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Enterrado en el Valle de los Reyes como sus antepasados, su cuerpo quedó oculto de las miradas humanas más de 3.000 años. Fallecido en plena adolescencia por una herida infectada en una pierna, como más tarde se pudo descubrir, nadie conocía donde se encontraba su tumba y muchos fueron los arqueólogos, investigadores y busca tesoros que se esmeraron en localizarla sin conseguirlo. Solo un hombre no se rindió nunca, Howard Carter, que sentía un fuerte impulso por descubrir la tumba del joven Faraón.  

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Durante largos años Cartes siguió los pasos de otros arqueólogos excavando en los sitios que otros desechaban. Trabajaba para el Gobierno egipcio como Inspector General del Departamento de Antigüedades y esto le dejaba mucho tiempo libre para su pasión por la arqueología contratando ayudantes por unas pocas monedas. 

Finalmente el 26 de noviembre de 1922 sus esfuerzos se vieron recompensados y la entrada de la tumba apareció al final de 16 escalones que habían permanecido enterrados miles de años. Junto a Lord Carnavon, un simpatizante que dio dinero para seguir con la excavación, se quedaron petrificados al mirar por una rendija y con la luz de su linterna ver el brillo de los muchos tesoros que la primera cámara encerraba.

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Muebles de oro macizo, vasijas, vasos, un trono todo de oro, mantos bordados con piedras preciosas y un sin fin de objetos de incalculable valor, todo ello precedía a la gran cámara que contenía los restos del joven Faraón que no pudo ser abierta hasta dos años después cuando se consiguieron los permisos el día 3 de febrero d 1924 que fue cuando Carter y su equipo abrieron la puerta de la última recámara donde se encontraba la tumba de granito que contenía el sarcófago del Faraón Tutankamón.

Dentro del ataúd había tres más pequeños que encajaban perfectamente con incrustaciones de oro y piedras preciosas y el tercero de ellos contenía los restos del Faraón con una máscara de oro que reflejaba las facciones del adolescente.

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Carter había tardado 16 años años en encontrar la tumba de Tutankamón y su emoción era muy grande, lo que no sabía era que la maldición ya había empezado. El primer incidente fue cuando una cobra se introdujo en la jaula del canario que Cartes tenía frente a la excavación y que le alegraba con su canto y lo devoró. No se dió demasiada importancia a este hecho pero las desgracias ya habían comenzado.

Lord Carnavon, su mano derecha en las excavaciones, murio por una picadura de un mosquito que se infectó y que no consiguieron curarlo, muriendo en una terrible agonía. Así mismo, un medio hermano de Lord Carnavon que también trabajó en la excavación, se sintió mal y regresó a Londres y murió de forma fulminante sin que los médicos pudieran dar una explicación. Aquí el rumor de la maldición ya empezaba a tomar cuerpo.

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Sir Drowgas Reid que trabajó para Carter fotografiando la momia del Faraón de repente enfermó y al trasladarse a Suiza para ser examinado murió por causas desconocidas, así mismo, el secretario de Carter murió de repente por un ataque al corazón. Su padre al conocer la noticia enloqueció, ya que también estuvo en la tumba, y se arrojó de un séptimo piso y murió.

El pánico corrió como la pólvora y las noticias de muertes se sucedieron y en 1935 de los que habían participado en el proyecto llegaron a 30 los fallecidos. Carter murió varios años después a los 67 años, aparentemente de "muerte natural" y según parece la maldición de la tumba de Tutankamón que tanto ha dado que hablar ya se encuentra inactiva.

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