres.

Y la constitución de un carácter anal estable sería consecuencia de las vicisitudes en el procesamiento de las pulsiones anales coartadas en su camino a la satisfacción, que puede llevarse a cabo por: formaciones reactivas, identificaciones, derivaciones directas o transposiciones varias.

Hay que remarcar la importancia, en la constitución del carácter anal, de los traumas tempranos, especialmente de los ocurridos en el comienzo de la etapa anal secundaria, momento en el cual se despliega en toda su amplitud la problemática sádico-anal y de las defensas empleadas frente a ellos, destacándose las formaciones reactivas como primera barrera protectora que empobrece al yo, alterándolo y limitando su desarrollo.

A éstas se suman las formaciones reactivas evolutivas normales, reforzadas en la neurosis obsesiva, y las que, en esta patología, crea el yo, perplejo ante el goce sádico (consecuencia de la regresión sádico-ana), contra el retorno de lo reprimido. Su fracaso y el avance de la enfermedad lo llevan a instrumentar otras defensas (por ejemplo ceremoniales) o a acentuar rasgos de carácter que se tornan entonces evidentemente patológicos (avaricia, minuciosidad pedante, etc.). Esta última variedad de formación reactiva es la más importante en el carácter anal.

La participación del superyó y de ciertas identificaciones tiene particular relevancia en la constitución de algunos rasgos típicos del carácter anal como la hipermoralidad, la terquedad,  etc.

Freud habla de un “concepto inconciente” dado por la unidad “caca-pene-niño”, cuyos componentes, que tienen en común el ser pequeños y separables del cuerpo, son tratados por el obsesivo como elementos equivalentes e intercambiables entre sí. Las heces también cobran el significado de dinero por oposición (lo más y menos valioso) y a partir de ciertos usos lingüísticos (roñoso = tacaño). Estas transposiciones, importantes en la conformación del carácter anal, implican un cierto distanciamiento con respecto a la pulsión y pueden combinarse además con diferentes mecanismos defensivos (por ejemplo, el rasgo de generosidad requiere de una transposición del valor de las heces a los bienes materiales y de una formación reactiva o proceso sublimatorio que transforme el deseo de retener, tacañería, en deseo de dar).

En las derivaciones directas no interviene la defensa, y hay expresión directa de las pulsiones originarias, apareciendo satisfacciones del erotismo anal no mediadas por desplazamientos o simbolismos: crueldad, suciedad, juego con heces, retención y negativa a evacuar, etc. En estos casos, que so

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