Tuvo unos padres adoptivos que trataron siempre de evitarle dificultades en sus difíciles años de niñez y adolescencia. Características muy atípicas hacían bien difícil el constante seguimiento del equipo médico que al paso de los años veían cada vez más lejana la posibilidad de un diagnóstico: una temperatura corporal de casi cuarenta grados centígrados permanente, sin provocar ningún síntoma convulsivo; una fortaleza física muy por encima de lo normal y contrastante con su tremenda inteligencia; una piel muy ruda  y áspera, donde los  rasguños no se hacían notar.

  Pero ninguna de estas particularidades le impidió amar.

  Una noche, sentado con su pareja en un apartado banco del parque, percibió una energía tremenda acercarse: era un hombre, que le pidió hablar unos minutos. Ambos jóvenes rechazaron al instante la propuesta; pero él captó alguna forma de mensaje telepático y se disculpo con la novia para apartarse con el extraño.

  Fue hasta el sitio aislado y oscuro donde el hombre le dijo esperarlo y allí encontró algo inimaginable, pero al mismo tiempo familiar: un auténtico dragón. Este le transmitía telepáticamente y de manera constante la misión que había recibido: regresarlo con los suyos, a su verdadero mundo que se movía paralelo al mundo humano en otra dimensión de espacio-tiempo.

  El joven comenzó a recibir una energía térmica que inició un rápido proceso de mutación en su organismo. El cruce de los mundos sería muy pronto y ambos debían estar preparados.

  Su novia lo había seguido muy callada y al ver a aquellos dos terribles dragones, no pudo evitar el desmayo después del grito aterrador.

  ¡La mujer que amaba! ¿Aman los dragones? Exclamación e interrogante que pasaron muy rápido por su cerebro. Sin respuesta a la pregunta se lanzó a socorrer a su hembra, mirando al mismo tiempo el punto señalado para el traspaso de mundos; por allí vio desaparecer al hombre-dragón.

  Ella, al abrir los ojos y ver  a su novio, lo abrazó con miedo y fuerza. Pero otra fuerza; mayor, lo hizo alejarse y la muchacha, todavía estremecida, vio desaparecer la cola del «novio».

Mutación

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