¿Es Usted un habitante de la Nueva España (o México Colonial, si prefiere)? ¿Tiene incertidumbre de cómo ha de hacerle para morir correctamente? ¿Teme Usted que por algún error termine en un paraje indeseado en el más allá?

Si contestó sí a las preguntas anteriores, ¡estos consejos son para Usted!

Bien Morir

Como puede ver en numerosas pinturas, grabados y libros, la muerte es una realidad impostergable, y hay que estar siempre preparado. Le recomendamos seguir las siguientes indicaciones:

  • Siempre cargue consigo un escapulario. Así, si la muerte le toma por sorpresa, tanto en este plano como en el divino se le reconocerá como un buen católico.
  • En el momento de agonía, encomiéndese a San José: Refugio de agonizantes.
  • El Tercer Concilio Mexicano de 1585 establece que Usted tiene derecho a que, si la agonía le impide rezarle a San José, dos beneficiarios lo hagan por Usted.
  • En el momento de agonía, Satanás buscará tentar su alma a la duda. Por ello, un sacerdote cercano debe recordarle los dolores sufridos por los santos mártires.
  • No se preocupe por la soledad. Los que le rodean en el momento de agonía tañerán tablillas o matracas para prevenir a toda la comunidad, que venga a ayudar al moribundo (Usted) con oraciones.
  • Si no hay un sacerdote cerca, pida a los que le rodean que recen un rosario para ahuyentar a los demonios.
  • Si Usted ha sido excomulgado, ¡no se preocupe! Basta con dar sinceras señales de arrepentimiento: si lo hace, se le asegura una digna sepultura. Ya después de fallecido, la absolución se hace de la siguiente manera: si aún no se ha sepultado el cuerpo, éste es herido con una vara o cuerda y absuelto; después será enterrado en un lugar sagrado. Si ya fue sepultado en un lugar no sagrado, su cuerpo será exhumado y herido de la misma forma, para poderlo pasar cerca de la iglesia. Si no puede ser desenterrado, la tierra de la sepultura será herido tal como se haría con el cuerpo. Si fue enterrado en sagrado, sólo será herido el sepulcro.
  • ¡Si Usted agoniza y no se ha casado, o sus hijos no son reconocidos, es un buen momento para dejar deudos legales!
  • Bien sabe Usted que Dios premia a los penitentes, y mientras más sufran mejor: pues ésta es su última oportunidad. ¡Las opciones son ilimitadas! ¡Pase usted mismo por los suplicios más creativos que se le ocurran!
  • Todos sabemos cuán infame es morir repentinamente. Por eso, traiga siempre consigo las oraciones que le dé su sacerdote para este efecto. ¡Su muerte avisada será garantizada!
  • No olvide confesar todos sus pecados, ya sea al sacerdote, a algún fraile, y si no se puede, a quien tenga cerca.
  • Procure no morir en un lugar humilde. Ya han habido casos donde los sacerdotes han negado la extremaunción porque es “irreverencia y menosprecio del sacramento administrárselo allí”, y traer a los agonizantes a la iglesia para dárselos sería abreviarles la vida. (Aunque hay pleito y las autoridades seculares han criticado la medida.
  • Si Usted se emborracha, procure no hacerlo en pecado mortal, pues si se muere en este estado, el sacerdote le puede legalmente negar la extremaunción

¡Muera de la manera más digna con estos consejos! Si los sigue, sus familiares tendrán el orgullo de decir “mi familiar tuvo buena muerte”. Así como el Obispo Palafox y Mendoza:

“el sacerdote que le asistía en su agonía le vio en el mismo día en que murió como en éxtasis, con los ojos en el cielo y con una ansia, anhelo e incendio tan grandes que le parecía que estaba próximo a expirar, llegóse a la cabecera de su pobre cama y le preguntó :¡Señor, señor!, ¿qué siente vuestra excelencia?, ¿qué le ha sobrevenido? Y volviéndose entonces al sacerdote, con mucha serenidad, le respondió: dadme la mano derecha, diósela y poniéndosela en su pecho el venerable prelado, aseguró el mismo sacerdote, que la percibía ardiente y llena de llamas, como si la hubiera aplicado a un fuego […] como en su vida no había de apartarse de los pobres, tuvo también continuamente dos en su última enfermedad y muerte, cerca de su persona, , mudándose por horas, y así expiró entre ternuras y suavidades.”

Otro maravilloso caso de una muerte piadosa, es el obispo de Antequera, D. Buenaventura Blanco y Helguera (que Dios lo tenga en su divina Gloria): en agonía recibió extenuantes penitencias, y quiso morir con una corona de espinas en la cabeza y una soga en al cuello.

Ahora que tiene estos consejos, ya no hay pretextos: ¡Muera bien!

Fuente: Rodríguez Álvarez, María de los Ángeles. Usos y costumbres funerarias en la Nueva España, Colegio de Michoacán/Colegio Mexiquense, 2001, pp.73-87

Desde la colonia se lleva a cabo la tradición de retratar a los niños fallecidos

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