Mensajes Cifrados

Recordar los comprimidos, es rememorar la generalizada y razonable costumbre que en aquel tiempo se tenía de copiar en las previas y en especial, en los guillotinezcos exámenes de fin de curso. Exponerse a copiar requería una dosis de temeridad, audacia y decisión, o una suicida desesperación Kamikaze. Significaba el todo o nada, una verdadera ruleta rusa en juego.

El comprimido era la palabra que identificaba una forma de hacer trampa astutamente en los exámenes. Era la ayuda mágica esperada e indispensable, funcionando como el consueta del arte teatral o el doping del deporte, para enfrentar con seguridad el reto que representaba superar las pruebas impuestas, evaluadas éstas en los conocimientos y términos señalados por los maestros y el sistema educativo establecido.

Existían tantas formas de comprimidos como estudiantes, porque cada uno de ellos tenía su forma y manera particular de copia. Sin embargo, había patrones y generalidades de copiado, se citan someramente algunos de ellos.

Tipo tatuaje. Era un sistema, quizás el más sencillo, consistía éste en gravar con tinta de esferográfico en piernas, brazos y manos la información básica, muy resumida, una fórmula algebraica aquí, una base química allí, alguna fecha por acá, pero igualmente era fácilmente detectable y delatora; sin excusa alguna, sin poder ocultar nada, por lo que la hacía poco recomendable. Por más saliva que se aplicara.

Tipo acordeón. Sistema de copiado más elaborado. Se usaban tiras de papel cuadriculado de tres centímetros de ancho, doblado igualmente cada otros tres centímetros, quedando el comprimido finalmente como un cuadrado mini fuelle. Para su uso y accionar, se sostenía éste en el centro de la mano izquierda, la cual se dejaba levemente cerrada a manera de puño, sobre el pupitre, accionándose y manipulándolo con la ayuda de los dedos. En él se condensaba como en un agujero negro, todo el conocimiento del tema que se estaba tratando.

Tipo carrete. Este sistema tenía el mismo principio del tipo acordeón, pero todavía más sofisticado. Se usaba en su construcción y para un correcto funcionamiento, carretes de hilo, de esparadrapo o de fotografía. Los carretes se unían por una banda o tira, generalmente de papel resistente, el ancho de ésta, era variable, dependiendo del tamaño de los carretes; en ella iba consignada toda la información necesaria, era tal el espacio del que se disponía, que daba para escribir en él notas al margen.

Funcionaba al rotar los carretes mediante una manivela, que se accionaba girándola manualmente debajo de la tapa del pupitre, el cual internamente era un sofisticadísimo mecanismo de relojería, digno de Paracelso, donde no cabía nada distinto a carretes, cauchos, engranajes, ligamentos y ataduras, que hacían posible al virar la manivela, ver en la base circular, que la tapa de los pupitres tenían para colocar el tintero en su parte superior y que en este caso se había acondicionado para ser movible, de tal forma que rotándola, en el fondo de esta base circular se veía pasar, como en la película, la tira de papel con toda su valiosa información al ir rodando la manivela. Este mecanismo se podía accionar en los dos sentidos, es decir, de adelante hacia atrás o viceversa, haciéndolo muy versátil e indispensable, para copiar con exactitud. Su autor, según se supo, con el tiempo salió pensionado de la Nasa, al haber trabajado durante años como asistente y colaborador en engranajes de Werner Von Braun, el nazi padre de la cohetería gringa.

Tipo camuflaje. Este sistema de comprimido era totalmente diferente a los de tipo mecánico. Se basaba el truco en utilizar caramelos, dulces de color habano, generalmente en forma de cubos de dos centímetros, siempre envueltos en papel celofán, un papel transparente. Se tomaba una buena porción de estos dulces, al setenta por ciento de ellos se les quitaba la envoltura original, sustituyéndola por un nuevo e igual empaque, sólo que éste llevaba impreso ahora en vez de la literatura de la empresa productora y con el mismo color, blanco o negro que utilizaba en su información, se transcribían las fórmulas matemáticas, físicas o de cálculo, textos y reseñas necesarias para el examen.

Durante el desarrollo de la previa o del examen, se tenían en los bolsillos dos montoncitos de caramelos separados. Los originales con su empaque y leyenda normal, los cuales como parte de la estrategia, muy amablemente se le ofrecían al profe, quien gustoso se ponía chupe que chupe, sin sospechar durante los eternos 90 minutos del sondeo, que del otro bolsillo brotaban a borbotones los dulces con sus envolturas atiborradas de fórmulas, ecuaciones, teoremas, fechas, acontecimientos, batallas, próceres, sus edades, sus familias, sus amantes, toda la información que envidiarían agencias de espionaje, como la GESTAPO, el F.B.I. o la K.G.B., cuando el jefe de esta policía secreta era el tenebroso criminal Laurenti Beria, amigo personal de Stalin. Todo transcurría sin despertar la más mínima sospecha de artimaña alguna por parte del educador glotón, quien seguía solicitando más caramelos.

Al final del examen todo bien contestado y resuelto, pero se salía de la prueba empachado e indigesto de atragantar dulces auxiliadores con este método de copia tan azucarado.

Tipo resorte. El procedimiento utilizado para este tipo de comprimido rallaba en el masoquismo. Se usaban bandas o cintas anchas de caucho. Mi abuela y sus contemporáneas las llamaron ligas o atapierna; usadas para sujetar las medias de seda, decía con razón aquella sabia y venerable anciana, que era preferible una arruga en la cara, que en la media, mijita querida! Esta prenda que para nuestro interés se colocaba en brazos o piernas o en ambas partes, dependiendo de la angustiosa necesidad del interesado. De la liga que a manera de torniquete se adhería con presión a las extremidades, pendía anudado un cordel también de caucho y de éste el comprimido propiamente dicho, que generalmente eran tarjetas medianas de cartulina o cartón atiborradas de información.

El método de copia se iniciaba halando el paquete de tarjetas a través de la pierna o del brazo, quedando el cordel de caucho totalmente tensionado en este momento, si había algún signo de peligro se soltaba el paquete de tarjetas, desapareciendo de inmediato, instantáneamente como por encanto al recogerse con fuerza el cordel de caucho que las unía.

Esta acción de emergencia producía un fuerte y doloroso latigazo pierna o brazo arriba, que se tenía que soportar estoicamente, como un legítimo espartano. Peor aún se tornaba la situación cuando el torniquete quedaba demasiado apretado, de manera que transcurrido algún tiempo, los dedos, la mano, el brazo, la pierna o el pie, de un fastidioso y aprensivo cosquilleo inicial, que se empezaba a sentir y venía a ser la señal previa a entumecerse todo el cuerpo, viendo con terror cómo tomaban un color tornasolado, que del morado tuareg, pasando por una amplia gama se llegaba al verdusco bilioso e intenso, último síntoma de estar a punto de gangrenarse el miembro y como única solución, la inmediata y urgente amputación de éste.

De tal forma, que de pronto, de la solemne austeridad y silencio en que transcurría la prueba hasta ese momento, un angustioso alumno súbitamente se incorporaba de su pupitre sofocado, gritando de intenso dolor y angustia, cual reo de dictadura, desesperado y esquizofrénico empezaba a desprenderse de todas las ataduras y torniquetes que lo fajaban y lo envolvían oprimiéndole la vida, como una descerebrada momia egipcia.

Nada en ese momento le importaba, ni el examen o las consecuencias de su proceder, ante la inmediata sorpresa del evaluador y el mutismo solidario de sus compañeros, tan sólo la salud de su cuerpo contaba.

Abajo las morcillas murmuraba, por la similitud asociativa, que presentaban sus extremidades. Frotándose por todas partes, para reactivar las circulación ahorcada.

Tipo móvil. Método que consistía en utilizar o mejor en beneficiarse del profesor, quien por su valiosa movilidad o libre desplazamiento por toda el aula de clase hacía insustituible su participación. Como un elemento pasivo, sin su cooperación y voluntad propia, pero definitivo en el objetivo final buscado, al llevar el educador adherido o pegado a lo largo de su espalda en el holgado gabán de paño que lo caracterizaba, volantes o estampillas con inestimable información, que lo hacía igual de trascendental e insustituible al tablero electrónico de la bolsa de valores.

Ver al profesor de aquí para allá, por solicitud de los alumnos que deseaban “aclarar” con más precisión algún punto del cuestionario y mejorar el desempeño de la prueba, llamándolo de extremo a extremo del salón y en su solicito recorrido todos copiando a su espalda, evocando aquellos grotescos taxis que en su capota les cuelgan una valla publicitaria que pasean obscena y verticalmente por toda la ciudad.

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