Su cuerpo no era el mismo; despertó con la certidumbre de encontrarse dentro de un libro, tal vez de Milán Kundera o peor aún, de Kafka. Despertó sin abrir los ojos, no era de mañana aún, lo supo por los sonidos familiares de la noche. Intentaba abrir los ojos pero su fuerza se consumía en un extraño dolor, estaba allí en cama.

Recordó a Gregor y a Tomás, los de la metamorfosis y la levedad, tal vez no había despertado realmente, durante su dormir habría viajado por sueños tan vívidos que el agotamiento confundía.

Intentó mover su mano, la sintió húmeda, como de una sustancia pesada.

Poco a poco fue sintiendo todo su cuerpo con la misma humedad densa; el frío se apoderó del recinto donde suponía estaba su cuerpo que no sentía, le resultaba solo dolor.

Dibujaba en su mente aquel cuerpo que llevó a descansar la noche anterior, según recordaba era el mismo de siempre, en ese instante no le encontraba forma, el dolor transformaba todas sus representaciones.

Esperó, concentrando su energía en abrir los ojos, los párpados pesaban con la misma intensidad que dolía lo que creía debían ser los oídos, pero ese mismo dolor de oídos, lo reconocía en el lugar donde debían estar sus rodillas, por lo que ya no supo si los oídos estaban donde debían estar.

Se identificó más bien como una masa sin forma clara, con dolores que delineaban sus límites, un frío que confundía todo, que le hacía dudar si tal vez la sábana era parte de su cabello húmedo y el colchon solo un músculo desprendido ya de su espalda.

Pasó un largo tiempo, tratando de abrir los ojos, esperando que lo fueran, de lo contrario toda su fuerza la habría gastado en tal vez solo despertar.

Movió un párpado, así supo que no dormía, que esos sí eran sus ojos, que el DOLOR era real y sus deformación no sabía de qué dimensiones. Al respirar le dolía la espalda, las piernas tenían un rugido propio, la cabeza con un dolor independiente para cada parte, uno era el de los oídos, otro el de los ojos, otros el de la piel, otro el de un conducto que debía ser el cuello y garganta; los pies no habían sobrevivido al ataque bestial de hormigas de fuego, aún cuando ellas habitan en norteamérica, pensó que tal vez estaba en Canadá, sin recordar cómo había llegado allá; los calambres recorrían cada músculo, como cuando un taladro penetra la madera.

Pensó en su vieja idea de cambiar profundamente, tal vez este era el inicio de una metamorfosis esperada, que le resultaba demasiado dolorosa, ya que no había iniciado por partes sino general.

Sus ojos lagrimeaban sin sentimiento, solo con la sensación de DOLOR ya casi insoportable, algo caía de ellos, tal vez las escamas de la piel antigua; soportó con valentía la falta de aire, de energía, un sentimiento de muerte lenta; suponía que debía ser así, para que su nuevo CUERPO brotara debía expulsar, en una especie de nacimiento de capullo, la cáscara que lo había mantenido aprisionado. Seguramente se resistía arraigado a sus tejidos, músuculos y nervios, le resultó obvio que doliera tanto. 

Nunca pensó que para cambiar debía vivir una metamorfosis orgánica, esto iba más allá de sus expectativas, pero lo aceptó.

Logró abrir sus ojos, en una especie de triunfo frente al dolor, la humedad y al frío que lo llenaban todo, al sentir el calor de su piel supo que era fiebre. Revisó toda la habitación con una mirada lenta, pues dolía cada movimiento ocular como un bombardeo de guerra dentro de su cabeza.

Todo estaba igual a como lo recordaba antes de dormir, los cuadros, la ventana, la pared que era como la que miraba Tomás al despertar en su levedad, cortinas, puertas, pintura, todo estaba igual, así entendió que no estaba en Canadá, pero lo que no entendió fue cómo había sido posible el ataque de las hormigas de fuego.

El dolor de su espalda, parecía que le arrancara por pedacitos otros músculos que fortalecían la columna vertebral, intentó sentarse, y al ver sus manos, descubrió que la humedad era un sudor grueso que las desfiguraban, se tocó el oído para saber si el dolor era por algún sangrado que explicara su magnitud, y lo encontró intacto. A primera vista todo estaba igual, el dolor, el malestar, la falta de fuerza, el desasosiego, era lo diferente.

No había METAMORFOSIS exterior, de alguna manera sintió un alivio, pues no era el exterior el cambio que esperaba. Era una metamorfosis dolorosa, se preguntó si entonces sería molecular, de cada parte de su cuerpo, no sabía qué hacer, talvez estaba en proceso algún desprendimiento interno necesario; aún así, intentó pararse pero una congestión general obnubilaba su mente, el dolor no le permitía nada; de pronto desfalleció, recordó que tenía una gripe horrible, y entonces supo que toda su metamorfosis dolorosa, lamentablemente pasaría con algunos días de cama y líquidos, no entendía cómo su CUERPO soportaba tanto, y lamentaba que todo ese DOLOR no siviera para nada importante.

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