Mujeres del carbón

En un lugar del África, cuyo nombre prefiero olvidar, vi una esquina con mujeres vendiendo carbón; pudiera parecer una escena muy normal, un oficio común y corriente de aquellos parajes; pero me conmovió el hecho de que fuesen solo mujeres las que estaban dentro de aquella niebla oscura que forma el polvo del carbón. Solo mujeres, tiznadas, moviendo las carretas, metiendo las palas o las manos hasta lo más hondo de las pilas de leños calcinados, y colocando sobre sus cabezas bultos pesados.

Cómo verlas y no sentir pena por ellas. Evoqué en un instante una larga secuencia de miserias; me pasó por la mente el realismo infernal de París del siglo XIX, eternizado por las obras de Víctor Hugo y Balzac; me acordé de las “Escenas Norteamericanas” escritas por Martí, y de otras épocas del hombre aparentemente vencidas; pero cómo ver a estas mujeres y no sentir rabia, o al menos melancolía de especie ultrajada.

Y es que no entiendo cómo a estas alturas de la historia sigue tan deshumanizada la vida de la mujer en ÁFRICA.

En los puertos, desde muy temprano están ellas; jóvenes, viejas, apenas ha salido el sol y ya vigilan a los pescadores que llegan con sus mercancías frescas. Cuando ya la tienen, comienzan allí mismo a venderlas, y no se van hasta que no lo hayan vendido todo.

Pero más fuerte me resultó la visión de hace uno pocos días, cuando viajábamos por la carretera de una región rural, desde la ventanilla del auto iba mirando una extensa zona pantanosa, donde no se apreciaba cultivo alguno, era un abismal horizonte desolado, y de repente, no lejos de la carretera, vi caminando a la orilla del pantano, -solitaria, como salida de la mismísima tierra, como la diosa Ceres, con vestimenta de labriego, los pechos desnudos, senos grandes y caídos hasta la cintura, como en los cuadros de Wilfredo Lam, herramientas de trabajo al alrededor del cuello- a una MUJER.

Las mujeres de aquel continente realizan labores no propias de los tiempos modernos, lavan y friegan dobladas en el patio, no usan lavadoras, las más del país carecen de luz eléctricas; las vemos con sus largos vestidos policromáticos y de bellos arabescos, barriendo el suelo flexionadas con bejucos, -lo prefieren a la escoba y al palo de trapear-, limpian toda la casa con la frazada en la mano, me refiero incluso a las mujeres de la ciudad. Las he visto pasar delante de mi ventana, casi ancianas, con abusivas cargas; sí, que se volvía melancólica la tarde cuando las veía regresar del monte con poderosos mazos de leñas sobre la cabeza y un hijo atado a su espalda. Pareciera que están pagando más que nadie la culpa del pecado original; o el mundo tendrá ya como verdad que Eva fue africana y por tanto, que sufran más sus descendientes femeninas.

Tuve la oportunidad de asistir a los funerales de un presidente africano; allí besé a manera de condolencia a la viuda y demás mujeres de la familia; y percibí que todas, a pesar del linaje social que las distingue, llevaban también en el rostro la amargura ancestral de la mujer africana.

Sin embargo, por las calles de cualquier ciudad o por los trillos de los campos, muy bien saben esas MUJERES humildes, saludar y sonreír. Y cuando nos miran, desde el fondo de sus ojos tristes uno encuentra una misteriosa ternura.

Comparte este Goo:

¿Tiene contenido inapropiado?

Comparte este goo con un amigo: