Es interesante pensar en la cantidad de gente que se dedica a diario a leer un libro.

Digo esto, por el número de personas conocidas que dice no sentir gusto por la lectura y que encuentra en ella una especie de pesada carga. Siempre les pregunto si habrá algún tema en especial que les resulte llamativo y apasionante. Me dicen, ¡sí, muchos! ¡Pero no leídos, por supuesto! Peor aún les resulta, el enfrentarse a una página en blanco y redactar sus ideas. Además de parecerles imposible, les resulta laborioso.

Este comentario es el punto de partida de la reflexión que quiero hacer: nuestro primer encuentro con la lecto- escritura. Me gustaría en estos momentos invitarles a recordar un poco sobre esa experiencia. Sé que puede que aún guardemos alguna memoria en relación a esos primeros pininos.

Ahora bien, ¿Cómo recordamos esa primera vez al abordar un texto escrito? ¿Qué variables han podido formar parte de esa experiencia particular? ¿Queda aún en nuestra memoria ese juego de sensaciones de la infancia al hacerlo? ¿Esos relatos contados o leídos en voz alta por alguna persona adulta? ¿Sea la madre, el padre, los abuelos o maestros?

De modo particular, pienso en la primera etapa del aprendizaje de la lengua, y recuerdo con alegría, la fascinación que me producía. Por lo general, a un niño o niña, en esos primeros años les encanta decir su propia palabra, poder trazarla, pintarla, leerla a los adultos que le acompañan y, finalmente, escribirla. Es un acto que se convierte como en una especie de ritual… donde de una gran caja se van sacando pequeñas sorpresas, letra tras letra,  hasta vaciar su contenido. Y, al final,  hallar esa satisfacción que te produce ese resultado.

Es aquí cuando nos podemos interrogar... ¿Entonces, qué pasa pasará luego en el desarrollo de nuestras vida escolar y familiar que nos haga perder la pista al sabroso arte de leer y escribir? ¿Dónde se quedan las genuinas sensaciones que como niños amasamos como plastilina cuando hacíamos la cartita a mamá o a papá? ¿O cuando escribíamos nuestro nombre con el boli en la pared?

Se me ocurre pensar que en algún momento indeterminado nos tenemos que pasar a decir cualquier palabra y no la nuestra. Tal vez a obedecer normas de racionamiento de esos momentos mágicos, para pasar a estar atentos de hacer lo correcto o lo incorrecto. A pensar, que es mejor repetirse que inventar; adaptarse que trasgredir; ser aceptado a mostrarse tal cual eres. Allí, las palabras más que creación son ya una especie de trueque o intercambio de intereses, que con el tiempo va mermando todo su arte. Va surgiendo aquello del conformismo o la comodidad, del desgano y la pereza por leer o escribir.

Así, voy entendiendo con mayor facilidad que al leer un libro, más que saborear lo que otro escribe, porque lo escribe, saboreamos lo que seríamos capaces de decir si pudiéramos escribirlo… por eso muchos de los libros son en parte un poco de nosotros mismos. Y el leer forma parte de ese reconocimiento de que algo ha quedado atrás, o está perdido en el baúl de tus recuerdos. Pero, que, en cualquier momento, ¡si tan sólo pudiera, con un poquito de esfuerzo, volvería a ser igual! ¡Esa nostalgia del niño o la niña que alguna vez fui!

Comparte este Goo:

¿Tiene contenido inapropiado?

Comparte este goo con un amigo: