He terminado mi desayuno. Comienzo el ritual diario. La ropa está colocada en una silla. Previamente, cuando me la quité el día anterior, la había colocado de forma que estuvieran en orden, de modo que me las pudiera poner de una en una sin revolverlas. Introduzco las piernas en el pantalón y tiro de la cintura hacia arriba para que se ajuste bien. Meto los pies en las botas, cierro las cremalleras y la lengüeta que las cubre. A continuación, cubro la bota con la pernera del pantalón y aseguro las cremalleras y los velcros de las lengüetas. Me subo los tirantes de los pantalones y me coloco en la cintura el fajín. Cubro mi cuello con el protector y me visto la cazadora. Me coloco el casco y cierro la cremallera y el velcro de ésta. Me aseguro de que todo está bien cerrado. Cojo los guantes y la bolsa y salgo hacia el garaje.

Ella está ahí: grácil y atractiva, con sus delicadas curvas, con sus colores atrayentes. Fuerte… poderosa… como cada mañana, esperándome paciente. Enciendo la luz que brilla sobre sus pulidas superficies y una sonrisa surge en mis labios. Tanto tiempo esperando por ti y ahora ahí estás, por fin mía. Coloco delicadamente la bolsa sobre el depósito y la adhiero con sus imanes. Introduzco la llave en el arranque y coloco el llavero para que no se mueva durante el viaje. Paso la pierna por encima del asiento y me acomodo en él. Percibo el movimiento de la suspensión cuando la enderezo y retiro la pata de cabra; también noto su peso. Me coloco la sujeción del casco y los guantes que cubro hasta la muñeca y aseguro los velcros de las mangas de la cazadora.

Abro el aire y pulso el botón de arranque. Un sonido sordo y seco abre paso al repique hueco del motor. Música celestial. Enciendo la luz de cruce con mi pulgar izquierdo, cierro el casco y el aire. Sin pensar, mi mano derecha presiona el embrague; simultáneamente, mi pie izquierdo empuja la palanca de las marchas hacia abajo y mi mano derecha hace girar la manilla del acelerador, mientras la mano izquierda se abre lentamente soltando la manilla del embrague. Inmediatamente, la mano derecha hace desandar el camino al acelerador, la mano izquierda vuelve a presionar el embrague, con la puntera del pie izquierdo empujo hacia arriba la palanca de cambios…, segunda, y la mano derecha abre el gas… tercera… cuarta… he llegado al cruce. La mano derecha presiona el freno delantero, el peso cae sobre la rueda delantera hundiéndose la suspensión; equilibro presionando el freno trasero con el pie derecho y la mano izquierda se abre y se cierra simultáneamente con la presión hacia abajo del pie izquierdo sobre la palanca de cambios:  tercera… segunda… miro a los lados… no viene nadie, abro gas… tercera… cuarta… quinta…

Inclinado sobre el depósito, la mirada adelante, sin perder de vista los cruces e intentando anticipar los movimientos de los demás vehículos, delante, detrás y a los lados. Independientemente de las señales que envían a través de los intermitentes, otras señales delatan mejor sus intenciones:  ¿me ha visto o no? ¿Es un conductor habitual o esporádico, agresivo o despistado?… Mi rueda delantera corta el aire y abre el paso evitando los baches y elementos sobre la carretera. Huimos de las señalizaciones pintadas en la calzada, sobre todo si está mojada. Entramos en la curva cerrando gas y girando el manillar en sentido opuesto a la curva mientras dejamos caer el cuerpo hacia ella. Lentamente voy abriendo gas de forma prolongada hasta la salida de la curva mientras nos recuperamos de la inclinación.

Un día tras otro, el mismo camino, los mismos cruces, las mismas curvas, los mismos conductores en el entorno. En algunas ocasiones, con obras o con otras retenciones inesperadas. Con sol, con agua, con nieve, con viento o con niebla. Ya hace un año que compartimos este recorrido, yendo y viniendo. Otras ocasiones, las menos, vamos a otros lugares, con otros paisajes, algunas veces compartiendo el sillín, otras en compañía de otros aficionados, pero las curvas, los baches, los conductores y las situaciones imprevistas son las mismas. Ella y yo vamos conociéndonos cada día más y aprovechando mejor nuestras características al punto de fundirnos en uno solo. Ella adquiere mi personalidad, y yo, su fuerza y su belleza.

En ocasiones, otro motorista se coloca circulando a mi lado, le miro y veo que lleva el mismo modelo que yo y puedo percibir su sonrisa de complicidad cuando alza la mano con el pulgar levantado mientras abre gas y se pierde en el horizonte.

 

Josemi

19/08/2010

 

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