La Navidad, ese espacio de tiempo que se repite cada año, dejando a merced de todo el mundo la posibilidad de transmitir un espíritu social, amistoso y saludable que parece solo brotar en estos días, ayuda a la sociedad a recuperar el sentido en un supuesto de bondad y tolerancia que pocas veces vuelve a repetirse. La Navidad saca lo mejor de uno mismo, recapitulando los momentos pasados, buscando la manera de recuperar el tiempo perdido, haciendo que la familia nos vea como aquel que pretende destacar por encima de todos. Son fechas señaladas para cumplir propósitos tan variados como el inicio de un próspero año en cuanto a salud se refiere o para afrontar una salida laboral con mejores expectativas. Pero la Navidad también alerta de la oleada indiscriminada del exceso de consumo. Los que la tratan como un instante de felicidad suelen también otorgar la vehemencia de figurar como grandes derrochadores. Comida, bebida y regalos. Aunque la mayoría han encontrado la excusa perfecta para disfrazar sus buenas intenciones con la mayor de las falsedades. En cada país la Navidad se disfruta de una manera diferente, y son prueba de ello lugares que se engalanan de la más profunda pomposidad. La dulce Navidad se convierte en la más cruel voluntad de inculcar un sentimiento que por sí solo carece de sentido.

En Italia, por ejemplo, la costumbre dicta comer un plato de lentejas previamente a la celebración por las calles de las ciudades, y en algunas de ellas se estila tirar los viejos enseres y muebles para conmemorar la llegada del año nuevo dejando atrás el desatino de los momentos pasados.

En Irlanda la celebración incluye el adorno navideño consistente en la colocación de cientos de velas, siendo la blanca la que da la bienvenida al hogar, y que debe encenderse por el primogénito de la casa, y únicamente puede apagarse por un miembro de la familia del sexo femenino llamada María.

En Bélgica se estila que San Nicolás visite a principios del mes de diciembre a todos los niños y niñas, comprobar que se han portado bien durante el año, regresando algunos días después llenando las casas de obsequios. Los más canallas se tienen que conformar con ver una rama en sus zapatos.

En Finlandia decoran decenas de banderas en sus árboles de Navidad, dando a entender la tolerancia y el respeto por el resto de ciudadanos. Dedican momentos del día, normalmente después de la salida del trabajo, a la decoración de los hogares con motivos navideños.

En Polonia su pesebre tradicional está formado íntegramente por marionetas que se utilizan para llevar a cabo espectáculos teatrales relacionados con el nacimiento de Cristo. Cuando se celebra la cena familiar en casa siempre se pone un cubierto de más en la mesa navideña como símbolo de paz y reconciliación.

En Suiza están muy concienciados con la seguridad vial en la época navideña. Los conductores que se exceden con el consumo de alcohol en esos días son recogidos por una asociación sin animo de lucro que los lleva a casa en coche para evitar accidentes.

En Rusia el personaje que reparte los regalos a los niños que se portan bien no es Santa Claus sino Babushka, una anciana que aún hoy en día se dice que sigue buscando al niño Jesús para entregarle su regalo de nacimiento, y entre tanto va repartiendo presentes a los niños que alimentan su esperanza.

En Letonia no se pueden abrir los regalos de Navidad hasta que cada miembro de la familia haya recitado un poema. En Nochevieja se acostumbra a hacer hogueras para quemar y olvidar todos los problemas del año anterior y empezar el año nuevo con buen pie.

En Australia lo tienen un poco más complicado para celebrar la Navidad al estilo tradicional, con muñeco de nieve y cenando frente al calor de la hoguera puesto que allí la festividad coincide con el verano, así que todas sus celebraciones se hacen en la playa y con mucho calor.

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