Escribir acerca de la mujer, implica no solo un recorrido interno para quien escribe, sino además, afinar la escucha atenta hacia las cotidianas situaciones que la implican. A mi parecer, es de suma importancia hacer este ejercicio, en tiempos en que tanto mujeres como hombres, nos hemos perdido en medio de pugnas de sobrevivencia simbólica diaria, en un mundo de relaciones personales, comerciales, y hasta familiares, al que desafortunadamente hemos hecho más, nuestro enemigo, que nuestro aliado.

El amor, la pasión, la maternidad, el hogar, las rupturas, los nuevos comienzos, los roles, la claridad sobre lo que somos y la claridad sobre lo que también son, nuestros dulces compañeros de vida. Lo que queremos en esencia; lo fundamental, lo que no hablamos, ni decimos, o ni siquiera intentamos articular, lo que se nos pierde entre las manos, lo que soñamos, lo absurdo, lo que consideramos imposible; son solo algunos de los surcos y caminos para sugerir acercarse a hablar de la mujer, desde un lugar que intente desmarcarse de los consejos, slogan, mensajes como supuestas verdades, que recibimos a diario acerca de cómo adaptarnos cada vez más, a ser lo que no somos.

Hablar de la mujer, innegablemente desde mi punto de vista, implica hablar de nuestro adorables hombres.

Desde el inicio hombre y mujer cohabitamos un mundo no por casualidad, ni mucho menos como una rivalidad de territorio, mando o poder; lo cohabitamos como compañeros, que pudiendo, o mejor habiendo sido creados como aliados de la incertidumbre, de las ilusiones, de lo bello, de lo difícil, del camino diario, de la pertenencia, y de la sábana mutua; decidimos distanciarnos, creyendo que las diferencias nos distancian, permitiendo así, como diría el poeta guatematelco, pingüinos en la cama por el hielo que se produce.

¡¡Las mujeres no somos hombres!!, por obvio que parezca, hay una delicada y rica frontera que hemos olvidado, en un olvido cómplice frente a un enigma, que si bien felizmente nos diferencia y también nos devela un camino de encuentro, aquello que funde a lo femenino y lo masculino.

Minúsculos, y mayúsculos detalles de la vida diaria, parece que nos confunden de este misterio. Claro!! que nos diferenciamos, y allí está el encanto esencial a lo fundamental, lo primitivo, lo importante, lo básico de siempre: amarnos y establecernos en la geografía universal, con una chocita propia.

Nos diferenciamos, tanto en los sombreros que usamos, como en la seda de las medias, y la manera de deslizarla por la pierna para que quede justa, en los dulces accesorios con los que nos ataviamos el cabello, el cuello, el bolso, nuestra mirada y la manera en que humedecemos los labios. Nos diferenciamos en la manera de caminar, usar un espejo, deslizar las manos, acariciar el rostro cansado, y en el abrazo al dormirnos.

Nos diferenciamos en la manera de conjugar el conversar, escuchar, sentir, sugerir, invitar, y sonreir. Nos diferenciamos en los dramas que hacemos, las preguntas que planteamos, las cartas que enviamos, lo que consideramos hermoso, y hasta en la utilidad que le damos a cuanto líquido provocamos.

Nos diferenciamos en la acucia suave de querer ser parte de la vida del que amamos y en el dulce e imperante suspiro de querer ser la única que le importa, en ratificar cada mañana ser la maravilla querida, en inspirar conquistas que nos aseguren, no ser solo ocasionales, en la agenda de vida de aquel al que confiamos el alma, el cuerpo y los sueños;NOS DIFERENCIAMOS en la urgencia de no ser anónimas, sin ninguna exaltación en el mundo privado del HOMBRE, al que sabemos esperar cada noche.

Nos diferenciamos en provocar lo mejor del macho cortez, no a los gritos, sino más bien con susurros delicados, aún cuando se esté más que molesta, reservando los gritos de hembra fina para ocasiones más exquisitas.

Nos diferenciamos en saber ceder, callar, claudicar, perder las batallas.. esas que importa ceder, callar, claudicar, y perder; sabiendo bien eso sí, elegir las batallas en las que no cedemos, claudicamos, callamos, ni perdemos.

Nos diferenciamos en el inconmesurable don, de hacer brillar el encanto del hombre que nos desvela, antes que preferir opacarlo, disminuirlo y aniquilarlo; solo porque el amor no permite hacerlo, y la vida es más bella con el hombre que él, sí es.

Toda una cajita musical, es lo femenino en la vida cotidiana, que avanza con cierta rudeza rutinaria de las labores, las exigencias, los deberes. Lo femenino, más que cualquier otra cosa, es lo que nos hace mujeres; lo femenino es lo que no depende del trabajo o el rol, que desempeñemos en cualquier espacio; ni tampoco depende de las justificaciones o daños que carguemos, en el jarrón gigante de las vivencias.

Lo FEMENINO es el valor y la fuerza, la esencia cautivante de la mujer, es el tesoro que a través de la historia se escabulle, se evidencia, se esconde y vuelve y aparece. El asunto central, tal vez sea que lo femenino da vida, pero requiere recibir la inspiración del valiente compañero, y es allí donde entra la masculinidad en juego.

Pues, ¿qué tipo de hombre permite que la mujer florezca?; ¿qué de él, qué de su fuerza, qué de su mirada, qué de su encanto o de sus caricias, qué de su singularidad, qué de su cercanía y calor, provoca la ebullición femenina?. ¿Cuál es la masculinidad que provoca que ella confíe en él, específicamente, como para admirarle, seguirle, esperarle, ver lo mejor de él, entregarle su convicción, sus días, y sus noches?

La MASCULINIDAD implica, un necesario romanticismo y el cuidado legendario de varón; es saber hacer saber, lo importante,  es presencia, es involucrarse, es detallar, es agradecer, es valorar, es atesorar y sobretodo inventar magia. Es ser un hombre activo, que no solo conquista, sino que se apropia con arraigo de su conquista.

Me atreveré a decir, que si lo esencial de lo femenino es saber entonar las notas de una cajita musical cotidiana; lo esencial de la masculinidad es la fuerza inmersa, en la protección de entender lo que le pertenece. Tal vez, el HOMBRE establece las cercas casi cavernícolas del territorio de dos y edifica las vigas sobre las rocas de su empuje; y la MUJER la llena con flores de colores, y la convierte en un jardín con aromas a sándalo.

jardin con aroma a sándalo

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