Pequeño relato sobre una anécdota de Mozart y Haydn transmitida por el critico de música Nicolas Slominsky

Franz Joseph Haydn (Izquierda) y Wolfgang Amadeus Mozart (Derecha)

Viena, calle Domgasse Nº 5 Planta Alta, 11 de Febrero de 1785.

- Hola Amadeus, ¿de qué te ríes? - pregunté casi contagiado por su risa - ¿sigues trabajando en esa ópera bufa?

- Sí, mi querido Joseph. Se llama "Le nozze di Figaro" - dijo él entusiasmado y luego gritó: "Figaro, Figaro, Fi-ga-rooo".

No pude contener la carcajada que asomaba ya desde el momento en que se levantó de su piano para dar esos alaridos.

- Quizás debas dedicarte a composiciones más serias, Wolfie - le dije mientras nos saludábamos con un abrazo.

- No te preocupes, mi querido amigo, esta será una de las mejores y más importantes operas de la historia de la música. Pero si lo que quieres ahora es escuchar música "seria" - y al decir "seria" su tono de voz y hasta su cuerpo adoptaron una forma burlesca - déjame que te desafíe a tocar unos compases que escribí durante la noche.

Y mientras terminaba de hablar salió corriendo hacia la habitación contigua. Se oyó enseguida un revoloteo de papeles y a continuación la voz de Mozart que dijo casi gritando:

- Acá está... esbozos de la que será la obra para piano más difícil jamás escrita.

Dejó la partitura sobre el piano y con un gesto me invitó a sentar. No perdí el tiempo; me sentía poderosamente intrigado: ¿Qué podía ser tan difícil para un pianista experimentado como lo era yo?

Los primeros compases no eran bellos (al menos del modo en que acostumbraba a ser lo bello en las piezas de Mozart), ni originales y mucho menos difíciles. De todas maneras, ya empezaba a sentirme molesto: temía estar cayendo en otra de sus tantas bromas. Pero en ese momento, justo después de dar vuelta la primera página, me sorprendió un pasaje que exigía cierta destreza técnica; el cual me desorientó un poco pero que sin embargo pude resolver con la maestría de un gran pianista; sin errores, sin pausas, sin dudas aparentes.

Me sentí triunfador, feliz; y miré de soslayo a Mozart, tan burlescamente como él había pronunciado la palabra "seria" algunos minutos antes. Y ya estaba ahí; en el final de la obra para piano "más difícil jamás escrita"; sin ensayos, sin pruebas, todo de un vistazo o a primera vista, como dicen. Faltaba solo el último acorde, ese que marcaba el final no solo de la pieza sino de un desafío que me había propuesto el más grande de todos los músicos y el cual estaba a punto de ganar. Pero el último golpe triunfal no pude darlo: ¡Era ridículo! Mi mano derecha estaba entonces en el extremo de los agudos y la izquierda debía tocar tan solo la nota más grave del piano; y ahí, en el centro del pentagrama una nota ridícula, solitaria, insignificante e inalcanzable para cualquier ser humano. Un punto que desinflaba mi pecho y me quitaba en un instante toda la gloria. Y lo más irritante, era saber que no había manera de que se tratase de un error. ¡Mozart no se equivocaba!

Invadido por un deseo o una necesidad de arrojar el piano por la ventana, y casí tartamudeando por la ira, me paré y le grité a Mozart:

- Esto no es difícil Mozart... ¡Es imposible!

- No, Joseph - dijo él, que para entonces ya reía a carcajadas - Tú sabes que no es digna de mí una broma tan "barata".

- Pues entonces tócala tú - lo desafié.

Se sentó inmediatamente en el piano y comenzó a tocar. Aquel pasaje que me había resultado desorientador lo ejecutó tan limpiamente como lo había hecho yo.

Pero el final... Cuando llegó el momento de tocar esa última nota solitaria, me devolvió la mirada de soslayo; aquella que había usado yo minutos antes cuando todavía me sentía un triunfador; y se abalanzó sobre el teclado para apoyar su nariz sobre ¡ese maldito La!.

No podía hacer otra cosa que reír. Sin duda había sido su broma más original.

- Eso solo puede hacerse con una gran nariz - dije y reí.

- Bueno, Joseph - dijo mientras tiraba al tacho de basura las partituras hechas un bollo y como si no hubiera escuchado mi comentario -; debemos apurarnos; no podemos llegar tarde a tu "Iniciación".

Finalmente me había convencido de unirme a Zur Wohltätigkeit (La beneficencia), una logia de la francmasonería.

Pero justo cuando salíamos me dijo:

- ¡Perdóname Joseph! Acabo de recordar que hoy por la noche tengo que dar un concierto. Tendrás que ir sólo.

 

Fuentes y referencias

- Mozart pasó sus mejores años de su estancia en la ciudad de Viena, en una casa ubicada en la calle Domgasse Nº 5. Allí compuso, entre otras obras, la ópera bufa "Las bodas de Fígaro".

- Mozart llevó a Haydn a la francmasonería. El 11 de Febrero de 1785 se llevó a cabo su Iniciación. Mozart no pudo acudir porque dió un concierto esa noche.

- La anécdota fue transmitida por el critico de música Nicolas Slominsky según el Libro "Historias curiosas de la música: Así como suena" del periodista Lawrence Lindt.

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