Festival Internacional de Jazz - Montréal

A pesar de considerarme un viajero con algo de experiencia, tras haber visitado alrededor de 30 países en 4 diferentes continentes y de estar en al menos 4 ocasiones previas en Montreal, Canadá; siempre tuve el deseo de coincidir durante mi visita a ese hermoso país con el Festival Internacional de Jazz, pues además de tener una fascinación por los viajes también la tengo por la buena música.

Lo anterior me llevó a ahorrar por más de un año para dar (y darme) el gusto de asistir a tan afamado Festival mundial. De esta manera hice todos los preparativos haciendo coincidir las fechas del período vacacional del año anterior en la escuela de mi hijo, un joven de 17 años que cursa el bachillerato y quién también gusta de la MÚSICA y los viajes.

Tras informar a mi familia del acontecimiento algunas semanas antes, comenzamos con el ritual de la preparación del viaje. Con impaciencia y emoción finalmente llegó el tan esperado día y después de poco más de 5 horas de vuelo llegamos a Montreal, donde un típico día de verano con alrededor de 27 grados centígrados nos dió la bienvenida y nos acogió con el mejor de los ambientes.

Abordamos el taxi para dirigirnos al hotel y durante el trayecto nos percatamos de la efervescencia propia del evento, una multitud inquieta de personas provenientes de todas partes del mundo compartió el espacio con nosotros, se eliminaron las fronteras culturales, raciales y del idioma.

Un poco cansados pero reanimados ante tan especial escenario, hicimos el registro en el hotel y tomamos del mostrador diferentes folletos y mapas con información suficiente para definir el itinerario final de los eventos a asistir. Minutos más tarde hicimos un breve recorrido para familizarizarnos con las distancias y los sitios específicos de los conciertos al aire libre y de los establecimientos que albergarían a excelentes músicos de todas partes del planeta.

Algo para resaltar también fue la facilidad de permitir a los visitantes, chicos y grandes, hombre y mujeres, de cualquier raza o religión brindar sus mejores habilidades tocando un piano hacia el resto de los asistentes, todo por igual vibrando y mostrando que la música rompe fronteras, género y credo.

Era imposible acudir a todos los eventos programados que consideramos favoritos, tanto por la distancia entre escenarios como porque algunos eran simultáneos. Al final considero que poder ver en vivo a Molly Johnson ó Nick Murphy / Chet Faker hizo valer el viaje, pero sobre todo convivir al unísono con locales y extranjeros hizo aquel viaje inolvidable.

Montréal, Canadá

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