Las mentiras suelen ser objeto de crítica. Tejemos el hilo de la verdad que más nos interesa sin romper el molde que nos separa del orgullo al no reconocer qué es cierto. La verdad nos hace libres cuando la interpretamos a nuestra imagen y semejanza, cuando la usamos de una manera pura, intangible, casi etérea. Sólo somos capaces de remontar nuestros fallos al demostrarnos que buscábamos la transparencia. Esa verdad nos transmite sabiduría, nos hace mejores. Pero no compartimos la misma información, porque según se dice la Historia está repleta de falsas esperanzas vestidas de verdad, que cualquiera ha llegado a aceptar como ciertas. Hemos asumido su evidencia y hemos consentido su eficacia.

Ciertos momentos de la Historia están muy lejos de asemejarse a la verdad que nos contaron. La Historia de MÉXICO es prueba de ello. Alrededor de sus conquistas se ha especulado y han surgido mitos de todo tipo, todos objeto de polémica.

Las versiones que construimos sirven para darnos cuenta de qué manera los acontecimientos son sólo un punto de vista desde el que cada uno formamos una impresión, no siempre acertada.

Se ha comentado que los NIÑOS HÉROES fueron seis. Pero la realidad demuestra que en la Batalla de Chapultepec realmente participaron 46 infantes. Se distorsionó esa parte de la Historia, esa contienda en la Guerra entre México y Estados Unidos, para resaltar el valor de los cadetes que murieron por salvar la patria. Se les conoce como “niños” por su temprana edad, aunque los más pequeños ya eran adolescentes.

Se dice de EMILIANO ZAPATA que nació y creció siendo un humilde campesino, un indio pobre al servicio de una causa justa. Pero es sabido que fue propietario de varias tierras de cultivo y de algunas cabezas de ganado. Además era un apasionado de la comida francesa y del coñac. No siempre la imagen de un libertador coincide con un pasado modesto.

Pancho Villa vivió fruto del personaje que alimentó la división del pueblo entre el reconocimiento como redentor y la de suscribir como fuerza de bandolero implacable. Se dice de él que fue justo con sus compatriotas pero que no pestañeó a la hora de rendir cuentas sin el menor remordimiento. Entendió la miseria de los ciudadanos y culminó su estrategia para librarlos de su cautiverio.

“Quince uñas”, llamado así por su desmesurada devoción por el dinero, fue Antonio López de Santa Anna, un político y militar mexicano. Se vistió de diversos bandos durante su mandato, que fue ratificado en hasta 11 ocasiones. Su gran ascenso fue repetidamente cuestionado ya que se vio en él la educación de un ser ambiguo, que utilizaba una estrategia para participar de todos las corrientes posibles. El respeto de su ejército y su gran personalidad desdibujaba la creencia que se tenía hacia su persona: que fue un tirano dictador, que dedicaba su tiempo a crear falsas expectativas entre sus compatriotas.

Siempre se ha aplaudido que la Revolución Mexicana sirvió de trampolín para que “como un solo hombre” los ciudadanos se rebelaran contra el sistema, y hacia Porfirio Díaz y Victoriano Huerta, pero en realidad la consecución del éxito de la Revolución fue una suma de victorias en diferentes revueltas que facilitaron su compromiso. Aun así, el gesto revolucionario que debía ayudar a derrocar el régimen favoreció que hasta los mismos compatriotas que se enfrentaban a la misma causa, se acabaran asesinando entre ellos.

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