mirada de mujer

En el transcurso de nuestra vida como mujeres, nos replanteamos una y otra vez la pregunta por lo que es amar, querer y desear a un hombre. Es impresionante el arsenal de canciones, poemas, cuentos, historias, películas, que tratan de atrapar el misterio, de no solo hacerlo, sino el de la esencia, esencia femenina, que se pone en jaque en el encuentro con un dulce hombre.

Parece común, suponer que al encontrarnos con alguien que impacta nuestros días, hay algo del eco interior, de las búsquedas impuestas desde que somos niñas, que encuentra algún tipo de resonancia.

Es desde estos años infantiles, de donde vienen los secretos de nuestro propio encanto como mujeres. Así como es común ver niñas jugando a ser mamás, también en algunos casos más que otros, resulta común soñar en la plenitud del romance, con el príncipe en caballo blanco, con los rasgos de añoranza que cada una añade a él; así como igualmente común, es evocar algo paterno en el hombre que se ha elegido para amar.

A los seres humanos, nos diseñan nuestros sueños, y los sueños de otros en nosotros. Deben seguramente, contener los secretos milenarios de esta raza, no es coincidente que una niña que no conoce el amor de un HOMBRE diferente al de su papá, tal como este sea, tal como ella lo sueñe, tal como él la sueñe a ella; imagine y cree un mundo en el que ella danzará un vals, con un príncipe refundido, en sus propios juegos infantiles de batallas entre buenos y malos.

Al mismo compás, del encuentro de esta mujer con este HOMBRE, avinagrado la mayoría de las veces por el olvido del que soñó, surge un abismo de vacíos; ya que generalmente nuestras búsquedas con relación al amor y al romance, que en el caso de las mujeres es difícil disociar, solo se suplen en parte con el otro. Nos replantean de una u otra manera, frente al universo “nuevo” de una relación; no es solo el encuentro mismo con un caballero, sino la manera en que hemos llegado a entender los límites y alcances de nuestras propias búsquedas, así como el lugar que damos en el baúl de entendimientos ganados, a los límites y alcances del hombre, que resulta siendo el amado.

Existen hombres románticos, indiferentes, e incipientes y algunos que conjugan un poco de todo. Existen hombres, que son hombres para amar, y otros que es mejor dejar pasar; existen príncipes y mendigos de los sueños; y existen los poetas.

Un hombre romántico en sí mismo, está lleno de detalles, que pueden enamorar más que él mismo; ese es el desafío del romántico, permite engalanar el amor que se siente por ellos, con tantos y tantos detalles, que difícil sería no quererles, les hacen maravillosos; pero igualmente el desafío de la mujer es no confundir el impacto de sus detalles, con el impacto de la su esencia como hombre. Es algo así como suponer que una canción es perfecta, cuando nos conmueve la melodía, aún cuando el contenido de sus letras sea insulso.

Podríamos decir que un hombre indiferente, es aquel dispuesto a estar ahí, con nosotras, sin mucha magia, pero haciendo de su constancia y certeza, el secreto de su fuerza. La indiferencia no lo descarta, más bien hace las cosas un poco menos fáciles, si somos de los que creemos que el amor en realidad podría serlo, cuando se tiene la convicción, de saberse amada por él príncipe de sueños antiguos; su indiferencia se evidencia más bien, frente a la ausencia de detalles que decoren la decisión de estar a nuestro lado.

Un HOMBRE incipiente, es alguien incípido; que quiere ser amado, sin decir mucho; sin engalanar, sin asegurar, sin decorar mucho. Deja pasar los momentos únicos, que como la sombra que nos cubre por un instante, pasará; o como la mariposa que se deposita en su sombrero volará; momentos únicos para decir, palabras que renueven a la mujer que lo vió, y en su mirada lo creó, como la huella de otro, por la que él pregunta.

Pero en medio de estos hombres, la mujer tiene un divino poder, el de llevar vida en sí misma; a veces olvidamos que este maravilloso don, no aplica solo para la maternidad, sino para el amor mismo. La MUJER tiene el poder maravilloso de dar vida, a lo que parecía muerto.

Da vida con la cierta dulzura, la dulzura con la que envuelve sus piernas a un cuerpo masculino que por cierto tiene el talento de derretirla, se enlaza a este cuerpo herido, librante de batallas de aprobación y rechazo. Da vida con la mirada que a su vez, solo un hombre puede provocar, él mismo permite a la mujer que diseñe vida para su sangre, y que las marcas del desamor y la exigencia, se diluyan para que de él, incipiente, romántico o indiferente, surja el príncipe que todos los hombres pueden ser.

Lo que les diferenciara, o quizás, lo que les vivificará o aniquilará, es la mirada de la mujer, la del principio y la del hoy; la mirada femenina guarda el secreto de la poción de vida, pero también la que provoca muerte.

En mi mirada descubrí un hombre, catalogable al parecer, más en el grupo de los incipientes.

A este lo empecé a ver una mañana cuando recitó de repente, pedazos de un poema de Pablo Neruda, simulando con tal dulzura un acento y un aire, que me hicieron inevitablemente verlo; seguí mirándolo ciertas mañanas en las que con su cabello mojado y un aire de cortesía tímida, llegaba a saludarme, como un gesto de cariño o quizás necesidad, en medio de un campo de batalla donde la rudeza humana pretendía dañarlo un poco, cada día.

Lo seguí mirando mientras hablaba día a día, y lo seguí viendo al irme, cuando me escribía mensajes encriptados que tarareaban susurros, que ni él alcanzaba a dimensionar.

Lo seguí viendo, cuando llegó a mi casa de visita, luego de cierto tiempo sin vernos, y lucía otro, tal vez por una encantadora barba a ras, que parecía pintara con carboncillo en su rostro, la sombra del que no alcancé a ver, cuando nos veíamos siempre.

Lo seguí mirando, tal vez guardado como un retrato en mi bolsillo, de un soldado inexistente. Lo seguí mirando, cuando el tiempo parecía, había dejado su última bocanada de tierra sobre nosotros.

Lo volví a ver, cuando sin saber cómo, por palabras dichas que ¿quién sabe si solo se dijeron por decirlas?, crearon algo más y nos citaron a vernos. Ese día, en esa cita crucial, esperaba verlo para retroceder, y dejar todo como estaba, pero por el contrario, al verlo lo ví.

Lo seguí mirando, mientras él titubeaba entre el miedo, la desidia, y el querer. Lo seguí mirando cuando se ausentó, como si la bestia de la indiferencia, la torpeza y la rudeza lo hubiesen poseído; lo seguí mirando, solo como un paisaje que se queda atrás, al verlo desde un cubículo de un tren en marcha, cuando me fui.

Lo seguí mirando cuando me volvió a alcanzar; volvió, ensenándome sus poemas, sus letras, sus dolores y su rendición, en la más alucinante calma, lo seguí viendo.

Lo sigo con mi MIRADA, descubriéndolo de a pocos, debajo de sus tres pieles. Su dulzura, dulzura que pocos portan con tanta sensualidad, excita mi mirada para hacerlo existente. Lo sigo viendo transformarse, lo sigo viendo mientras su sangre me purifica, lo sigo viendo, mientras su caricia hace nacer flores amarillas y mariposas moradas, en mi entrepierna húmeda como un lienzo, buscando ser dibujada para su mirada, solo por el pincel de su sexo.

Este hombre tal vez finalmente no sea incipiente, sino más bien el único poeta del silencio; que ahora con su mirada, evoca en mí, la añoranza infantil del quizás.

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