Cuéntame un cuento: La mujer, las estrellas y el Universo.

Erase una vez que se era (dicen que dijeron que había) en un pueblo, muy, muy, muy lejano, que de lejos ya no me acuerdo ni dónde estaba, aunque no estaba tan lejos como te estás imaginando, vivía una MUJER ya entrada en años. Un semblante serio en su cara tenía que asustaba a padres, niños y hasta a la policía. Y a través de los cristales de su lúgubre mansión, en una esquina del salón, su cuerpo y el sofá en uno se fundían, y solo el libro que en sus manos sostenía se distinguía. 

Cuando el Sol se escondía, y todo el pueblo dormía, esta singular mujer de su mansión salía. Y ante la oscuridad de la noche, andando, y no en coche, pequeña se sentía nuestra mujer ante el universo que el cielo invadía. Privilegiada se sentía de poder apreciar la belleza olvidada de la noche, esa gran belleza de esas diminutas estrellas, brillantes aún en su lecho de muerte, observadas por nuestro pasado y presente, y nunca olvidas en el futuro inmnente. 

Nuestra mujer se dirigia hacia un parque olvidado, se sentaba siempre en el mismo lado, junto al viejo arbol. A las estrellas adoraba y a la Luna anelaba. Daba rienda suelta a su imaginación, recordando las historias que leía en su mansión, historias que cobraban vida en su mente ya demente, que no recordaba el pasado, a veces tampoco el presente, pero sí adivinaba el futuro indiferente. 

Una noche, no recuerdo con claridad que noche, pero seguro que era de noche, la Luna lloraba y las estrellas no se encontraban. La oscuridad acechaba, y nuestra Mujer con con resignación contemplaba la nada.... Algo estaba ocurriendo, y aún más extraño resultó todo esto, cuando Sol encontró un periódico amarillento. El periódico yacía bajo el arbol, cómo él, desgastado por el tiempo. Pero al abrirlo, para su asombro, este periódico estaba vacío, ni una palabra, ni una letra, y sin crucigramas ni sopas de letras. 

Todo esto le recordó a aquellas historias de Sherlock Holmes, que leía en la soledad del salón de su mansión, con la única compañía de su sofá, la chimenea y su gato Ramón. De pronto el cielo se iluminó, y Sol, nuestra Mujer, se preguntó si esto no sería más que la introducción a una aventura como las de su IMAGINACIÓN .

Pero sin duda, esta no sería una noche como todas las demás, sería una noche sin igual, donde la Soledad a la Luna hacía llorar.  

La Luna llora, y el Sol contempla la soledad de la nada

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